ENTREVISTA. Cees Noteboom: “A veces hay que inventarse una memoria”

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Cees Nooteboom (Foto: El País)

Escribe: Alonso Rabí

El holandés Cees Noteboom es, también, un ser único. Un viajero que escribe, un viajero que descansa, alguien que entre un viaje y otro vuelve a su estudio en Menorca, donde lo espera un jardín del que cuida con devoto esmero y donde crecen, en su rigurosa y caprichosa geometría, cactos de diversas especies. Para decirlo en sus propias palabras, seis (así suena su nombre pronunciado en su lengua, el dialecto flamenco del neerlandés) es un nómada con casa propia.

Nacido en 1933, ostenta un nombre cuya extensión ya es metáfora de un viaje: Cornelis Johannes Jacobus Maria Noteboom, pero es solo Cees Noteboom para todos los fines de su azarosa existencia de escritor y viajero impenitente. Su bibliografía es igualmente caudalosa y ha cosechado varios galardones. Acaso se trata del escritor holandés mas importante en actividad, lo que explicaría, en parte, su frecuente presencia en las ternas del Nobel de Literatura.

El texto que da inicio a Hotel Nómada[1], uno de sus libros de viajes más conocidos, nos enfrenta a una cita de Ibn Arabi, extraída de un famoso libro de este sabio árabe del siglo XII: “El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser esta inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón el viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el inferior” (13).

Alonso Rabí con Cees Noteboom en el Convento de Santa Catalina, Arequipa, 2017. (Foto: Anahí Barrionuevo).

Mientras se preparaban los detalles técnicos, asomó una conversación informal que sirvió para mostrar una faceta de Noteboom: su calidez y su sentido del humor. Su castellano fluido era interrumpido muy ocasionalmente por preguntas a su esposa, en pos del significado de alguna palabra que escapara a su diccionario de español mental. “Estuve en Lima el año pasado”, apuntó. “Y estuve con un poeta muy viejo y muy bueno, anarquista, simpático”. ¿Leoncio Bueno? “Sí, ese, Bueno”.

“En cierta ocasión fui a visitar la tumba de Cervantes, en el monasterio donde reposan sus restos. Recuerdo que llamé a la puerta y que me recibió una monja. ¿Aquí está la tumba de Cervantes?, pregunté por alguna razón, como si no lo supiera. Sí, me respondió la monja, pero el señor ha salido. Siempre pasan estas cosas con Cervantes”, me dice Noteboom, a punto de soltar una carcajada. Precisamente, entre los numerosos libros que ha escrito Noteboom hay uno muy especial: Tumbas de poetas y pensadores[2], un fabuloso recorrido por varios cementerios del mundo. El texto es acompañado (¿acompasado debiera decir?) por hermosas fotografías, tomadas por su compañera de ruta, Simone Sassen.

 

Asociar este bello volumen a un simple adoratorio de vidas que fueron, empobrece su lectura.  Algo más hay en la muerte que se parece irremediablemente a la vida. La imposibilidad de conocer a la persona cuyos restos reposan bajo una lápida nos deja abierta la puerta para imaginar su existencia, escuchar ilusoriamente sus palabras y darse cuenta de que “En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella (…) Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes de todo lo que nosotros mismos pudiéremos decir”.

¿De las tumbas que ha visitado cuál le gustó más?

Hay diferentes sensaciones, porque no es solamente la tumba sino además lo que hace la gente allí. Por ejemplo, en la tumba de Cortázar, siempre hay una botella de absinta. En la de Vallejo es frecuente encontrar guantes, frascos de perfume y cartas que le envía la gente, pero claro, es difícil saber si Vallejo las lee (risas).

¿Es difícil el holandés?

No. El holandés es muy fácil. ¡Si yo puedo hablar español, cualquiera puede hablar holandés! (risas).

Hablemos de la tierra. Usted cultiva un huerto cuando no está viajando. ¿Cómo surge la idea del huerto?

Sucede que he viajado mucho por América Latina, lo que me ha permitido conocer muchas especies de cactus y otras suculentas. En algún momento decidí plantar un jardín alrededor de mi estudio, en Menorca, para tener cerca de mí todas esas plantas. De hecho en Menorca conseguí siete cactus completamente diferentes, pero a todos los llamaban de la misma manera: cactus. Entonces comencé a nombrarlos: el solitario fálico es uno de ellos; el torturado es otro, y así. Han sobrevivido a los inviernos mediterráneos.

¿Ese estudio y su huerto serían como un refugio? Se podría decir que usted es un nómade con casa propia.

Llevo viviendo muchos años en Menorca, pero recién conseguí permiso del municipio para construir ese estudio fuera de la casa. Alrededor decidí plantar el jardín. Es un lugar de descanso y a la vez de trabajo, de reflexión y de escritura, de acción y de contemplación.

¿Los viajes son una metáfora de algo?

Para mí el viaje más que una metáfora es una práctica. Empecé a viajar a los diecisiete años y como dije una vez en un libro, le dije adiós a mi madre y, de cierta manera, nunca he vuelto.

¿Y qué busca uno cuando viaja?

Experiencias. Satisfacer curiosidades. Y escribir, porque yo escribo sobre mis viajes. He escrito, por ejemplo, un libro de mi recorrido por España, El desvío a Santiago. El viaje es material literario, de escritura. Algunos libros no están todavía en español, como Peregrinajes del Saigoku, un recorrido por treintaitrés templos japoneses del año mil, conocidos también como los templos de Kannon.

En sus libros de viaje hay un ánimo temático. Por ejemplo, este libro del que me hablaba, el de las tumbas de poetas…

Es cierto. Y aprovecho para decirle algo más sobre la tumba de Vallejo. Me asombró mucho la primera vez que la vi. Me pareció estar frente a un altar animista. Trataba de imaginar a cientos de peruanos o quizá no solo peruanos, acercándose a esta tumba a dejar un frasco de perfume, cigarrillos, guantes, cartas y poemas. Como si se tratara de una adoración. Fue fantástico.

¿Escribir es también una forma de viajar?

Podría decirse que sí. Para mí estas dos actividades están muy conectadas, tienen una ligazón muy íntima y profunda. Después de cada viaje físico viajo otra vez, escribiendo. Un viaje fáctico y otro de papel, esa es la idea. Durante el viaje tomo notas todo el tiempo. Mi esposa es fotógrafo, de modo que lo que yo registro en palabras ella lo registra en imágenes.

En alguna parte leí que usted no tenía recuerdos de infancia, excepto la foto de su primera comunión y algunas imágenes terribles del bombardeo de la casa de sus padres por los nazis…

Sí… No es imaginación. Realmente no los tengo. De mis primeros seis años no conservo nada en la memoria. Y es una lástima, porque para escritores como Proust o Nabokov los primeros años fueron de altísima importancia. No tengo nada. Miro esa foto de la primera comunión y digo: ese soy yo. Pero no me recuerdo. Una vez, en Holanda, hicieron una exposición sobre mi vida y obra y estuvimos buscando información sobre lugares: casa, escuela; también personas, mis primeros maestros, por ejemplo. No encontramos nada.

Quizá por eso es escritor, para inventarse esa memoria.

Pues a lo mejor sí (risas). A veces hay que inventarse una memoria. Me educaron mis padres. Ellos se divorciaron y mi padre murió en la guerra, en 1945. Luego mi madre se casó con un hombre muy católico que me inscribió en una escuela religiosa, de franciscanos, de la que me expulsaron muy pronto (risas). Luego pasé por los agustinos, pero también me expulsaron. No terminé la escuela, pero allí conocí y leí a los clásicos, algo que a la larga fue una experiencia fundamental para mí. Ovidio, Homero, un tesoro.

¿Qué hizo que un holandés se interesara tanto por España?

Yo soy creyente de la metempsicosis. Me gusta pensar que en otra vida he sido miembro de la nobleza española, acaso un monje (risas). Quizá eso explica las cosas, además hay monjes en todos mis libros.

¿Le provoca algún tipo de ilusión ser mencionado con frecuencia entre los candidatos al Nobel de Literatura?

No. La verdad no. Me lo dicen cada año. Un día me llama mi editor sueco y me dice: “queremos saber dónde estarás mañana todo el día”. Y Modiano ganó (risas). ¿Sabe qué? Ya estoy demasiado viejo para estas cosas.

¿Le interesa lo que dicen los críticos sobre sus libros?

Hay muchos escritores que mienten sobre esto. Dicen que nos los leen, que no les interesa. Yo no les creo. Y sí, yo leo a mis críticos.

¿Y qué opinión le merecen las cosas que lee?

A veces me enfado. Otras me enamoro.

¿Qué autores de lengua española le interesan más en este momento?

Siempre leo a Borges, todo el tiempo. Recientemente he leído un libro de Javier Cercas, una novela titulada La velocidad de la luz. Un libro extraño, pero muy poderoso. He estado leyendo también a un chileno, Alejandro Zambra. Me gusta Bonsai. Zambra ha ganado hace poco un premio importante en Europa y yo escribí el texto para la premiación. También me interesa Valeria Luiselli, una joven escritora mexicana a quien he prologado para una edición inglesa.

¿Está escribiendo algo en este momento?

Tengo casi terminado un libro sobre Venecia. Espero que aparezca en enero.

Usted ha escrito muchos géneros: novela, ensayo, crónica, poesía. ¿Cómo le gustaría ser recordado, como viajero, como poeta, como novelista?

No deseo ofender a nadie. Usted sabe que yo he escrito novelas, pero nadie habla de ellas. Pero al margen de eso, la poesía es algo muy importante en mi vida. Muy pronto saldrá un libro de poemas míos en Visor, bajo el título Luz en todas partes.  No hace mucho pasó algo que me conmovió. Estaba en España, en una conferencia. En la primera fila había una muchacha que levantó la mano supuestamente para hacer una pregunta y recitó un poema mío. Eso contesta la pregunta, me parece.


[1] Hotel Nómada. De Bolsillo: Barcelona, 2017.

[2] Tumbas de poetas y pensadores. Fotografías de Simone Sassen. Siruela: Madrid, 2017.

Tomado del blog de Alonso Rabi, con su autorización: https://plumaspalabras.blogspot.pe/

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