“Nefando”, de Mónica Ojeda / Reseña

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Escritora Ecuatoriana Mónica Ojeda (Foto: Revista Vïsperas)

Escribe Salvador Luis

Una mirada cuidadosa sobre Nefando (Candaya, 2016), la segunda novela de Mónica Ojeda @MonaOjedaF, revela diversas cualidades que seducen más allá de los brevísimos lapsos donde la verosimilitud de algunas voces narrativas se desfigura. Si hubiese que ser quisquilloso y buscar una imperfección en este sobresaliente texto, solo me inclinaría por unos cuantos diálogos en los que el registro lingüístico pasa de la formalidad al coloquialismo de manera muy abrupta, perdiendo así un poco de naturalidad.

Esta pequeña flaqueza, sin embargo, no afecta en absoluto el cometido final de la autora ni su intrincada elaboración estética y filosófica. Nefando, incluso por encima de la refinada prosa poética con la que retrata las obsesiones morbosas y las corrupciones, es una gran novela teórica, un texto que no solo se nutre del discurso académico sino que propone y hace teoría utilizando el código representacional del arte. Lo que otros autores tratan infructuosamente de conseguir con discursos fingidos, Ojeda lo logra con verdadera soltura analítica y profundidad intelectual, dándole así más de una capa de significación a su ya compleja obra.

A partir de las conexiones entre seis excompañeros de piso que alguna vez residieron en la ciudad de Barcelona, la trama de la novela nos enfrenta a un escabroso teatro polifónico de atrocidades en el que se intercalan la pedofilia y la venganza social. Las voces y los recuerdos de estos personajes — narrados por medio de entrevistas, flashbacks, foros web, ilustraciones temblorosas y pasajes de una novela pornotemática que a la vez activa una construcción en abismo — giran alrededor de un videojuego de culto llamado Nefando: viaje a las entrañas de una habitación, una especie de aventura gráfica en línea que mezcla los subgéneros de point-and-click y survival horror, similar en operación a las míticas Alone in the Dark (1992) o Myst (1993). Las grandes diferencias entre este programa ficticio y los videojuegos comerciales mencionados son principalmente la experiencia comunitaria (pero asfixiante) y las repercusiones, que en la novela de Ojeda implican el develamiento de un pasado oscuro por medio del hipertexto, la incomodidad extrema a través de la abyección humana en clave snuff y la tenebrosidad simbólica que la «internet invisible» tiene en el siglo XXI.

A lo largo de la novela, Ojeda parece concentrarse en las meditaciones y en las búsquedas de significado. Para ello no solamente introduce a sus personajes en la subcultura informática de los demosceners (modificadores de software y desarrolladores artesanales) sino que, como algunos de ellos, parece querer «desencriptar» sistemas y dispositivos de dominación para intervenirlos y desestabilizar de esta forma los mecanismos de pensamiento binario. Al intercalar narradores, entrevistas, fragmentos de novela y representaciones de hilos de conversación de foros en línea, la estructura interna de Nefando abre espacios de enunciación que simbólicamente «corrompen» el sistema corrupto, destronándolo, deconstruyéndolo, atacando la doble moral en torno a la piratería o al capitalismo o proponiendo la relativización de conceptos que generalmente concebimos como entidades intocables, tales como la familia, el honor o la sexualidad.

Además del uso delicado del lenguaje y de abrazar la imaginación teórica y poética en sus páginas, Nefando se apoya en un rico tejido intertextual donde podemos percibir, entre otros, retazos de Armonía Somers, Laurence Sterne, Marqués de Sade o líneas de los versos de Juan Gelman. La novela, en todo sentido, nos sugestiona desde las «zonas profundas» de la web y la ficción porque la autora ha encontrado el equilibrio perfecto para reflexionar acerca de los límites del arte y de lo humano. Es fácil percibir que Ojeda cuenta con un conocimiento total de los modos de representación narrativos, y que sabe, tal vez con la misma contundencia que tienen sus personajes, que «la descripción del dolor nunca es la descripción del dolor», que el fin del aparato crítico de la novela no es necesariamente dar lecciones explícitas acerca de la bondad o la maldad sino utilizar las limitaciones del código artístico para ayudarnos después a replantear las relaciones humanas fuera del ámbito del artefacto literario.

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