Guido Tamayo: “La familia es una metáfora de la violencia de cualquier sociedad”

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Escritor coloombiano Guido Tamayo conversa sobre su novela “Juego de niños” y el panorama de la violencia en Colombia.

Una entrevista de Martín Vargas.

El escritor colombiano Guido Tamayo, Premio de Novela Breve de la Pontificia Universidad Javeriana en 2010, estuvo de paso por Lima para presentar la reedición de su novela “El inquilino”, y la edición de “Juego de niños”. Tamayo es escritor con estudios de Comunicación y con una larga trayectoría en el ámbito del libro y la gestión cultural. Recibió además la beca de creación literaria del Ministerio de Cultura de 2007, y se ha desempeñado como funcionario de alto nivel en cuestiones editoriales. Conversamos con él sobre su novela y su visión del proceso que está viviendo Colombia en estos momentos.

Trabajas como profesor de escritura creativa y periodismo. ¿Hay una doble condición cuando te enfrentas  a la escritura como periodista que como inventor de ficciones?

Sí. De todas maneras habría que decir que esos vasos comunicantes, que creo que existen sin duda, entre el periodismo y la literatura tienen que estar claramente demarcados por las relaciones entre el texto periodístico y la realidad, y el texto de ficción y la realidad. Si bien en la crónica, en los géneros narrativos del periodismo, las técnicas que se usan son técnicas narrativas que provienen de la novela fundamentalmente, están claramente delimitadas porque hay un compromiso de hablar de lo referente, de la realidad, de lo que está sucediendo, del hecho; en cambio la ficción tiene esa flexibilidad. Y es que si bien hablamos de una supuesta realidad, de un referente que está en la calle, en la experiencia, etc., allí la flexibilidad pertenece al hecho de la ficción, de la invención. Desde el punto de vista de la técnica yo creo que hay una indistinción. Podríamos decir que la crónica, el perfil, etc., se podrían nutrir perfectamente de las técnicas narrativas de la ficción, que la novela recurre muchísimo al periodismo también, a la información, a la investigación periodística, a la entrevista, a los testimonios, etc., pero en la búsqueda de la creación de un artefacto ficcional completamente. Entonces, insisto, lo que marcaría una diferencia entre una escritura y otra es  que una se debe al hecho real, contundente, objetivo, entre comillas; y la otra se debe a las relaciones entre realidad y ficción.

Cuando hablas de realidad y ficción te refieres a la diferencia entre verdad y mentira. ¿Cómo abordas esto en tu obra?

A mí me parece que lo que uno construye cuando escribe una novela es un texto que se inventa un mundo específico y ese mundo tiene sus reglas interiores. Y a eso se debe la novela. La novela no debe ser verosímil por fuera, sino por dentro. De tal manera que ese mundo allí inventado funcione, sea coherente, pero no necesariamente tiene que tener una relación directa con nada de los acontecimientos que suceden en el mundo aunque –efectivamente- uno pueda perseguirlos, pero no se debe a ellos. La novela, como se ha dicho tantas veces – y es completamente cierto, es la invención de una gran mentira que habla, que dice muchas verdades. Evidentemente porque ese mundo que se construye con sus leyes internas indiscutiblemente habla sobre acontecimientos de la condición humana. En ese sentido ninguna novela prescinde de lo externo, ninguna novela puede hacerlo, porque habla del ser humano.

¿Cuál es la mentira que cuentas en tu último libro Juego de niños y cuál es la verdad que ocultas?

En el caso de Juego de niño… es una novela que funciona con base a unas experiencias autobiográficas. O sea hay un referente real que es mi pasado, mi infancia. Pero hay una recuperación de esa infancia a través de la memoria, y el hecho de que yo escriba sobre algo que recuerde ya significa una distorsión, porque la memoria –por supuesto- no es una memoria fiel sobre lo sucedido sino es una memoria que conserva algunas cosas, modifica algunas otras, etc., etc. Eso sería la primera distorsión, la segunda, es que a mí me interesa basarme en mis recuerdos, en mi memoria de la infancia, para construir una novela, o sea: otra infancia, distinta. Y es distinta porque tanto los personajes como las circunstancias que allí se narran se van construyendo a sí mismas, e insisto a veces le sirve algo que la memoria trae, a veces no le sirve, a veces le sirve relativamente, parcialmente. Pero siempre esa conversación entre lo real y lo ficcional se va inclinando –en mi caso- por lo ficcional. Y hay un momento en que yo no sé muy bien qué es lo que recuerdo y qué es lo que invento. Y si yo leo la novela, si yo releo la novela me va a suceder lo mismo. O sea lo que encuentro allí es la historia de unos muchachos en una ciudad determinada, es una época determinada, con unas emociones, unos pensamientos y unas experiencias determinadas, y esa es la realidad de la novela. Ahora evidentemente lo que te digo, uno puede decir esa novela es de unos muchachos bogotanos, colombianos, a finales de la década de los 60´s, comienzo de los 70´s, que empiezan a conocer el mundo, que salen a la calle, que descubren la violencia, que descubren el deseo, el sexo, como todos los muchachos de América Latina, que crecen en una familia en una seria de dificultades, de inconvenientes, de problemas, y eso es un poco lo que se narra. Entonces allí está la modificación entre lo que se podría llamar la realidad o la verdad y la mentira, ese trayecto de la memoria hasta la ficción, es el trayecto como tú dirías de la verdad a la mentira. Y después de la mentira a la verdad, porque es un viaje de ida y vuelta.

Partimos de la verdad para desplazarnos hacia la mentira, pero la mentira puede ser tan potente que influye sobre la verdad.

Totalmente.

¿Cómo ves ese proceso de narrar hechos que marcan un gran periodo histórico en Colombia?

Yo creo que lo que sucede con Juego de niños básicamente es la narración desde lo doméstico, desde adentro de esa violencia. Yo no narro acontecimientos de los enfrentamientos políticos o guerrilleros, o entre las fuerzas del estado y la guerrilla. Sino narro como se vivió la violencia internamente en las familias, desde la mentalidad de los niños, la manera en cómo ellos van creciendo. La familia es una metáfora de la violencia colombiana inevitablemente, como la familia es una metáfora de la violencia de cualquier sociedad. Todas las familias no son infelices, pero tampoco todas las familias son felices, entonces yo narro cómo es ese surgimiento de unos muchachos de clase media y cómo ellos van descubriendo la agresividad, la violencia, el poder, el ejercicio interno del poder, en ese sentido es una metáfora de la violencia colombiana, pero de una metáfora doméstica, intrafamiliar si se quiere.

¿Este ejercicio de escritura sirve para superar los hechos traumáticos que han acompañado la historia colombiana y tu propia vida?

Claro. Yo pienso que si la historiografía de mi país se ha encargado de revisar el pasado para aclararlo, para reescribirlo de alguna manera, para quitarle tanta mitificación, tanto maquillaje y tanto engaño, pero lo mismo sucede cuando uno se enfrenta con su infancia. Es una revisión del pasado personal, un pasado que también ha estado mistificado, que también ha estado maquillado. Porque la infancia es el momento en que la sociedad engaña más al hombre diciendo que es un momento feliz, paradisíaco, maravilloso, y a mí me parece que cuando uno se sienta a revisar sincera y honestamente su infancia, pues va a descubrir todo lo que he estado diciendo: que hay violencia, que hay contradicciones, que existe el horror, que hay una convivencia entre el horror y la ternura. En el caso de Juego de niños yo reviso mi pasado como un historiador revisa el pasado de un país. Intentando que esa revisión me haga más comprensible lo que soy en este momento.

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