Juan Constain: “La literatura nos une porque nos permite entender el mundo”

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Escritor colombiano Juan Constain (Foto: Captura Youtube)

Una entrevista de Martín Vargas.

Juan Esteban Constaín (Popayán, Colombia 1979), publicó en 2004 “Los mártires”, un libro de relatos sobre escritores; en 2007 su primera novela “El naufragio del imperio”, y en 2010 “¡Calcio!”, con la que obtuvo el Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela histórica. Por su novela “El hombre que no fue jueves”, obtuvo el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana – Universidad EAFIT en 2015. Conversamos con él sobre Colombia, literatura, García Márquez y las novelas de la violencia en esta entrevista.

Tus novelas abordan temas históricos que se encuentran relacionados al ámbito de la historiografía europea. ¿Por qué tomas esta decisión de recrear una historia que pertenece a sujetos distantes de nuestro continente?

Buenos, varias cosas. La primera es que de todas maneras el autor de estas novelas es un latinoamericano. Y en su voz o en la voz del narrador de cada una de esas novelas la condición latinoamericana está presente y es insoslayable. También debo decir que en mi primera novela escribí sobre Colombia. Aunque es una novela histórica, la trama ocurre entre Colombia y Europa. Porque es una novela que recrea una anécdota real de unos colombianos que en el siglo XIX, en 1817, quisieron ir hasta Santa Elena para secuestrar a Napoleón Bonaparte y traérselo a gobernar desde Bogotá. Siempre deslizo ingredientes que son profundamente latinoamericanos. Y quizás por mi condición latinoamericana yo me siento con la patente de corso para profanar esa historia europea sin ningún respeto y sin ninguna reverencia. Mis novelas son un juego y la veracidad histórica no me interesa para nada. O sea, yo me sirvo de la historia y la descompongo para construir unas tramas en las que lo importante es la ficción. Pero también creo que nosotros los latinoamericanos querámoslo o no, sepámoslo o no, somos herederos de occidente, de este lado del charco, de este lado del mar, pero también tenemos esa herencia. No solo esa. Y allí está la riqueza de Latinoamérica. Así que para nosotros los latinoamericanos la herencia europea no tendría por qué ser ajena ni distante. Es una de nuestras herencias culturales y podemos acudir a ella con el propósito que queramos para hacer lo que queramos.

Es en parte lo que se ha venido haciendo desde la implantación de un modelo cultural occidental desde la llegada de los conquistadores. Y lo que haces es en gran medida una subversión de la visión europea. ¿Es también esa tu intención?

No, no es mi intención, porque mi intención al escribir es divertirme y contar una historia. Y ojalá lograr divertir a los lectores y transmitirles a ellos mi intención de contar una historia. Pero en el fondo yo sí estoy de acuerdo con la palabra que usas: es un ejercicio de subversión que los latinoamericanos nos podemos permitir con la tradición occidental. Porque, como decíamos ahora, la recibimos pero no es la única que tenemos. Se trata en el fondo también de eso, de un acto subversivo.

Dentro del marco de la novela colombiana contemporánea la figura de Gabriel García Márquez es casi un telón de acero, ¿cuál es el panorama de la generación post-García Márquez dentro del mundo de las letras colombianas?

Sin lugar a dudas García Márquez es el escritor más grande de la historia de Colombia y lo será para siempre. Ya lo fue, ya lo es y lo seguirá siendo. Y es un clásico de la literatura en español y de la literatura universal. Y yo creo que sus contemporáneos de la literatura colombiana tuvieron que pasarla muy mal porque se vieron como apabullados y aplastados por la grandeza de García Márquez. Y luego vino como una generación posterior de autores también limitados por ese telón de acero del que hablas tú. Pero ya en mi generación el panorama fue distinto porque para nosotros García Márquez fue por un lado una tarea de colegio, o sea una obligación en el colegio, y eso hacía que en un principio le tuviera mucha pereza y mucho recelo. Pero luego –y allí está la grandeza de él como autor- para muchos de nosotros fue también como una lectura prohibida, porque –como nos lo imponían en la escuela- la única forma de disfrutarlo era leyéndolo a escondidas, que fue mi caso. A mí no me gustaba que me impusieran las lecturas en el colegio. Entonces yo leí a García Márquez como un autor prohibido y descubrí su grandeza absoluta. Y entonces para mi generación la sombra de García Márquez es una influencia muy provechosa. Digamos que para nosotros es un clásico de la literatura y no tenemos con él ni con su sombra ninguna disputa por un sentimiento equivocado y absurdo de que nos hubiera quitado la gloria que nos correspondía, ni nada. Él se ganó su gloria en franca lid, muy merecida. Y yo me reconozco pues como un gran beneficiario de la literatura de García Márquez.

Además de ser un gran referente en Latinoamérica, al lado de Vargas Llosa y Córtazar. Los tres hombres de letras que han ocupado gran parte de la literatura del siglo XX.

Sí, más Borges, que para mí es el más grande autor de Latinoamérica. Solo que Borges era mayor que García Márquez, que Córtazar, que Vargas Llosa, que me parece un escritor magnífico. O sea que nosotros tenemos la fortuna de gozar de unos clásicos de la literatura en nuestra lengua y en nuestro continente. Y al final esa es una de las grandes proezas de la invención americana. Como decía Alfonso Reyes, el gran ensayista, el gran poeta, el gran escritor mexicano Alfonso Reyes, decía que América había llegado tarde al banquete de la civilización y que América es un continente joven, si uno asume que lo es desde el descubrimiento que ahí hay una reflexión muy polémica y controvertida, pero en fin, sea lo que sea sí es un milagro que haya aparecido esa cosecha tan fértil de autores latinoamericanos como Cortazar, como Onetti, como Vargas Llosa, como Juan José Arreola, en fin como tantos, como García Márquez, como Borges, que para nosotros son una herencia que es una sombra y que nos beneficia mucho.

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En ese sentido, con la tecnología actual y los festivales del libro que hay en todos los países, la literatura se acerca siempre a nuevos lectores.

Pues me parece muy buena idea porque eso permite afianzar los vínculos culturales, mejorar los canales de distribución de los libros, que es lo importante al final. Más que los autores se conozcan, lo importante es que los libros circulen. Ahora, yo diría para ser muy concreto con respecto a la Feria Internacional de Lima, es una feria que permite que los autores latinoamericanos aquí invitados comamos bien. Ese sí es el verdadero sentido de la feria de Lima, no sé de las otras. Pero es una feria que permite que los autores coman como nunca y eso justifica de lejos que exista una feria así.

¿Crees que estos vínculos ayudan a formar, o transformar tal vez, una identidad latinoamericana, si acaso es posible hablar de ello?

Sí, porque el instrumento por naturaleza de la literatura es la lengua. Y la lengua es uno de los rasgos de esa identidad latinoamericana de la que estamos hablando. Y al final las literaturas son un camino para que nos entendamos. O en otras palabras, es famosísima la frase de Oscar Wilde, que decía que los británicos y los norteamericanos estaban separados por el abismo de su lengua común. Que es una frase que se atribuye también a Karl Krause con respecto al alemán entre Alemania y Austria. Y en Latinoamérica puede pasar un poco lo mismo. Estamos separados por el español que hablamos en cada uno de los países latinoamericanos, ahí hay un encuentro pero también muchos desencuentros. Y lo interesante de la literatura para consolidar una identidad latinoamericana es que si la lengua nos separa, la literatura nos une porque nos permite entender el mundo, ese otro mundo que nos es tan ajeno cruzando la frontera. Es decir que lo poco que sé y entiendo del Perú se lo debo a Vargas Llosa, como supongo que les pasará a los peruanos que lo poco que saben y entienden de Colombia se lo deben a García Márquez.

Ahora que mencionas el conocimiento del otro a través de la literatura. La historia contemporánea de Colombia está teñida de violencia y eso se ve reflejado también en su literatura.

Pues en los últimos años está ocurriendo un fenómeno que a mí me parece muy interesante. Y es que hay una gran obsesión por spoilear y por explotar la historia colombiana desde la ficción. Y eso tiene que ver con lo que tú dices, que tenemos una historia reciente traumática y violenta, pero que ya está empezando a superarse. Desde hace años está dándose un tránsito hacia algo distinto. Entonces quizás la literatura sea el mejor camino para entender el pasado, más incluso que la propia Historia, como una disciplina intelectual y como una ciencia, la ficción se está sirviendo de la Historia para una comprensión del pasado, que tiene que ver con el presente y con el futuro.

Algo que sucede también en Perú, tanto en publicaciones como en producciones cinematográficas. Sobre el conflicto que se ha vivido aquí.

En todas las sociedades conflictivas el arte se vuelve un instrumento paliativo de la memoria.

¿Crees que el arte sirva para exorcizar esos temores, esos males que la sociedad ha sufrido y que ha intentado negar por cierto tiempo, pero que luego vuelve para abrir las tumbas del pasado y exhumar las memorias?

Creo que ese es uno de los grandes propósitos del arte. Y por eso en la medida en que la literatura permite conocer al otro, también permite conocernos a nosotros mismos. Sobre todo a ese otro que fuimos nosotros mismos en el pasado, y que estamos abandonando.

En tiempos de una gran producción de objetos culturales consideras que esto beneficia finalmente al público, o piensas que tal vez al estar bombardeada de tanta oferta este público se vuelve dubitativo al acercarse a los libros y demás.

Pues no sé qué pensar, porque creo que con la sobreoferta de productos culturales hay una devaluación de la cultura, en el sentido de que la tenemos tan al alcance de la mano que se va perdiendo la noción de las jerarquías, del valor y del lugar que cada cosa ocupa en el mundo, que es un poco lo que ocurre en Neftlix. Digamos que estamos viviendo en un modelo de Neftlix en la cultura que es un embotamiento que no sé si sea bueno o malo. Y es que uno siente la felicidad de poder acceder a lo que quiera con un solo click, pero al final eso lo embota y lo intoxica, y uno no sabe qué es lo que quiera ver y qué es lo que le gusta. Pero al mismo tiempo eso de pronto hace que la gente se apegue a formatos que parecían estar muriéndose y que están resurgiendo con gran poder, por ejemplo, gracias a la música digital y al auge de las descargas digitales de música en internet y en los dispositivos móviles resurgió el disco de vinilo. Y hace muchos años se hablaba de la desaparición del libro impreso por cuenta del libro digital y resulta que lo que hubo fue lo contrario. Y lo que hubo fue un resurgimiento maravilloso del libro impreso.

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