Luiz Carlos Reátegui / El hombre que saltó y voló

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Escritor peruano Luiz Carlos Del Äguila (Foto: Archivo del autor).

El hombre que saltó y voló

Luiz Carlos Reátegui

—No puedes correr, pero sí saltar. Aunque tu única opción sea el abismo, salta. ¡Salta y podrás volar unos segundos! ¡Salta y sé libre! ¡Salta y no existirá ya nada! —se dice a sí mismo Efraín desde un descanso en la mitad del peñasco.

Observa el mar con su mirada azul suspendida e impasible en el infinito de su sereno infierno. Controla en su mente cada serie, lleva la cuenta, determina inequívoco el nivel de la marea. Tiene la sonrisa precaria y aunque es rabiosamente joven, su frente está nutrida de arrugas. Levanta las manos al cielo y luego se las lleva al corazón e inclina un poco el torso del cuerpo en señal de reverencia, de agradecimiento. Varias veces repite aquel movimiento, respetando en estricto dicho orden. En una suerte de estado hipnótico, con los párpados aprieta sus ojos. Una horrible mueca se revela en su rostro por el mal sabor de boca, avinagrada y pastosa. Pareciese realizar un ritual, manifiesta su voluntad de entregarse en ofrenda al mar.

—Positivo señor, tuyo soy, tú me acogiste en el vientre de tus profundidades, me cubriste con el manto protector de tus olas, me diste de comer cuando tuve hambre y de beber cuando tuve sed, porque eres dulce como la miel para el que en ti decide creer.- Dice ferviente Efraín.

Algunas personas del pueblo van a verlo desde lejos. Es un foráneo que de un tiempo a esta parte se apareció llamando la atención, socavando la acentuada inercia de la rutina pueblerina. Salta después del mediodía, en la hora de la pereza. Nadie sabe dónde vive a ciencia cierta. No conocen su paradero y dan por descontado que no tiene nada ni nadie al lado, ni familia, ni amigos, ni trabajo, pero lo ven bajar de las montañas escarpadas a diario. Renguea reptiliano, arrastra la pierna de palo. Padece una severa y pronunciada cojera. Se cree que al nacer la partera tiró con mucha vehemencia, dislocándole la cadera, alterando nervios en su crecimiento, echando a perder su destino, debido a que un niño así, estropeado y averiado no hubo ya quién lo quiso. La fuerza que le fue negada en las piernas, la desarrolló desbordada en los brazos y espalda. Lo han visto nadar a una velocidad inhumana, infernal. Es un reptil en tierra y un despiadado pez en el mar. Es la única virtud que se le conoce. Recorre distancias que la imaginación no alcanza. Las apagadas voces del secreto rumorean que solo le bastó una tarde para atravesar los siete mares y que ha estado en playas vírgenes de belleza inenarrable. Algo que ni en los anhelos más utópicos del pueblo, jamás podrían disfrutar de ese privilegio. Esto hace que a unos cuantos se les suba al hígado la envidia y rezonguen de su única virtud. Mientras que otros de reconocida bondad, suelen dejarle en el camino al peñasco, una canastilla con panecillos y comida. Él, a cambio, cuando ya todos se van, les deja una hilera de pescados en la orilla.

No se entremezclaron, no son parte el uno del otro. Los pobladores no aceptaron como suyo aquel cuerpo amorfo y él mantiene su distancia con recelo. Sin embargo, conviven en armonía a pesar de eso. Inclusive rescató embarcaciones varadas e impidió que personas se ahogaran. Así lo hizo la última vez con una niña que cayó de un bote, tragó agua en demasía, se hundía dejando de batallar por su vida. Su padre de un brinco se sumergió con desesperación en su búsqueda, abrió los ojos como platos en medio de la masa líquida de sal y no la encontró. Cuando ya no podía aguantar la respiración, vio cómo desde la oscuridad de las fosas, donde reposan los monstruos marinos, unos enormes brazos sostenían a su hija sacándola a la superficie. Los tres salieron a flote. Su hija empezó a toser, recuperándose. El padre se fijó en la retina de aquel hombre, reflejaban colores de océanos escondidos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Efraín —respondió.

—¿Cómo puedo agradecerte esto? —volvió a preguntar.

Efraín negó con la cabeza, se sumergió y desapareció. Desde ahí se enteraron su nombre en el pueblo. La admiración y respeto hacia él aumentó. Cada vez más gente iba a verlo. No entendían por qué insistía con una contumacia inexplicable en saltar todos los días, en una evidente afrenta a la muerte, sin remilgos ni miramientos, ridiculizándola con una burla suave, sabiéndose inmortal en la profundidad. Quizás el aislamiento le procuró una demencia galopante y decidió no perder el tiempo en la audacia de sus pasados sueños, de muy niño se apresuró en renunciar a ellos. Su competencia natural era la muerte, se empecinaba en retarla y vencerla. Aunque cada salto revestía un obsequio ficticio de malabarismos primorosos, de giros en el aire, volantines, tirabuzones, de pie y de cabeza. Realmente volaba como una gaviota y era libre como un Marlín. Hasta que un día, sin razón aparente y para sorpresa de los que lo presenciaban, pero no para el propio Efraín, pues siempre lo tuvo claro, este empezó a escalar el peñasco varios metros arriba que de costumbre. Los asistentes se miraron entre sí, urgidos y expectantes, pues, a mayor distancia, el mar se torna duro como un ladrillo. El clavado tiene que ser milimétrico para no lastimarse. Efraín salta, hace contacto con la yema de los dedos que abren las capas de agua a tajo de espada dando pase a su cuerpo. El clavado es tan perfecto que ni se percibe el sonido del chapaleo y las ondas de la zambullida son mínimas, dejando la sensación de que nada ha atravesado. A la mañana siguiente Efraín sube todavía metros arriba de su último salto. Vuelve a vencer otra vez y no lo pueden creer. Tras largas semanas, Efraín está a punto de llegar a la cima y ha paralizado al pueblo por completo. Cruzan los dedos no porque estén preocupados por su integridad, sino, porque quieren ver que llegue hasta el final y comprobar si de verdad es inmortal o solo es un embustero, un farsante de ilusión espectral y nada más. Efraín sale victorioso de nuevo. Queda impecable, intacto y, aunque aún no llegó a la cima, ahora la gente se asusta pensando que es un ser maligno, que es imposible sobrevivir desde tan alto. Lo esperan ansiosos al día siguiente, pero Efraín se desaparece por meses.

Entre los hombres y mujeres comentan que quizá tuvo miedo, que se dio cuenta de que no podía seguir jugando con eso y que es mejor que se haya ido para que no lo vayan a imitar los niños, pues, en ellos también se ganó gran popularidad.

Y Efraín regresó una tarde, después del mediodía, a la hora de la pereza. Unos chiquillos mugrientos lo divisaron y dieron alarma al pueblo. Se levantaron de la modorra de sus asientos y fueron a por él. La tribuna del acantilado que daba al frente del peñasco estaba llena a rebosar. Contemplan a Efraín con los brazos más grandes y deformes, la espalda más ancha y pesada, sus piernas quebradas con la delgadez de dos pajas no pueden seguir resistiendo. Se arrastra sonriente hasta el peñasco, es su salto añorado, el liberador. Escala con el soporte de sus brazos. Con cada jalón, los tejidos musculares amplían su grosor, las venas se le hinchan a punto de explotar y es torpe y es inútil. Con las manos ensangrentadas por los cortes con las rocas, llega por vez primera a la cima, se pone de pie a duras penas, con las rodillas tambaleantes, con el peñasco agrietándose por el peso. La piedra se vuelve líquida, y entonces los pobladores comprenden de una buena vez cuán triste e infeliz es su vida. Culpa y compasión les asaltan, zarandeándoles hasta los tuétanos sin poder reprimirlo. El viento resopla tenue. El mar se aquieta manso de sopor. Se estrujan los corazones, se quedan sin aliento en medio de un pesar profundo.

—¡Salta y podrás volar unos segundos! ¡Salta y se libre! ¡Salta y no existirá ya nada! —le gritan los pobladores con la visión empañada.

Efraín asiente. Levanta las manos al cielo y luego se las lleva al pecho en señal de agradecimiento. El mar le dio cuanto pidió, y ahora es el momento de devolvérselo. A esa altura sus posibilidades se reducen a cero. Se hará trizas. Efraín salta para ser libre al fin. Cae sin dirección, desordenado, imperfecto, como cualquier ser humano, envuelto en un silencio sagrado.

 


Luiz Carlos Reátegui del Águila (1985). Escritor y político. Estudió Derecho en la Universidad San Martín de Porres, Maestría en Gestión Pública en la UPC, y Strategy and Corporate Culture en Harvard University. Ha sido Regidor Metropolitano de Lima. Ganador del premio de cuentos Planeta Cuba, finalista en los premios de cuentos: Litterature Barcelona, Cartas Alicante, Villa Madrid, y Fundación Unir (España); Eusko Corpus Buenos Aires (Argentina). Ha colaborado como columnista en el Diario La República, Revista Limagris, Cultura Colectiva, Punto de encuentro, Dosis, Punto Seguido, El Sur y La Prensa.

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