CUENTO: “Por qué no se van” de Rodolfo Ybarra

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Escritor peruano Rodolfo Ybarra (Foto: Archivo personal del autor)

POR QUÉ NO SE VAN*

Rodolfo Ybarra

 

Defecas y te masturbas mientras comes tu hamburguesa de chancho con mostaza. «Mostacero», te dices a ti mismo y ríes, te carcajeas sin dientes y eructas: «¡las tres “ces” carajo!, comer, cagar y cachar, aunque sea en soledad, he ahí la felicidad, that is the question». Jalas la palanca, jalas con la nariz, jalas por arriba y por abajo, pura harina blanca flor, puro talco y yeso para el cerebro de trapo, el cerebro que se deshace como queso gruyere de tantas drogas, analgésicos, calmantes, ansiolíticos y antipsicóticos que te metes sin receta médica ni cláusulas de ningún tipo, solo por el «placer» (así hablan los pitucos) de recibir más basura en tu cuerpo de relleno sanitario acostumbrado a tragar, fagocitar, embutirse con cualquier cosa que aparezca por ahí, frutas podridas, panes secos, carne de perro o chanfainita hecha de placenta humana o esa comida de «siete sabores» que te deja la lengua roja, adormecida y en forma de bola como si te estuvieras atragantando de ti mismo. Pero tú sabes que el primer principio del hombre es alimentarse, tragar, fagocitar, comerle las carnes al vecino, la vecina, o al que está al lado, así sea un perro, un gato, un gusano o un insecto, solo se trata de sobrevivir, llegar a mañana, sea como sea, no importa si te dicen «animal», «salvaje», «caníbal» o «antropófago», esas categorías son delicadezas de los señoritos burgueses o de los que nunca han pasado hambre porque los de abajo no nos andamos con amaneramientos o con modales estúpidos o los que eructan para un costado o sueltan silenciosamente una ventosidad para no ofender al interlocutor o al compañero de asiento en el microbús y nos huelen las axilas a ajos y cebollas. Porque el maestro lumpen es del pueblo, viene de él y va hacia él, y no se anda con formalidades o afeites, esa triquiñuelas que solo le sirven a los politiqueros para ganar votos en épocas electorales o mirar a un costado cuando ya tienen acceso al poder y entornillar sus culos por cinco años con sueldos de reyes y ganar estatus para codearse con tiranos, celebridades de pacotilla o cantantes de rock. El maestro lumpen se forjó en la lucha diaria, leyendo parado en los puestos de periódicos, robando libros en las librerías para «gentes de bien» y en las bibliotecas mal equipadas de las clases medias que se creen de arriba pero están por los suelos bajo la planta de los zapatos y no tienen clase ni escudo o blasón familiar. En cambio, tú, sí, tienes clase, maestro lumpen. Tú, sí, tienes don y orgullo por los conocimientos que adquiriste a punta de quemar y arrancarte las pestañas día y noche en las bibliotecas carcelarias, con los libreros desalojados de la avenida Grau o los que sucumbieron en el campo ferial Amazonas, con los hijos sacados a la fuerza por comadronas o hijos abortados de los que no tienen casa ni empleo conocido. Tú, sí, te hiciste solo, desde abajo, desde un pedazo de mojón, leyendo periódicos pasados con los que te limpiabas el trasero o con revistas viejas con las que entendiste que es mejor no ir al colegio ni a la universidad, que es mejor leer, aunque sea de prestado, y abandonarse en las cloacas inmundas de una civilización inmunda, tecnificada y siempre presta a ponerte el grillete en las patas y arrearte al matadero como ganado vacuno o balar. Porque si no estás informado o no sabes dónde estás parado de nada te sirve acabar la universidad o sacar un título profesional a nombre de la nación o a nombre de quien chucha sea. Y por si nadie notó la contradicción, nadie puede estar contra el poder y a la vez sacar un título a nombre de la nación, es por demás ridículo y mediocre pedir una acreditación para ser sometido expoliado, licuefactado y convertido en esclavo, light, cero colesterol y a gusto del cliente. Que nadie te joda, maestro lumpen, porque tú todo lo sabes y has vivido varias vidas en una sola y te has hecho a ti mismo a punta de degradación humana, a punta de marginación social y envilecimiento por falta y por exceso, por falta de comida y por exceso de alcohol, drogas, placebo y libido, el de las entrepiernas y los pechos dadivosos, esas tres pequeñas cosas que nos diferencian de los animales y bestias que pueblan las ciudades de la perdición donde el sistema te dice que tienes que llegar temprano, marcar tarjeta o si no te descontarán el dominical o te botarán a patadas o a puñetazos. Y qué, claro, tu esposa y tus hijos te esperan en casa con una sopa caliente para ti, pura farsa para que no puedas decir «no» y te pongas tú solito la canga en el pescuezo y las marrocas en los brazos y sigas echando carbón al caldero o moviendo la palanca de una fábrica que tarde o temprano, cuando te haya exprimido y escurrido como a un trapeador, te desechará porque ya no le sirves para nada, y luego meterán a otro, más joven y con músculos más fuertes para que te reemplace y cumpla tu trabajo de autómata al servicio de la más pura y bestial explotación. Y botas tanta mierda por la boca que tu culo se siente decepcionado, sin ganas de expulsarte de adentro hacia fuera que eres tú mismo como el catoblepas o cualquier animal que muerde y araña su imagen en el espejo o te pasa su sarna, pero tú no estás aquí para cojudeces, tú estás aquí para ganarte con alguito, meterte algo al bolsillo ahuecado, engordar las alforjas, llenar los porongos, recursearte con lo que sea porque uno no sabe qué va a pasar mañana, por eso es mejor comerlo todo, fumarlo todo y cagarlo todo, aprovecharte del sexo dispuesto o indispuesto y si no es así, pues una paja estaría bien, una manuela a dos manos o empujando sobre una papaya o sobre una calabaza porque tú sabes todas las mañas y cuando de «autosatisfacción» se trata no escatimas en moralinas o estúpidas convenciones impuestas desde las creencias religiosas. Porque el «placer» es como el hambre, y, cuando aprieta, uno tiene que cogerse de lo que esté al lado, apachurrarlo con las manos, morderlo, lengüetearlo, ensalivarlo y engrasarlo no importa si es aceite de carro, manteca o mantequilla, lo importante es que el cuerpo se deslice limpiamente, sin frenos u obstáculos que atentan contra el goce, pues, como todos saben: «Me voy a la mierda, luego existo». Lo demás es una canción que empieza con los acordes de «¿Por qué no se van? (del país)». Y eso lo saben quienes vivimos los ochenta y todavía estamos aquí para contarlo.

 


*Cuento incluido en el libro “Hermosos Ruidos”, Editorial Altazor, año 2018.

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