RESEÑA: Katya Adaui / “Aquí hay icebergs”

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Escritora peruana Katya Adaui entrega una nueva colección de cuentos (Foto: Paraencenderfuego)

Escribe Alexis Iparraguirre

Cuando en los noventas no había mucho mercado y los escritores literalmente escribíamos para nuestros amigos, la discusión literaria siempre era por estéticas. Que la tuya me parece bien, que la tuya no. Que el punto y coma no se usa así, que escribes muy etéreo.

En cambio en estos tiempos de mercado las preguntas son por el consumo: ¿te enganchó? ¿te la leíste al toque? ¿te conmovió? (como en las telenovelas y los blockbuster, la cuestión es la rapidez de la digestión). Por eso, uno recibe una verdadera sorpresa cuando ve un libro como el de Katya Adaui, “Aquí hay icebergs”.

El volumen, editado por Penguin Random House, me había pescado el ojo en alguna librería, pero preferí dejarlo para mi puesta al día periódica de libros de cuentos peruanos. Ahora que lo acabé reconozco qué apuesta por el lenguaje y la estética la de Adaui. En un medio poblado por la multiplicación de lo digerible, por lo simple por no problemático, optar por explorar, por inventar, es la contraseña de quien escribe literatura (es decir, quien no contrabandea sebo de culebra). Y “Aquí hay icebergs” es un gesto estético cabal.

De principio, tiene doce cuentitos que no se pueden leer de una sentada porque, en su lenguaje simple, hay un entramado de símbolos y tensiones que obligan a calibrar bien la velocidad de quien lee. Que no se me malentienda. Adaui no escribe acertijos, no escribe con palabras en desuso o erudición, pero hace que quien le siga la historia se pregunte a cada paso por toda la contención y el desgarro que pueden contener dos oraciones cortas que ella confronta y que por separado lucen muy inocentes. Mirado por el asunto, puede pensarse también que “Aquí hay icebergs” trata del mundo cotidiano de la burguesía limeña, de sus líos irresueltos de familia y de una infancia no tan idílica.

Pero la columna vertebral del libro va por la forma: una carretera de diálogos de una línea, sin guiones, superpuestos, salpicada de puntos de vista que cambian de una frase a otra, que dotan a las historias de una velocidad de viaducto lo mismo que de una atmósfera de esos sueños que parecen más reveladores que cualquier vigilia. Y violencia, mucha violencia del cuerpo poderoso contra el cuerpo débil. Difícilmente las familias felices de la burguesía peruana han sido retratadas con tanta violencia contenida y sutil contra ellas mismas y, sobre todo, contra sus niños.

Un libro recomendable, sin duda.

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