“Tres noches de corbata”, de Fernando Iwasaki (reseña)

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TRES NOCHES DE CORBATA
Fernando Iwasaki, (1987)

Escribe: Lucho Aguirre*

Recuerdo que, cuando era estudiante en la universidad, todavía se comentaba de esta primera colección de relatos de Fernando Iwasaki, la historia del astuto profesor de literatura que le da la mano a un malgeniado policía de la PIP para resolver casos difíciles. El profesor de “sonrisa ratonil” y con “el cuello de la camisa abotonado hasta arriba” tenía —supuestamente— como modelo a uno real de la PUCP. Puras habladurías (creo).
El profesor del cuento “La invención del héroe” no actuaba desinteresadamente. Era un vivillo que había entrado en contacto con el mayor Ronald Yauri por las clases de literatura que le daba a su esposa en una parroquia. Rodolfo, el antagonista académico, usa todo el arsenal literario del policial para dar con el hilo de la madeja de los distintos casos que Yauri le presenta ya que, cosa solo posible en la imaginación, cada misterio remitía a algún relato de la tradición. La realidad imitando a la ficción. Es, evidentemente, un homenaje a Borges. En “Tema del traidor y el héroe” de Ficciones, Borges escribe: “Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcecible”. Iwasaki hace que eso suceda una y otra vez, paródicamente. Más explícito es su homenaje al relato inmediatamente posterior en Ficciones, “La muerte y la brújula”. El mayor Yauri, transformado a la fuerza y por tanta lectura en un experto del relato policial, descubre hacia el final que está siendo víctima de una celada del ratonil Rodolfo. Ronald y Rodolfo, víctima y victimario.

“La invención del héroe” tiene un aire jocoso, un narrador en tercera criollo y cachaciento siempre focalizado en el policía, que tiene una mirada que divide al mundo entre fuertes y débiles, machos y maricas. Es un policial a la peruana (hay incluso menciones a la serie de TV “Gamboa”) y una especie de declaración de que la pluma puede superar a la espada, es decir, la versación a la bravuconería. Es la historia de una venganza en un libro lleno de crueles venganzas.

“Tres noches de corbata”, el primer libro de Iwasaki, se publicó en 1987 y se percibe en sus referencias y cierto aire fatalista. Sendero Luminoso es mencionado de refilón como parte de uno de los casos a resolver en “La invención del héroe”: una fuga hacia el humor en plena era del conflicto. Hay también un guiño familiar de la época en la figura de otro profesor que aparece en “El tiempo del mito”: Baldomero Denegri, “alto”, “de una delgadez enfermiza”, de “natural excentricidad”, y que solo podía aportar un “caótico amasijo de rocambolescas teorías” (un mix de Baldomero Cáceres padre y Marco Aurelio Denegri).

El relato es de aparente corte fantástico, inspirado en Cortázar. El profesor Denegri es hallado muerto y, gracias a un testimonio de su puño y letra, se descubre que a través de un ritual chamán y algunas sustancias alucinógenas, había logrado una especie de viaje a la semilla andino hasta encontrarse cara a cara con el dios Jaguar de los Chavín, que le da muerte. Es un castigo del antiguo mundo peruano a la hibris del mundo de las letras urbano y moderno. Iwasaki, como se sabe, es también historiador y su afición al dato, a la minucia informativa, y a la enredadera de referencias, hace que haces sus relatos cobren densidad.

Sin embargo, en Iwasaki hay siempre mucho humor y, felizmente, la historia sirve a la inventiva y no al revés. El juego de referencias y lecturas parece ser lo importante. En ese sentido, Iwasaki muestra tener un amplio abanico de intereses: la historia japonesa (“La sombra del guerrero”), la historia republicana peruana (“La otra batalla de Ayacucho”), la historia colonial (“Mar del sur”), el universo afroperuano (“Mal negro es el Congo”) y el mundo mítico de la selva (“Tres noches de corbata”). Son pequeños universos atravesados por un ánimo juguetonamente cruel: los protagonistas terminan generalmente muertos.
En el prefacio al libro del 2012, el autor menciona que sus cuentos están llenos de “prejuicios patriarcales y eurocentristas”. Lo primero podría achacársele por sus personajes esquemáticamente masculinos, algunos llevando códigos de honor a cuestas. Una lectura feminista, por ejemplo, vería en la esposa del mayor Yauri, de “La invención del héroe”, un elemento decorativo y de funciones estrictamente tradicionales: esperar al esposo, cocinar y servir la comida (además de ser aficionada a las novelas). Otros tiempos y otras imaginaciones. Pero leer lo de Iwasaki como poco feminista sería leerlo “against the grain”. Peca más por omisión que por convicción.

Lo de eurocentrista sí es más interesante, porque es más deliberado. Son varias las historias, sobre todo las de corte fantástico, en las que lo mágico y peligroso de lo exótico irrumpe en las seguridades racionales de occidente. Es el Nuevo Mundo que en los ochenta aún traía noticias de horror y venganza. Baldomero Denegri, por ejemplo, termina muerto; el violento y psicopático conquistador español Alonso de Varillas es convertido en piedra; el hijo de la familia rica limeña es devorado por un monstruo selvático. Es justo decir que las historias se colocan siempre de lado de los subalternos, pero literariamente ambos mundos permanecen incomunicados e irreconciliados. Iwasaki incluso va más allá y, por ejemplo, su caracterización de afroperuanos y selváticos intenta ser tan fiel a sus formas de hablar que raya en la caricatura. Es un intento de verosimilitud que quizá algunos no lean tan bien hoy: dos castellanos distintos para dos formas distintas de pensar. Sin embargo, es innegable que “Tres noches de corbata” es absolutamente entretenido y no tiene pierde a pesar de ser un primer libro. Iwasaki con el tiempo afinaría mucho más su lenguaje hasta alcanzar la maestría.

 


(*) Tomado del muro de Facebook del autor, con su autorización.

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