José Rosas Ribeyro: “Enrique Verástegui sólo se ha ido”

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Poeta Enrique Verástegui en su adolescencia, en Cañete. Foto: Perú21

El poeta peruano José Rosas Ribeyro escribe sobre la muerte del gran poeta Enrique Verástegui, ocurrida la noche del 27 de julio en el Hospital Rebagliatti. Uno de los poetas más importantes de su generación y un referente de la poesía hispanoamericana ha partido. Nos quedan sus letras y la amistad cultivada. Descanse en paz.

Escribe: José Rosas Ribeyro

Acababa de salir del bello y merecido homenaje a la amiga poeta, profesora y activista de derechos humanos, Violeta Barrientos, en la ANTIFIL, cuando me llegó la noticia del fallecimiento de Enrique Verástegui. Pensé en un primer momento que se trataba de un falso rumor, como hay tantos en Lima. Sin embargo, más tarde, ya en casa, me di “con la noticia de su muerte inmerecida”, como diría mi admirado Nicanor Parra.

Poeta Enrique Verástegui en los años 70. (Foto: Facebook de José Rosas Ribeyro)

Muchos recuerdos se agolparon entonces en mi memoria. Volvi a vivir aquella época en que conocí a un Verástegui parecido al de la segunda foto que incluyo. Fue en San Marcos y luego en los agitados momentos del surgimiento de Hora Zero y compartí entonces con Enrique y demás horazerianos los grandes recitales que organizaban los del manifiesto “Palabras urgentes”. A veces el Zambo -como lo llamábamos cariñosamente- me irritaba con algunas de sus declaraciones, por ejemplo con el artículo “V contra V”, en el que decía no apreciar la poética de Vallejo, lo cual -lo digo ahora- era totalmente su derecho. Pero más aún me molestaba cuando, por ejemplo, se comparaba con Dante. No obstante, pasado el primer momento de enojo, sonreía yo y me decía: “¡cosas de Enrique!”.

Yo salí del Perú en 1975 rumbo a México y fue, precisamente, en la capital mexicana donde lo volví a encontrar. Había llegado allí empezando un viaje que lo llevaría a Europa ayudado por la beca Guggenheim. Su objetivo era visitar a Octavio Paz, ante quien había sido recomendado por Julio Ortega, Rodolfo Hinostroza y quizás -no recuerdo bien- José Miguel Oviedo. Enrique, muy nervioso ante la inminencia del acontecimiento, me pidió que lo acompañara y así fue. Los detalles de este encuentro los he contado en la parte que me corresponde en el libro de Rotondo e Yrigoyen “Poesía en rock”.

Enrique Verástegui con su entonces esposa, la poeta Carmen Ollé, y su hija Vanessa, en Paris. (Foto: difusión)

Verástegui, Carmen Ollé y Vanessa, la hija de ambos, pasaron un tiempo en Mallorca y luego, terminado el beneficio de la beca, decidieron afincarse en París. En la capital francesa nos veíamos a menudo, tanto en eventos literarios (como las rutinarías romerías a la tumba de Vallejo), como en reuniones alcoholizadas y/o pachangueras. Si la vida me da tiempo y ganas tal vez algún día contaré anécdotas de estos momentos en París.
Luego, en mis regresos a Lima, he encontrado en muchas ocasiones al querido Zambo, incluso hemos participado juntos en lecturas. Si la memoria no me falla, la última vez que compartimos espacio y charla fue en la fabulosa casa del embajador de Holanda en el Perú, en la recepción a los participantes organizada en el marco del festival internacional de poesía que organizaba Renato Sandoval.

Nomás anteayer veía yo un video de su participación en un evento en el que dijo unas palabras y leyó un poema. Tengo entendido que la misma noche de ese encuentro en una librería, se sintió mal, fue conducido al hospital y falleció.

La vida siempre pende de un hilo que puede romperse en cualquier momento. El hilo de la vida de Enrique Verástegui se ha roto, pero pese a ello, sólo se ha ido un poco, porque sigue aquí con nosotros perturbándonos con su poesía y, a veces, irritándonos con sus opiniones. Enrique sabía que el arte de verdad y los artistas tienen el deber de perturbarnos e irritarnos.

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