Eloy Jáuregui: Borges, un ciego centelleado

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El gran escritor argentino Jorge Luis Borges.

Escribe: Eloy Jáuregui*

En estos días celebramos los 120 años de Jorge Luis Borges. La fecha ha significado una buena excusa para recordarlo. Pero más allá de la efeméride, siempre resulta necesario volver a pensar sobre Borges. Además de leerlo. Aquí revisamos una de sus visitas al Perú y de cómo su presencia es eterna.

 

Te imagino severo, un poco triste. Quién me dirá cómo eras y quién fuiste.

Del poema “Junín”, J. L. Borges.

 

1.

El recordado poeta Antonio Cisneros, en sus clases de Literatura latinoamericana,  siempre nos enrostraba  a Borges. Y lo llamaba apenas “Borges” y no como estaba escrito en sus documentos: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, y era suficiente para ingresar a ese universo iluminado y hermético de un solo poema: Junín, aquel que escribiera en 1966 sobre su bisabuelo materno, el coronel Manuel Isidoro Suárez, actor protagónico de la Batalla de Junín dirigido la caballería emancipadora y que versa así: “Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca, / a tu Junín, abuelo Borges. ¿Me oyes, / sombra o ceniza última, o desoyes / en tu sueño de bronce esta voz trunca? / Acaso buscas por mis vanos ojos / el épico Junín de tus soldados” (…)

El poema era controversial pero más porque Borges hacía justicia con el bisabuelo quien a su vez era primo del tirano argentino Juan Manuel de Rosas y luego engarzaría sus metáforas a Juan Domingo Perón. Boges le contaría al poeta peruano Marco Martos –en celebrada entrevista y hoy traspapelada – que durante la dictadura de Perón proscribieron su poema Junín: “Por eso La Nación (diario argentino) no quiso publicarlo y lo publiqué en Sur. La Nación no quiso publicarlo porque era tan evidente que ese poema no era histórico sino contemporáneo. Y en Francia lo tradujeron y lo publicaron bajo el título de “Borges escribe un poema comprometido”, refiere Borges y finaliza: “Pero vea usted, esta mañana me dijeron que había una estatua de Suárez en la pampa de Junín. A mí me conmovió muchísimo”.

Borges visitó el Perú tres veces. La primera el 17 de diciembre de 1963 gracias a un problema mecánico del Avianca  que lo llevaba de Bogotá a Buenos Aires y que tuvo que hacer una parada técnica en el “Jorge Chávez”.  En el aeropuerto de pronto se presentó Luis Alberto Sánchez, a la sazón, senador de la República, quien apenas pudo conversar brevemente con Borges en las tres horas que estuvo de paso y dicen que Sánchez lo comprometió para que regrese un tiempo después en una visita oficial. Aquello ocurriría el 25 de abril de 1965 y cuando Borges vino con delicada escolta, la joven escritora María Esther Vásquez  (quien fuera luego su biógrafa y también de Victoria Ocampo).

En esos ​seis días que pasaron en Lima, Borges fue entrevistado por varios, vamos, numerosos periodistas que le preguntaba de todo, que cuál era su signo del zodiaco y hasta qué le parecía la comida criolla. Al respecto escribe Carlos Batalla: “Borges solía tener paciencia con los reporteros, daba entrevistas, declaraba, pensaba  –con ellos al lado– en metafísica, literatura, religión, pero casi enmudecía cuando le preguntaban sobre qué era la poesía. “Es algo tan íntimo que no se puede definir. Solo se puede definir lo elemental, pero no una melodía o el sabor de un café”.

En las marco de sus actividades fue homenajeado por varias instituciones académicas y donde Borges siempre habló iluminado de la literatura y de sus genio creador. El hecho más importante resultaría el gesto de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) donde Borges recibió de manos del rector, doctor Mario Samamé Boggio, el grado de Doctor Honoris Causa. Advierto que la UNI no era lo que es hoy. En esos días era una institución moderna y vanguardista preocupada por la formación integral de sus alumnos. Baste recordar que fue la UNI quien trajo por primera y única vez al Perú en 1967 a Gabriel García Márquez y que organizó un celebrado conversatorio junto a Mario Vargas Llosa.

Un día luego Borges ofrecería en esa casa de estudios una conferencia magistral sobre “La Metáfora”. En la tarde, su acompañante, la escritora Vásquez, disertó sobre “Magia y literatura”. Antes, ofreció una conferencia de prensa donde reconoció que conocía poco de la literatura peruana y solo recordaba a José María Eguren y a César Vallejo, a quien consideraba un gran escritor. Borges se iría del Perú recibiendo la Orden del Sol del Perú en el Grado de Comendador otorgada por el gobierno de Fernando Belaunde Terry. Hoy todavía se recuerda esta reflexión que le dijera a los periodistas: “La literatura crea la realidad. Esta suele ser un espejo de la literatura. Es función por tanto del literato crear la realidad”.

Borges regresó al Perú en noviembre de 1978 junto a su asistente María Kodama. Y recuerdo años después cuando la acompañé en Lima y que ella rememoraba de ese su viaje a Machu Picchu esa vez cuando Borges casi muere de soroche. Y después en el 2001 cuando estuvo en la Universidad de Lima en el marco de las conferencias “Cathedra” cuando disertó sobre “La Memoria de Borges”. Y muy serena contaba  que jamás sobreprotegió al maestro. Que por las noches le dejaba su ropa al pie de la cama, que en los hoteles durmieron siempre en habitaciones separadas, y que le explicaba dónde estaba la corbata, dónde la camisa. Aquel detalle de los viajes los hicieron dependientes. Ella dice “compinches” pero parece mentira, jamás se permitieron tutearse. ¿Y cuándo se dieron cuenta que se enamoraron? Que no sabe. Que fue el tiempo silencioso y que ella no sabe exactamente cómo describir. Sí, bella María Kodama, que a la postre se casaría con Borges el mismo año de sus muerte, en 1986.

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Borges y María Kodama en el aeropuerto Jorge Chávez. Callao, Perú.

2.

Y cuando en ese junio de 1986 se murió en Ginebra Jorge Luis Borges nos quedó aquello que la muerte es una forma extraña de estar ausente. Así, no es la ausencia misma. Es el vacío que nunca va a poder ser descrito por los dolientes, tal y como sólo lo pueden concebir sus deudos, de manera fragmentaria. El misterio está en que en esos fragmentos, que son finitos, nos ofrecen una sensación del infinito. No existen así los inmortales, aquella es una patraña baladí de la eternidad. Mi abuela Dionisia decía que menos el hombre, todas las criaturas son perpetuas, pues ignoran la muerte. Y aquí pierden los vivos porque no hay muerte definitiva. Sólo memoria.

Personalmente debo confesar que la existencia de Borges está coludida con la eternidad. Es decir, no me lo imagino muerto y será porque sus libros son el alimento perpetuo de su literatura vivencial. Por eso escribía hace un tiempo que la muerte indigna es una traición al principio de crueldad. El espíritu en su manuscrito fracasa como el imaginario tiempo-imagen. Esto lo sabía bien Jorge Luis Borges. De ahí sus muertes solemnes incluso a manos de un cuchillero –Hombre de la esquina rosada– como Rosendo Juárez y que aseguraba una dama del montón, lacaya de la Lujanera, que: “para morir no se precisa más que estar vivo”.

Cierto, Borges, fue inventor de sí mismo. En Fervor de Buenos Aires hay otros muertos decorosos: “…ilimitado, abstracto, casi futuro/ el muerto no es un muerto: es la muerte”. O más allá, en el poema Inscripción en cualquier sepulcro: “No arriesgues el mármol temerario/ gárrulas, transgresiones al todopoder del olvido…”. Repito, las muertes en el argentino son como las máquinas deseantes de la que hablaba Felix Guatarri cuando se carteaba con Gilles Deleuze. Y cierto, que ese Borges no opina ni clasifica la muerte, apenas nos dice que morir es pensar en crear el vacío y así, inventar la memoria.

Y vuelvo a recordar a Antonio Cisneros y sus clases de literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Allí decíamos que la muerte apropiada al estilo Borges genuino está descrita con magistral ralea en su poema Muertes de Buenos Aires (de Cuaderno San Martín. Bs. As. 1929). Son apenas 84 versos divido en dos partes. Dos geografías como mares de sepulcros hubiera asegurado el autor con picardía de sepulturero. Dos espacios tatuados de losas. Dos cementerios como astros del silencio del tiempo más viejo del planeta. La Chacarita, el cementerio del pobre y La Recoleta, el camposanto del rico. Del primero dice Borges: “Porque la entraña del cementerio del sur/ fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta; […] Muertos de barba derrumbada y ojos en vela, muertas de carne desalmada y sin magia. […] En tu disciplinado recinto/ la muerte es incolora, hueca numérica;/ se disminuye a fechas y nombres,/ muertes de la palabra”.

En La Recoleta, en cambio, la muerte es grandilocuente y pundonorosa, la recatada muerte porteña. «La consanguínea de la duradera luz venturosa/ del atrio del Socorro/ y de la ceniza minuciosa de los braseros/ y del fino dulce de leche de los cumpleaños/ y de las hondas dinastías de los patios. Luego, aquel Borges aromoso, cuenta del suelo amarillo de las acacias de los costados, esas flores izadas en conmemoración de los mausoleos: «Y en el porqué de su vivir gracioso y dormido/ junto a las terribles reliquias de los que amamos». Curioso Borges, en La Chacarita la muerte es sucia como montonera clandestina de huesos. Al, otra orilla, las flores vigilan la muerte pero por ni más bellas y fragantes pueden acompañar a los que murieron, sin ofenderlos con soberbia de vida , sin ser más vida que ellos.

Perito, de la mirada para adentro, Borges viaja a lo largo de estos 84 versos entre la miseria y la opulencia. Se muere igual, dicen los bíblicos pero Borges los niega. Ningún muerto se parece, cada uno es un hito hecho cadáver antes que un mito hecho leyenda. Y en esa nación irrepresentable de los habitantes del más allá, el poeta descubre dinastía y linajes. Se muere como se vive, dice y, se vive diferente. El cielo no es tanto cielo si en esta tierra hay más muerte que existencia latiendo. Y los cementerios, con su oferta renovada –y en aquí en Lima los hay de todos los precios y olores—  desde Borges adquieren abolengo de recuerdo tal como uno fue. No hay muertos diferentes salvo por el panteón donde se yace, porque también para Borges ‘la muerte es vida vivida, la vida es muerte que viene; La vida no es otra cosa/ que muerte que anda luciendo.’

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Jorge Luis Borges y María Kodama

3.

Y acaso un hombre con ese genio nigromante –inventó mundos, seres calañudos y una literatura de augur—tuvo tiempo para existir y gastar su vejez en una agonía visual, luego la postrera ceguera, amén de su muerte clarividente. Ese escritor que hoy apasiona y que vivió entre libros, a la sombra de su madre, que trabajó casi toda su vida en la humedad de una biblioteca, que fue políticamente a contracorriente de su tiempo y que, como máxima tragedia para quien moraba en el reino de las letras, se quedó sin luz –la muerte a oscuras y hermética– cuando aún le faltaban treinta años y tantas lecturas. Ese Borges fastidiosamente erudito, que escribió sobre neblosos filósofos alemanes, aventureros con inquietudes metafísicas y temas tan «inaccesibles» como la naturaleza del tiempo o tan «vetustos» como el honor y el coraje. Ese viejo sutil que ahora sigue venciendo al olvido y está mucho más actual que los modernos de su tiempo, los que lo acusaron de anticuado hace medio siglo.

En el prólogo de una de sus vidas en Antologías personales,  Borges le explica al lector que en sus libros encontrará sus temas habituales: los muertos que perduran con su perplejidad metafísica, la germanística, el lenguaje, la patria y la paradójica suerte de los poetas. Pero olvidaba el rapsoda que en esa escritura también figuran sus camaradas, compinches tan contemporáneo como muertos, aquel Edgar Allan Poe, el otro Robert Louis Stevenson, ese Franz Kafka o acaso el Dante o Cervantes. Porque las obras de estos autores es el edén donde Borges plantó sus símbolos e insignias: el laberinto, el tigre, el espejo, el Dios novelista, el tiempo circular y maleable, las piezas del ajedrez y cierto, sus lápidas tan vívidas. Porque sólo a Borges y a Bioy Casares –que fueron avezados en la escritura negra—se les pudo ocurrir escribir el Libro del Cielo y del Infierno y aquel clásico para leer con los ojos cerrados: Un modelo para la muerte.

Ya lo decía el aforista rumano E.M. Cioran, en Borges todos es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos. “Es un sedentario sin patria espiritual, un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”. Y yo agrego, a vivir como una simiente de tu jardín para el cielo donde siempre las flores vigilarán tu muerte.

 


* Texto aparecido en la web del poeta, Cangrejo Negro

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