Marco García Falcón / De un azul purísimo

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Escritor peruano Marco García Falcón comparte uno de sus cuentos más reflexivos (Foto: Archivo personal)

De un azul purísimo

Escribe Marco García Falcón

1

 

Poco antes de entrar a la carretera a Beziers la lluvia gris y abundante que mojaba la pista se convirtió en una terrible tormenta de nieve. Los enviones de la nevada hacían sonar insistentemente la lata del depósito, y la camioneta blanca pintada con el logotipo Cerciux en grandes letras amarillas derrapaba contra la pista que se iba escarchando con el polvo de nieve. Encerrados en el depósito, en una noche tan oscura como la de afuera, los pájaros chillaban enloquecidos a cada barquinazo que daba la camioneta.
– Ya entiendo por qué mi mamá me puso este nombre -dijo Paloma tapándose los oídos con las manos.
Ivo, sentado al volante, no se volvió a mirarla, pero le prestaba atención.
– Estos pájaros no pueden quedarse callados ni un segundo -continuó Paloma-, y menos todavía cuando algo los molesta: son igualitos a mí.
Ivo la miró de soslayo. Iluminada por el resplandor violeta del tablero de mandos, Paloma tenía los grandes ojos pardos muy abiertos, y estaba cubierta hasta la cabeza por un viejo abrigo verde, de cuya caperuza invernal se escapaban algunas guedejas de su pelo azabache y lacio. Ivo sabía muy bien que ese algo que ella insinuaba molestarle era lo poco que él había hablado durante la hora y media que llevaban de viaje.
– A mí de chiquita los pájaros no me llamaban tanto la atención, como a todos los chicos -volvió a la carga Paloma-. Pero me acuerdo que a los siete años me pasó una cosa curiosa.
– ¿Qué cosa? -preguntó tímidamente Ivo, cediendo un poco, mientras se internaban en una zona donde los árboles, bajo la nieve, adquirían formas fantasmales. Ahora el bullicio de los pájaros se confundía con el silbido del viento helado. Y a medida que avanzaban, parecían acompasarse los sacudones de la tormenta contra el auto.
– Yo estaba muy triste porque mi abuelito se había muerto -dijo Paloma-. Mi abuelito era un gran tipo, me entretenía con actos de magia, te juro que no sé cómo escondía monedas y luego las sacaba por mi oreja. El pobre se murió de una colitis o algo parecido. Una amiguita del colegio, me parece que se llamaba Sofía, un día me vio que no jugaba en el recreo como antes y me dijo que sabía lo de mi abuelo. ¿Y sabes lo que hizo para consolarme? -Ivo movió negativamente la cabeza, mostrando gran interés- Me contó algo que le había dicho su prima, algo así como que las almas de las personas buenas, si no querían irse de la Tierra, se quedaban en los animales. Claro que era cosa de chicos, pero yo me la creí. Me acuerdo que andaba por el colegio mirando a las cigarras del jardín, al gato del portero; los de mi salón me creían loca. En casa mi hermana mayor tenía un estornino, uno de esos pajaritos oscuros de reflejos verdes y ojitos muy pequeños. No te vayas a reír pero un día me puse a mirar con atención al estornino y te juro que tenía los ojos igualitos a los de mi abuelo. Me miraban con su mismo afecto. Desde entonces empecé a cuidar yo también al estornino; mi hermana hasta ahora no sabe por qué lo hacía. Las ocurrencias que tenemos de chicos son muy tiernas, ¿no?
– Muy tiernas -repitió Ivo y por primera vez la miró sin temor a los ojos.

 

2

Ivo y Paloma eran dos jóvenes estudiantes que, como yo, trabajaban los fines de semana en Cerciux, una compañía especializada en entregar paquetes a cualquier sector de París y a las provincias aledañas. El encargo que estaban cumpliendo era llevarle una colección de pájaros exóticos al señor Tino Falacci, quien vivía en las afueras de Beziers, al sur de Francia.
Ivo era un muchacho peruano, larguirucho y lampiño, con el cabello enrulado un poco más largo de lo convencional, y un temor casi patológico a las chicas que le gustaban. A sus diecinueve años había tenido varias enamoradas ocasionales, pero nunca había conseguido estar con aquellas chicas que realmente le interesaban, pues las idealizaba tanto que no podía hablarles con soltura y casi siempre terminaba por alejarse. Desde que conoció en Lima a un tío diplomático residente en Italia había deseado estudiar en Europa, y sus padres, aunque de limitados recursos, lo habían apoyado para que así fuera. Gracias a una beca de la embajada francesa cursaba el pregrado de Filosofía Moderna en La Sorbona, pues quería doctorarse en Pensamiento Cartesiano. Poco a poco se había ido acostumbrando a su nueva vida de adulto independiente, y si no fuera porque ocupaba un cuartito oscuro y triste en un desvencijado hotelucho del Barrio Latino, no habría dudado en considerar a París como el lugar perfecto para quedarse a vivir.
Paloma, en cambio, era una colombiana sumamente resuelta y extrovertida que sin un medio en el bolsillo se había mandado a mudar a París en un avión militar de carga, con la intención de estudiar canto en el Conservatorio. Acomodarse en el departamento de una amiga, aprovechando la lenta separación de sus padres, le había proporcionado la oportunidad de ausentarse por largos períodos de su casa de Cartagena sin tener que dar muchas explicaciones. Adoraba viajar y el llegar a Europa había sido su correría más temeraria. Se imaginaba que así, dando vueltas por el mundo, se encontraría sin proponérselo con el hombre de sus sueños. Tenía dos años más que Ivo, pero por su manera de ser y de vestirse parecía de dieciséis. A diferencia de él, no solo soportaba perfectamente las incomodidades y las pellejerías del albergue de pobres en que se hospedaba, sino que las tomaba como un encanto suplementario de lo que significaban la liberación y la aventura.
Ambos se cruzaban a menudo en la oficina de la compañía y habían sostenido algunas conversaciones casuales. Cuando los conocí, yo recién había ingresado a trabajar a la empresa y para nadie del personal era un secreto que se gustaban. Por eso, Lucía, una amiga común de los dos en Cerciux, había hecho los arreglos necesarios para que efectuaran juntos este envío.

 

3

A mí Ivo me contó que había soñado verla en un tren. Un viejo tren de sierra que corría contra el viento y la llovizna, un tren con los vagones sucios y la pintura azul de la cubierta astillada por los años. Llovía fuertemente y el tren estaba lleno de niños en viaje de excursión y el único sitio que encontró para sentarse fue al lado de ella. El viento húmedo azotaba el cristal de las ventanillas, y el paisaje de castillos y casitas de campo al amanecer se rompía con la velocidad de las bielas sobre la vía. Vagón tras vagón entraban a un túnel de montaña cuando el silbato empezó a bramar y los niños se alborotaron y gritaron emocionados en medio de la tiniebla. En esa oscuridad él rozó el hombro de ella, rozó el celaje de su negro pelo suelto. El cerró los ojos y soñó, en el sueño, que la besaba. Una súbita emisión de luz plomiza los descubría muy cerca al final del túnel, lado a lado pero sin mirarse. La máquina cambiaba esta vez de vía y atravesaba una sucesión de pendientes cubiertas de brezos; era otro túnel que se abismaba, era otro grito sostenido; ella cerró los ojos y él, terminando el túnel, se entusiasmó al ver pasar en la frente de ella la sombra del mismo sueño, como una frágil nube que no tardaría en desvanecerse. Entonces aguardaron el último túnel, que era el más largo y profundo, y se mantuvieron sin mirarse, con los ojos cerrados que no habrían de abrirse a lo largo del grito y la oscuridad del túnel, para que sus bocas pudieran lentamente acercarse, para que sus bocas pudieran juntarse al fin por encima de los párpados.

 

4

La camioneta se detuvo en un recodo de la carretera. Paloma e Ivo tomaron un poco de café que ella había llevado en un termo. El lugar parecía un desfiladero de árboles y sementeras nevadas, con una girándula de pequeñas luces amarillas que crecían y acechaban como luciérnagas. Los copos densos golpeaban el techo y las ventanillas, pero adentro no se sentía tanto frío y ya no se escuchaba el chillido de los pájaros: un agradable silencio los envolvía con su velo de agua oscura.
Paloma subió la potencia de la calefacción, ¿sabes?, la otra vez leí un libro de un autor japonés, no recuerdo bien el título pero tenía una metáfora bellísima, decía que el amor es como un reflector que ilumina a una persona próxima, la hace increíblemente visible y necesaria, y a ella nos aferramos como si fuera la única salvación en la oscuridad del mundo; lo terrible es que no sabemos cómo manejarlo ni cuándo ha de encenderse ni quién ha de aparecer bajo esa luz, ¿no te ha pasado que de pronto ves a una persona con otros ojos? Ivo no articuló palabra, tenía tantas ideas revoloteándole en la cabeza que no podía hablar, su mirada se concentraba en un punto fijo de la expansión irisada de la nieve. Pero tras un instante de silencio habló, lo que ella decía le recordaba que en una tribu africana la ceremonia de matrimonio consistía en mirarse varias horas a los ojos, mirarse simplemente. Y esas palabras le llegaban a Paloma por primera vez cálidas y fluidas, como si Ivo estuviera más cerca de esos centímetros que apenas los separaban, como si Ivo hablara desde una familiaridad de años donde su voz adquiría color y brillo. Es hermoso, suspiró Paloma, ofreciéndole una mirada dulce que ahora él no le rehuía sino que le correspondía sin intimidarse. Entonces la mano de Ivo flotó pálida en la penumbra, la mano de Ivo con sus dedos largos y finos que sudaba y temblaba. Paloma no supo qué hacer por un instante y la cogió también temerosa, hubo ese leve reconocerse en la otra piel, los dedos de ambos se buscaron y entrelazaron en un solo acto que conciliaba la ternura y la torpeza. Desde esa especie de alivio que de algún modo hacía olvidar el mal tiempo, incapaz todavía de creer que todo eso era posible, Ivo se atrevió a abrazarla hasta lo hondo, la sintió estremecerse cuando él buscó la palma de su otra mano y la acarició, tibia y suave. Permanecieron abrazados unos minutos, mirándose fijamente a los ojos, hasta que Ivo se tragó el resto del miedo y cogió con ambas manos el rostro de Paloma, fue palpando y besando con cuidado el nacimiento de su pelo escondido tras la caperuza, la tersura de su frente inclinada, los párpados cerrados donde se asentaba como una especie de resplandor ambarino.
Todo lo demás fue un irse acercando de a pocos, entrecerrar los ojos y abandonarse a un lento pliegue de caricias y labios crispándose, calor y ternura, el vértigo, el frío allá afuera, el impulso de algo abierto a un instante inacabado y sin presente, la sensación maravillosa de que estaban acostados sobre una cama de nieve, de que la casi granizada golpeaba el techo y las ventanillas solo para recordarles que el mundo existía.

 

5

El señor Tino Falacci -el cliente a quien iba dirigido el envío- era un pianista excéntrico y millonario. Vivía en una mansión encastillada entre dos laderas de montaña, al borde de un hermoso estanque de nenúfares. Su carrera de intérprete había sido desde temprano brillante y tumultuosa, tanto en su natal Italia como en toda Europa, pero de un tiempo a esta parte escuchar un concierto suyo se había vuelto un raro privilegio. La bisnieta de la condesa de Savigné, para llevarlo a una audición privada en los salones de su palacio, había tenido que aceptar que tocara en la única forma en que podía sentirse en verdad a gusto: completamente desnudo.
Envuelto en una larga bata de seda azul, paseaba constantemente su pálida figurilla de rubia cabellera desgreñada por los ambientes de su mansión, mientras una corte de nueve perros chinos lo seguía repitiendo sus rápidos movimientos. En la primera planta había hecho empotrar con estructuras de vidrio las paredes de la sala, desde el piso hasta el cielo raso, como si todo fuese una gran pecera, en la que navegaban peces de misteriosa procedencia. (Alguna vez, según el mismo me lo confesó meses después, se había imaginado, en el momento más lírico de una borrachera, dentro del enorme acuario, bocarriba, estremecido de ojos y de sargazos, ondulando hacia lo profundo de la cerrada noche submarina.) Allí también estaban, dispuestos a lo largo de un pasadizo, los trabajos de sus amigos ingleses de la Royal Academy: una rosa negra de los vientos encerrada en una urna transparente, un ángel de cera con las alas cubiertas de un polvillo dorado, la pintura de un inmenso corazón humano desde cuyo centro miran dos ojos taciturnos. Pero lo que para él representaba un inigualable deleite visual era recorrer las instalaciones del segundo piso: la escalera, los marcos de las ventanas, las paredes, los muebles, los artesonados que se elevaban por encima de los dos metros de altura, todo estaba hecho de cristal; un cristal traslúcido y facetado que rutilaba en las noches y espejeaba contra el sol del mediodía como un diamante gigantesco.
Confinado por voluntad propia en su mansión, tocando una noche cualquiera un melancólico piano Bechstein hasta el amanecer, Tino Falacci llevaba una vida contemplativa y como desasida de la realidad, a no ser que se apareciera esa persona que le ponía en orden el mundo y que era el gran amor de su vida: François.

 

6

Paloma frotaba cariñosamente su nariz contra la de un Ivo dormido. Es el beso de los esquimales, sonrió Paloma cuando él abrió los ojos también sonriente en la claridad azulada que, ni bien acabó de nevar, proyectaba una luna enorme sobre la cabina. Muy poca gente lo conoce, explicó Paloma, será nuestro beso especial. Y en su voz había como una dulzura agradecida porque ella sabía que era la primera mujer con la que él de veras había querido estar, y que los momentos de intimidad anterior, esos momentos en los que él había mostrado una extraordinaria ternura, habían creado una especie de complicidad, y lo habían hecho sentirse en confianza. Se miraron en silencio durante algunos minutos, frotándose a cada tanto las narices, pero de pronto Ivo advirtió que habían pasado por lo menos dos horas desde que se habían estacionado (habían hecho el amor dos veces seguidas), y se preguntó en voz alta qué sería de los pájaros que continuaban sin hacer el menor ruido.
Ivo sacó la linterna de la guantera y caminó con Paloma hasta el depósito de la camioneta. A la luz de la luna, la nieve que cubría la pista daba la impresión de ser cremolada de vainilla excesivamente congelada, al menos eso le pareció a Paloma. Ivo abrió las puertas del depósito (un aire reconcentrado pero glacial salió del interior en tinieblas) y se trepó con la linterna en la mano. La amarilla luz circular, como una pequeña luna llena, iba iluminando de arriba abajo las jaulas de metal superpuestas en las que se encontraban toda clase de pájaros: pájaros diminutos, pájaros de pecho coloreado, pájaros con capirote en forma de cabellera, pájaros de ojos luminosos como estrellas, pájaros con picos a manera de cuernos, pájaros que por el tamaño y el esplendor de su cola debían de ser las famosas aves del paraíso. Pero cuando Ivo llegó a la parte inferior, se dio cuenta de que dos pájaros estaban congelados por el frío. ¿Pasa algo?, preguntó Paloma que esperaba afuera. Dos están irremediablemente fríos, contestó Ivo. ¿Y ahora qué vamos a hacer?, preguntó Paloma preocupada. No sé, dijo Ivo, tendremos que dejarlos por aquí, si no esto va a oler feo. ¿Y qué le vamos a decir al dueño? La verdad: todo el mundo sabe que con el frío que hace por estos días puede pasar cualquier cosa.
Ivo puso en unas bolsas plásticas los pájaros congelados. Le planteó a Paloma que él limpiaría las jaulas y reordenaría a los otros pájaros mientras ella sepultaba las bolsas en la nieve. Yo no puedo hacer eso, protestó ella con tristeza, no te das cuenta de que parecen cuerpitos de bebés. Y se fue con las bolsas a un bosque de árboles negros a buscar un sitio más apropiado.

 

7

François había conocido a Tino Falacci cuando se llevaba a cabo la construcción del segundo piso. El era el encargado de pulir los muebles de cristal y hacer las incrustaciones de las piedras preciosas: carbunclos, rubíes, corales, venturinas, crisopacios. Una noche se quedó trabajando hasta muy tarde y Tino Falacci, que había estado observándolo en secreto desde hace algunos días, se acercó a su lado y le dijo: “Trabajas demasiado, muchacho. Por qué no me acompañas a tomar un brandy”. Bajaron a la sala y Tino Falacci sirvió dos copas dobles. Mientras François bebía acodado sobre la barra del bar, Tino Falacci se sentó al piano. “Yo no suelo hacer estas cosas”, dijo. “Espero que lo sepas apreciar”. Y se puso a tocar una melodía alegre y elemental que François reconoció no ser culta, como era de suponerse, sino perteneciente al pueblo remoto de Mezières donde él había nacido.
Esa noche no pasó nada. Pero a la siguiente, al octavo o noveno brandy, François aceptó ir a su habitación por una buena cantidad de francos. No era la primera vez que se acostaba con un hombre: de niño, cuando vivía en su pueblo, era natural tener relaciones con animales y una tarde, como una prolongación de esos juegos infantiles, había complacido a un primo afeminado. A Tino Falacci le encantaban su cuerpo fuerte, sus manos simples y rudas de campesino; aunque no así su habla insustancial y cierta falta de urbanidad. Le propuso de todas maneras que se quedara a vivir con él, como administrador de la mansión. Nunca antes le había hecho a alguien una propuesta de ese tipo (sus amantes casuales se los conseguían sus amigos artistas por una noche o dos), pero este muchacho le parecía algo especial. Y si bien no lo decepcionó, pues pronto se acostumbró a atenderlo, a celebrar sus manías y a cumplirle sus más disparatados deseos, la verdad es que François se fue quedando a lo largo de estos dos años solo por dinero, movido por una ambición profunda pero sutilmente encubierta por una careta que podía parecerse mucho al amor.
Para esta medianoche, por ejemplo, le había mandado preparar una cena especialísima por su cumpleaños número cincuenta y cinco: hojaldre de pescado, almejas con caviar, mejillones a la marinera, pierna de cordero asada con alubias y pastel de crema cubierto con almendras picadas. Después de varios llamados, Tino Falacci salió de su habitación envuelto en su bata, al parecer algo mareado por los brandys que se había tomado solo a manera de celebración adelantada. “¡Oh, por Dios!”, exclamó asombrado al ver la mesa servida. “¡Ya me imagino cuánto habrás sufrido para hacer esto!” Francois percibió en su voz un leve rastro de ironía. “Quiero decir que para un pueblerino como tú no debe ser nada fácil ordenar una cena decente”, recalcó mordazmente sin mirar a François, para quien la escena empezaba a resultar incómoda. Luego, sin sentarse, cogió un mejillón, lo probó, hizo una mueca de desagrado y arrojó la comida al piso. Hizo exactamente lo mismo con el pescado. Y también con las almejas. Y también con el cordero. Iba a picotear el pastel cuando François, furioso, le apartó la mano, lo abofeteó y lo envió de un violento empujón al piso.

 

8

Ivo y Paloma orinaron, compraron cigarrillos y llenaron el tanque de gasolina en una estación de la carretera. Habían pasado por las campiñas desiertas de Lyon, donde la repentina mansedumbre del viento entre los pinos nevados hacía presagiar un viaje más relajado. Sin embargo, cuando llegaron a la provincia de Saint-Etienne, se reinició la lluvia gruesa y ruidosa. El aire azul oscuro se sentía por momentos cargado de electricidad y presencias imantadas. Y lo único que a veces se veía por el parabrisas, además de la hilera de postes altos desdibujados por el chubasco, eran las luces amarillas de algunos camiones de comestibles y traileres de gaseosas viajando en sentido contrario. Ivo manejaba atento al estado de la autopista. A fin de pensar en algo distinto, Paloma hablaba de lo que podían hacer el lunes por la tarde en París: se reunirían en un simpático cafecito árabe que ella había descubierto el sábado pasado y bajarían hasta la punta de la Isla de la Cité, o si él no le temía caerse al agua (no sabía cómo pero estaba casi segura de que él no sabía nadar), se meterían a una de esas viejas barcazas que había en el canal de Saint-Martin y, navegando el Sena de noche, ella le cantaría a viva voz un romántico repertorio de arias italianas.
De pronto, el teléfono de la camioneta timbró con una tonadita insistente (una canción de Navidad) que se perdía en el rumor de la tormenta. Ivo contestó. Como desde muy lejos se oía la voz airada de monsieur Prevost, el dueño de Cerciux. Gruñó que estaba escandalizado porque al revisar los partes de salida se había enterado de que sin ninguna justificación dos empleados (ellos) estaban realizando un mismo envío, y quería que uno de los dos se regresara de inmediato a París y estuviera a primera hora en la oficina para llevar otro encargo. Ivo protestó, sugirió otras alternativas, estuvo incluso a punto de mandarlo al diablo, pero el dueño soltó una interjección incomprensible y cortó.
Esa forma de trato, me consta, era frecuente y había que soportarla por la arbitraria facilidad con que la compañía podía echar a un empleado y contratar a otro. Ivo no tuvo que explicarle a Paloma lo que había ordenado monsieur Prevost. A este viejo miserable no se le pasa una, rabió Paloma. Yo me regreso. No, se opuso Ivo, mejor tú sigue hasta Beziers; yo me bajo por aquí y me subo a uno de estos camiones que van a París. Mañana te regresas tranquila sin la lluvia, o si quieres me esperas allá hasta el mediodía y nos regresamos juntos. Sé cuidarme solita, se quejó Paloma haciendo un gesto de autosuficiencia como para que él no se preocupara. Apenas llegue a Beziers, te llamo a la oficina.
Ivo se puso un impermeable amarillo fosforescente sobre su descolorida casaca de cuero. Antes de bajar Paloma le dio un largo beso de despedida en la boca. Te quiero muchísimo, dijo ella. Yo también, dijo él. Parado a un lado de la pista él vio cómo la camioneta se alejaba, se hacía un puntito tembloroso bajo el cortinaje brillante de la lluvia.

 

9

Está sentado al piano. Los labios encendidos. Los ojos enturbiados por la sombra negra del rimmel. La cabellera rubia resbala sobre su cuerpo desnudo como un torrente luminoso. El viento gris hace temblar el vidrio de las ventanas. Los perros duermen entre cojines de estopa, en un cuarto cerrado. Afuera llueve, caen los goterones de agua sucia sobre los cristales del segundo piso, sobre la delicada película de nieve que cubre el estanque de nenúfares. No sabe cuántos brandys se ha tomado ya.
Toca un Beethoven, el opus 57 para piano de Beethoven, un opus triste y cansado de Beethoven. Es una melodía que le fluye ebria de los dedos, una melodía de anochecer neblinoso, una melodía de confusión, François, y son tantas veces que la ha tocado sin quererlo. Hubiera deseado abandonar ese encierro, o si no agrandar la casa, levantar otro piso de cristal, construir una ciudad que poseyera todas las joyas pero que sobre todo fuera una joya en sí misma, una ciudad resplandeciente en la que los dos pudieran perderse y solo de vez en cuando encontrarse. Y entonces, cuando él apareciera, alto y silencioso, con su cuerpo de oro, olvidarse de las palabras, entregarse al simple goce de la piel y los ojos. Pero en estos instantes el sonido de la lluvia le trae el recuerdo del mar, lo hace pensar en otra ciudad, un puerto perdido en el confín de los arrecifes, con un barco encallado al pie de un castillo. Ve el ancla verde de algas, las cadenas de hierro oxidado, la cabellera de medusa esculpida en un mascarón de proa. Ve emerger de entre las troneras o los agujeros de la estiba cientos de hombres y mujeres descalzos, de rostros pálidos, vestidos con andrajos. Tienen los cabellos blancos y ojeras que parecen de enfermo. Caminan entristecidos por el borde azulado del muelle, se trepan a las torres más altas, entran a las cabinas y a los camarotes del barco. A la luz de la luna, un pescador desdentado se pone a arreglar una red, otro una balsa desfondada. Una música melancólica, la música que ahora a él se le quiebra entre los dedos, se expande por los aires mientras un hermoso muchacho con el pecho descubierto se sube al mástil para cantar contra el viento una canción de amor. Y ese muchacho es François.

 

10

En ese momento François manejaba su auto. Era el modesto Renault azul del año 79 que tenía desde antes de conocer a Tino Falacci, y no uno de los muchos regalos que este le daba para retenerlo o intentar el recomienzo después de una pelea. Esta vez, al parecer, no habría otra oportunidad: ya estaba harto de las humillaciones. Además, si tenía suerte, podía encontrar a la bella Albertine -su anterior pareja- y rehacer su vida con ella. En la casetera se escuchaba la voz de Edith Piaf, la voz brillante y trémula de Edith Piaf en Non, je ne regrette rien.
Al fondo, borroneada por el flujo incesante de la lluvia, divisó una silueta fosforescente que agitaba una mano. Iba a pasarse de largo, pero al ver al chico chorreante de lluvia, se recordó en una situación similar. Detuvo el auto y bajó un poco la ventanilla. ¿Adónde vas?, le preguntó. A París, contestó el chico cuyas palabras de acento extranjero casi se diluían en el agua. François le abrió la puerta e Ivo subió con cuidado, temiendo mojar el asiento. No te preocupes, lo alentó François, no creo que vayas a inundar el auto. Ivo sonrió más calmado y se quitó el impermeable amarillo; el auto retomaba la marcha progresivamente. Se puede conocer toda Francia en autostop, dijo François colocando el impermeable en la parte trasera, yo mismo lo he hecho alguna vez, pero con este tiempo uno no se detiene ni por su madre. ¿Qué hacías allí? Es una historia larga, contestó Ivo, mi jefe me necesita en el trabajo a primera hora. Ah, los jefes, la gente con dinero, toda esa miseria, se lamentó François y le ofreció una botella de vino barato de la que había estado bebiendo. Ivo no tenía ganas de tomar vino pero bebió unos sorbos para no desairarlo, ¿qué es lo que suena? ¿Edith Piaf? Sí, el pequeño gorrión, asintió François. Es curioso, dijo Ivo, a mí me gusta mucho Edith Piaf y cuando llegué a París pensé que todo el mundo la escuchaba, pero en los ocho meses que llevo por aquí usted es la primera persona que veo que lo hace. Es maravillosa, dijo François abstraído en algún recuerdo, y subió el volumen de la radio. Se quedaron callados mientras la voz potente de Edith Piaf opacaba el fragor de la lluvia, iluminaba el auto y se alargaba hasta alcanzar reverberaciones centelleantes. Quizá esa magia mezclada con el alcohol fue lo que adormeció a François, o lo excitó y lo movió a acariciar con ansiedad la pierna de un Ivo que se sorprendía y lo rechazaba de un rápido, desesperado movimiento de mano: no tenemos cómo saberlo. Lo cierto es que algo le impidió a François ver a tiempo el camión enorme que se cruzaba en la curva con todas las luces encendidas, atronando un silbato ensordecedor, y lo hizo voltear bruscamente hacia una mancha oscura de árboles.
El camión siguió su camino sin detenerse. El capó del auto se partió en dos. La melodía se cortó con el impacto. Ahora ya solo se escuchaba la lluvia crepitando entre los árboles negros, ocultando el estertor de las respiraciones que se apagaban. Y el agua que se filtraba por los vidrios astillados no alcanzaba a lavar por completo la sangre de los cuerpos, sino únicamente la de los rostros: los rostros de ojos abiertos.

 

11

El desconcierto y la tristeza de lo que sucedió cuatro horas después, cuando sonaron lúgubres los teléfonos, los podemos imaginar, como yo he imaginado el diálogo entre Ivo y François a partir de algunos detalles de la autopsia y el parte policial: el grado de alcohol en la sangre, la botella de vino, el casete de Edith Piaf. No creo que esta historia deba terminar así; aun para mí, que he tratado de utilizar toda la información de que dispongo, resulta un final demasiado imprevisible. Quiero que mejor guardemos en la memoria lo que me contó Paloma sobre la hora anterior, cuando ni ella ni Tino Falacci se habían enterado aún del accidente; quiero que mejor veamos la camioneta del Cerciux llegando finalmente a la mansión con las primeras luces del amanecer.
Es un amanecer despejado y sin viento. Paloma baja para tocar el timbre del intercomunicador. Toca varias veces durante un cuarto de hora, hasta que una voz somnolienta le contesta y puede, al fin, anunciar la llegada del envío. Tras otros veinte minutos de espera, un Tino Falacci dulcemente borracho, tambaleante y despeinado, con la bata mal puesta, le abre el portón y le indica un claro del jardín donde cuadrar la camioneta. Tan pronto acaba de estacionarse, Paloma se acerca a Tino Falacci para explicarle el percance del trayecto (lo de los dos ejemplares congelados), pero él la ignora y se abalanza a abrir las puertas del depósito, fascinado con la idea de ver los pájaros. Sin saber muy bien qué hacer, Paloma tiene que quedarse parada a su lado, viendo cómo abre las jaulas, cómo impulsa a los pájaros a salir del depósito. Los pájaros caminan tímidamente por el empedrado todavía húmedo del jardín, sacudiéndose las alas del rocío de nieve. Tino Falacci los coge maravillado y los lanza por los aires con un entusiasmo infantil, pero ninguno alcanza a ganar altura. Así está durante algunos minutos hasta que uno (uno de hermoso plumaje color ámbar) aletea con más fuerza, se sostiene sobre sus alas y planea en un vuelo rasante por el cielo cada vez más claro. Luego desciende hasta casi tocar el empedrado y retoma el vuelo mientras los demás pájaros empiezan a seguirlo. Entonces Paloma y Tino Falacci alzan los ojos y contemplan en silencio cómo se forma una bandada de pájaros de infinitos colores que cruza un cielo de un azul purísimo, y la acompañan en su vuelo con un indescriptible sentimiento de felicidad que no han sentido en mucho tiempo y que los abandonará apenas no vean otra cosa en el horizonte que una nube, una pequeña nube blanca en medio del azul del cielo.

 

(De París personal)

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Marco García Falcón (Lima, 1970) es docente universitario y autor del libro de cuentos París personal (2002) y de las novelas El cielo de Capri (2007) y Un olvidado asombro (2014). En París personal & El cielo de Capri (2015) se reúnen en un solo volumen sus dos primeras publicaciones. Es también coautor del manual de escritura creativa La imaginación escrita (2016). Esta casa vacía (Peisa, 2017), su tercera novela, acaba de ser publicada.

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