Carlos Maza / Grietas

0
703
Escritor mexicano Carlos Maza, el conjurado de la semana. (Foto: Archivo personal)

Grietas

 

—Volvió a venir el tipo de la delegación… ¿Me estás oyendo? Que ya es el último aviso, que si para dentro de una semana seguimos aquí, van a venir las máquinas a tirar el edificio con nuestras cosas adentro. ¿Oíste? ¡José! ¡¿Oíste?!

La respuesta es un golpazo cuyo coraje logra desprender algunos pedazos de yeso alrededor del marco de la puerta. Ya desnudo, el concreto deja ver las grietas en su estructura, que desde hace ya tantos años tienen amenazada a la construcción.

Las grietas, sin que nadie se dé cuenta a fuerza de no mirar, han ido creciendo poco a poco, alargándose con los minúsculos temblores que suceden todo el tiempo sin sentirse, sin ser exhibidos por los diarios ni los noticieros. Han ido ganando terreno, cubriendo como telarañas las paredes condenadas del viejo edificio que nunca llegaría a ser antiguo porque ni siquiera es bello. Han crecido hasta con las vibraciones de los camiones al pasar por la curvatura del pavimento, apoyado en ese suelo fangoso en el que las construcciones —todas viejas, casi todas derruidas, lastimadas— se van hundiendo como dientes en carne blanda y la desgarran.

Atraviesan el edificio y se prolongan hasta el suelo, como si el vacío fuera echando raíces de espacio muerto; como si quisieran alcanzar el centro de la tierra. Márgara observa las que son nuevas para ella, recién descubiertas por el portazo de José. Las suma a las otras; piensa que pronto crecerán yerbajos y enredaderas. Piensa casi divertida que son adornos con que el destino decora la inseguridad de su vida. Se acerca a la puerta de la habitación y sin abrirla llama a José, que no responde. Se da la vuelta y regresa al sillón para seguir con un tejido que comenzó esa misma tarde. La radio está encendida, arrullándola, hasta que un cabeceo le hace equivocar el punto y sólo deja caer el estambre sobre su regazo. Se duerme incorporando al sueño la imagen, que ya no reconoce, de la bola de estambre cayendo, adelgazándose en su camino hacia el borde de la habitación, donde se detiene y se borra.
José también duerme detrás de su portazo. Una pesadilla lo hace agitarse de un lado al otro de la cama, sacándole ruidos y rechinidos como grietas sonoras que se abren con el temblor de su propio cuerpo y lo resquebrajan como si estuviera hecho de frágiles tabiques. Los ruidos alcanzan por fin sus huesos, delgadas varillas oxidadas que se desmoronan hasta despertarlo en un gemido.

En ese momento también despierta Márgara en la otra habitación. Cada uno se levanta de donde está y se acerca a cada lado de la puerta. Él llega antes. Abre y encuentra a Márgara con la mano a la altura de la manija. Se miran y se abrazan durante un rato largo, tratando de resanar los huecos que todo el tiempo se atraviesan entre los dos. Como si tuvieran remedio después de tantos años.

—¿Viste lo del departamento?
—Sigue ocupado Márgara, no se puede hacer nada —responde José desviando levemente la mirada—. Nadie puede sacarlos de ahí, tienen influencias o buena suerte. O nosotros tenemos mala leche. ¿Qué podemos hacer? Mejor vámonos de aquí, vámonos a casa de tu tía Esperanza. Aquí ya no hay nada.
—Sabes bien que no nos podemos ir, que la tía no me quiere volver a ver —dice Márgara, quizá comprimiendo una lágrima—. Nunca me perdonará que me haya ido, ni cuando se muera. Además, cuando eso suceda, su casa se va a perder. ¡Tenemos que hacer algo aquí, José! ¡Tenemos que conseguir el maldito departamento!
—Vamos a ampararnos aquí en el edificio —piensa en voz alta José—. Juntamos a los vecinos y nos amparamos y a ver quién nos saca.
—José, ayer se fueron los del cuatro. Y a don Matías se lo llevan mañana a un asilo, quién sabe dónde. Sólo quedan dos departamentos ocupados aparte del nuestro. Nadie nos va a hacer caso…

Las grietas están apareciendo otra vez entre los dos. Hablar del único asunto del que pueden hablar los va separando porque son dos desesperaciones encontradas desde hace tiempo, desde mucho antes del terremoto, quizá desde que ocuparon ese par de habitaciones en las que José nunca estuvo tranquilo.

Ella vuelve al sillón. Recoge el tejido y empieza a enredar el estambre caído. José apaga el radio porque su ruido había estado ahí, quitándole la calma. Apura el agua de un vaso en un trago largo y continuo. Sus ojos dan con el techo al final del trago y descubren una grieta más, que lo atraviesa desde la puerta de entrada hasta la ventana que da a la calle. Se da la vuelta para ver el peligro en toda su extensión. El vaso resbala de sus manos y cae al suelo. Uno de los pedazos va a dar en el pie de Márgara, lo corta ligeramente y deja salir un hilillo de sangre que se derrama hacia el suelo y se va por una quebradura del concreto, de las que no son estructurales sino provocadas por la pura persistencia de los pasos. El dolor de la pequeña herida le hace girar la cabeza y alcanza también el objeto de la mirada desesperada de José.

—¡Este pinche edificio se va a partir a la mitad! —grita José con un escalofrío que le recuerda la concreción de su cuerpo. Patea los pedazos de vidrio contra la puerta de entrada. Uno alcanza a salir por debajo y ambos lo escuchan caer por los escalones del edificio para chocar contra la pared, y estrellarse una vez más medio piso abajo. El sonido del vidrio al romperse es contestado por un ruido de pasos que suben la escalera y terminan en cuatro golpecitos nerviosos a la puerta. Esa inesperada presencia allá afuera rompe con un sobresalto la tensión suplicante que aprisionó las miradas de Márgara y José después del grito.

José se queda congelado, recargado en la estufa. Después, sólo deja que el peso de su cuerpo descanse en la pared.
—¡Quién! —grita mientras Márgara hace a un lado el tejido y, cansada, se levanta del sillón para abrir la puerta. No tiene prisa; quien sea puede esperar o irse y ya. Al abrir se encuentra con un hombre de corbata y portafolio.
—Buenas tardes —saluda el hombre—. ¿La familia Hernández? Me dijeron allá abajo que podría encontrarlos.
—¿Qué se le ofrece? —pregunta José, impaciente, desde la pared de la cocina.
Su pregunta cruza el estupor de Márgara y alcanza al visitante como la punta de una lanza, impidiendo que se acerque.
—Buenas tardes —vuelve a saludar el hombre—. Represento a una importante compañía constructora y he sido comisionado para informarles que este inmueble será demolido dentro de pocos días. Nosotros construiremos un nuevo edificio en el terreno, pero no es posible iniciar los trabajos, como es obvio, hasta que esté completamente vacío. Hemos decicido darles cierta suma para agilizar el proceso. Creemos que es conveniennte que acepten de inmediato esta oferta.

El hombre habla rápidamente, con una voz aguda que deja ver tras la seguridad de las palabras estudiadas y aprendidas de memoria, un intenso miedo a la reacción de José.
José tiene la sensación de estar enfrentando la más pura hipocresía. Sus nervios se tensan, alterados. Deja su refugio contra la pared y camina decidido hacia la puerta. Márgara se interpone, le cierra el paso a su agresividad, sabiendo que la situación lo obligará a hacer una estupidez.
—Pásele tantito. Siéntese donde pueda —lo invita Márgara con forzada cortesía. Al mismo tiempo mira a José pidiéndole con los ojos que trate de calmarse. Él lo entiende, pero su mirada le responde a Márgara que no lo soportará mucho, que lo dejará hablar y lo mandará para afuera, tal vez violentamente; al menos eso es lo que desean sus ojos. En el fondo, Márgara asiente. Esas miradas que son diálogo mudo entre los dos, anudan sus miedos y los convierten en valor desesperado mientras el hombre habla.
—De hecho, señor Hernández, la decisión de tirar el inmueble fue tomada hace más de un año, y como lo marcan los expedientes del plan de reconstrucción que obran en mi poder, ustedes ya debían haber ocupado…
Márgara lo mira y se ríe por dentro de su forma de llamar “inmueble” a un edificio que se cae. “El edificio lo van a tirar porque se mueve, carajo”, piensa tratando de no escucharlo.
—…un departamento de fase dos. Además, los trámites de desalojo fueron realizados oportunamente. Aun así, la constructora ha decidido dar a los inquilinos que aún no han dejado sus departamentos, una pequeña indemnización… No, no se ofenda, señor Hernández —dice el hombre cuando ve que José patea un pedazo de vidrio—, con ese dinero usted podrá pagar los gastos de su mudanza y quizás algún depósito de renta…
José no lo deja terminar. Durante toda la perorata ha estado apretando los puños al final de sus brazos cruzados, y al llegar a este punto, sin poder contenerse, busca los ojos de Márgara por una fracción de segundo. Al encontrarlos entiende que no le responden negativamente; tiene vía libre para interrumpir al hombre.
—Váyase —dice tratando de aparentar tranquilidad, sin dejar que se note la tensión de sus dientes.
—Creo que le conviene, señor Hernández —se empecina el visitante—. Esta proposición…
—Váyase —vuelve a interrumpir José y se levanta del banco en el que estaba tan solo apoyado, pues durante todo ese tiempo no ha querido sentarse.
Márgara lo sigue y ambos ven cómo el hombre pequeño, frágil, se hunde en el sillón. Aferrado a su portafolio, el hombrecito saca fuerzas de algún lado e insiste.
—No tiene alternativa señor —dice olvidando el Hernández—, de cualquier manera tendrá que…
La respuesta de José es por fin violenta. Lo prende de las solapas y lo saca del lejano fondo del sillón de Márgara. Luego lo empuja hacia la puerta que ella está abriendo. El hombre tropieza y cae. Sigue la trayectoria del pedazo de vidrio que anunció su llegada sólo unos minutos atrás. Desde el descanso de la escalera voltea para ver la puerta cerrarse sobre su salida precipitada, ahogando el intento de gritar una nueva amenaza.

Márgara y José se miran, se acercan, se abrazan nuevamente dentro del sórdido paisaje del departamento. Por un momento su abrazo los esconde de las palabras del hombrecito. Márgara acaricia las canas y las arrugas en la frente de José, como queriendo desvanecerlas. Sin romper el abrazo, callados, se van a la habitación. Se echan en la cama con la luz apagada y, casi sin notarlo, dejan que sus caricias nazcan solas, dispuestas a llenar, con un placer crecido por los años de gozarlo, las grietas que los rodean por todos lados, por las señas del tiempo en su piel y sus esperanzas rotas, repartidas desordenadamente en los detalles que llenan las angostas paredes. Entra un chiflón por la puerta abierta, el mismo de tanto tiempo, el mismo que ha jugado tanto con las caricias sencillas pero seguras que van de uno a otro. Jadean, quizá hoy más que nunca, y con el ruido de su amor largo tapan el estruendo de la tormenta en que los ahogan las circunstancias.

Acaba de caer la noche cuando se encuentran descansando, con las piernas entrelazadas sobre la cama. José enciende un cigarro y le da un par de fumadas. Márgara se lo quita suavemente para fumar también y se lo devuelve junto con una caricia casi invisible de tanto repetirse.

Ambos saben que en cualquier momento aparecerá de nuevo la tensión. No se atreven a hablar, y por un tiempo largo no se mueven. Hasta que José se levanta y se viste frente a la mirada comprensiva de Márgara.
—Voy a salir Marga. Al rato vengo. Por ahí te traigo algo.
Ella no responde. Sólo espera a que salga para cubrirse con las sábanas delgadas y limpias y cerrar los ojos otra vez. Su imaginación sigue a José mientras baja las escaleras, y se convierte en ensueño cuando él cruza la puerta de la calle.

Sin fijarse un rumbo, José camina hacia el Zócalo. Se ve muy festivo con la iluminación excesiva anunciando unas fiestas patrias que ya no le pertenecen a nadie.
Los comerciantes que aún se atreven a ponerse por ahí están terminando de levantar sus puestos. Compra un tamal y un atole y se pierde entre los campesinos que ha visto plantados durante las últimas tres semanas en la Plaza de la Constitución.
Camina entre las carpas y tiendas improvisadas percibiendo olores, el café dulce, los tamalitos, las tortillas. Es como si el monte estuviera ahí, despertándolo de un olvido lejano y viejo a base de aromas que lo hacen verse como un niño corriendo entre los cerros. Pero no es real. Es tan lejana y tan ajena esa niñez en el monte que piensa que se engaña a sí mismo. No es real, nada es real. Márgara y la casa, el hombrecito del portafolio y su amenaza, el olor a café y a humedad. Sólo las grietas existen. Lo demás es sólo aroma, ansia, desconocimiento.

Se queda hasta bien entrada la noche con los campesinos que van y vienen a calentarse ante un fogón, prendido en el ombligo de la ciudad tal como en el pueblo o en el cerro. Sus conversaciones no giran alrededor del plantón, de la razón que los tiene ahí, del riesgo de ser expulsados violentamente. Hablan de todo y de nada; José escucha palabras comunes y se da cuenta de que los campesinos no se recuerdan sus desgracias todo el tiempo.
José piensa que Márgara y él están viviendo lo mismo que esos campesinos, pero solos y encerrados. Camina de regreso, quizá reconfortado, pensando tan solo en la cama que Márgara está calentando. Pero los pasos de vuelta a la casa son como piedras pesadas, cada vez más pesadas. Al acercarse, sus ojos se posan en los edificios viejos, aún sembrados en el camino.

Las grietas, lo único real de todo lo que sucede. Las grietas vacías que se abren paso en el cemento amenazando su vida. Las grietas existen; lo demás, lo concreto es irreal.
Llega sin sueño. Se sienta en el sillón de Márgara. Ella despierta porque siente su tensión y lo va a acompañar.
—¿Qué vamos a hacer?
No pueden articular otra pregunta. La dice cualquiera de los dos. O ninguno, de cualquier modo está ahí, tan presente y real como la amenaza de las grietas. No pueden quedarse, aunque no haya a dónde ir.

Márgara llora pero José no la consuela porque adentro llora también. Saben que mañana vendrán a sacarlos, o pasado mañana, es lo mismo. Que el golpe al hombrecito traerá problemas, y después explosivos, máquinas, ruido, destrucción.
José no hace nada, ya no tiene fuerzas para intentar algo más. Y Márgara se queda viéndolo caer, incapaz de separarse, pero incapaz también de impulsarlo a buscar una opción que los saque de ahí.

Pasan en vela lo que queda de la noche, dejándose llevar por el impulso de la desesperación. Mañana, quizá mañana, quizá…

En algún momento, Márgara rompe el silencio. Sabe que cualquier palabra es peligrosa pero se anima a preguntarle dónde estuvo. José tarda un rato en responder. Descompone poco a poco su expresión rígida y más tarde le cuenta de los campesinos en el Zócalo.

En la madrugada, Márgara y José están rematando sus pertenencias entre los vecinos. Consiguen lo suficiente para pasar sin hambre un tiempo breve. Han decidido no esperar a ser echados. Si todo se va a derrumbar, qué importa que sea antes o después. Ni siquiera hay un antes y un después precisos en ese tiempo.

José dice que pueden simplemente unirse al plantón de los campesinos como si fueran uno más; que ellos los ayudarán, y cuando su problema se resuelva, se irán con ellos a su tierra, a empezar de nuevo en un lugar sin rajaduras tan profundas como la ciudad.
No saben qué va a pasar; siguen sin saber qué va a pasar. Márgara piensa que sólo han comprado una nueva incertidumbre. Al terminar de deshacerse de sus recuerdos se van de la mano con sus pequeños atados y unos cuantos billetes hacia el Zócalo. El rostro de José dibuja una pequeña sonrisa, pero el de Márgara no dice nada. Lleva la mirada perdida, como si estuviera dispuesta a hacer todo lo que José le diga, pues ella ya no tiene fuerzas para pensar ni querer nada.

La ciudad aún no termina de despertar. Caminan a buen paso por las calles del centro, hasta llegar al Zócalo. Pero está completamente vacío, muerto, con sus luces enormes e insignificantes. Sólo ven a un grupo de barrenderos terminando de limpiar los restos de un plantón desalojado por los granaderos.

José no sabe si lo que vio la noche anterior fue un sueño o si lo que ve ahora es una pesadilla. No sintió en qué momento Márgara se soltó de su mano. Al mirar hacia atrás la encuentra recargada en la pared de un edificio cuarteado, tendido en la ciudad como si sólo esperara el momento de caer. Sin miedo, sin esperanzas, Márgara deja escapar una lágrima fría que se va como dibujándole una grieta en el rostro.

 


Carlos Maza. Estudié sociología en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México, donde nací. Vivo en Lima desde 2001. Soy editor, maestro, músico, escritor y ciclista. He publicado Cuentos de mal dormir (Editorial San Marcos, 2012) y numerosos artículos, poemas, crónicas y ensayos en revistas de México y Perú. Algunas de mis canciones han sido grabadas por artistas de la escena jazzística de la ciudad de México. Los géneros en los que me siento más cómodo son el tuit, la canción y la carta de renuncia. Todo mi trabajo ha sido devuelto al dominio público; creo en el libre acceso al conocimiento (“derecho de autor” y “propiedad intelectual” son falacias). Actualizo muy de vez en cuando el blog calleneptuno.wordpress.com y contribuyo con reseñas y críticas sobre música, especialmente jazz y rock progresivo, en cabezademoog.blogspot.com.

Comments

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here