Pablo Brescia / El idiota de Shakespeare

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Escritor, crítico literario y académico argentino Pablo Brescia (Foto: The Betsy Hotel)

El idiota de Shakespeare

 

—Toda la semana pasada con los mismos síntomas: me acuesto, esas palabras comienzan a rodearme y la oscuridad me sorprende con los ojos abiertos.

El taxista lo estudió por el espejo. Era un hombre sin señas particulares, como dirían las notas de los diarios. Agitaba un poco las manos mientras hablaba.

—Soy una persona indiferente. No creo en Dios, no creo en el progreso, no creo en mí. Pero… cómo le diré… tampoco sufro de un extremo dolor o angustia. No me da vergüenza decírselo: es el aburrimiento.

El pasajero se callaba abruptamente, como esperando algún comentario, y volvía a tomar la palabra.

—Sin embargo, vaya uno a saber por qué, logré hacer algo con esa pereza. En estas páginas —dijo, alzando un fajo de hojas— está el resultado. Cada uno va construyendo su propia historia ¿o no? Pensé que ejecutar esta tarea no me haría menos inútil. Tengo claro que lo que hice tampoco es la salvación.

Mientras aceleraba, el taxista se dio cuenta de que no sabía dónde quería ir el hombre y de que tampoco se lo había preguntado. Dijo algo.

—Usted no se haga problema, siga que yo le indico. Necesito tiempo. Estaba pensando en el papel. ¿No le parece noble el papel? Le decía… trabajé durante años para inventarme otra vida. Me sirvió el ejercicio. Me enseñó a conocerme mejor y a desinteresarme más por los otros. Por ejemplo, descubrí cosas curiosas: ahora sé que escribir me provoca escozor en el pelo y entonces me rasco y escribo, escribo y me rasco. Pero estos son detalles que no me interesan ya.

El conductor lo escuchaba y pensaba que no había remedio.

—Es como si todo esto ya estuviera hecho, me entiende, que yo suba al taxi y le cuente y le largue la frase. Mire —y alzó su paquete otra vez—demoré todo lo que pude, pero un día tuve que terminar. Bah, en realidad nada termina, sólo la vida, pero hay que ponerle punto final a las cosas. Y justo cuando pensé que andábamos bien aquella tarde que leía a Shakespeare me empecé a preguntar: ¿será cierto lo del idiota? Yo puedo aceptar que todo esto no signifique nada, pero eso de que lo cuente un idiota, eso sí que no. Porque supuestamente el idiota dice la verdad pero nadie le entiende, ¿no?

El chofer hizo que sí con la cabeza y quiso cambiar de tema.

—¿Que qué hago? Ahora nada. Antes hice muchas cosas. Hubo un tiempo que recuerdo con felicidad. Mi padre me llevaba a pescar y mi madre leía conmigo novelas de aventuras. Más tarde fui un idealista virulento y maté por el bien de la causa; después me di cuenta, o me cansé, que sé yo, y me pasé al otro lado y maté por el bien de la patria, de nuestros valores, o del dinero en mi cuenta de banco. De uno al otro hay un paso, nada más. Lo peor, fíjese, no es que uno se endurece y ya matar es casi un reflejo, sino que uno se aburre de eso también.
El taxista comenzó a mirarlo con los ojos revueltos.

—¡Ah! Noto que a usted le interesa seguir la trama, seguro que lee los casos policiales del diario antes que la sección de deporte o de política. Hay gente así. Me gusta eso. No era fácil esa vida, no. Aunque uno esté fuera de la ley, existen ciertos códigos, cierta moralidad. ¿Fuera de la ley acabo de decir? ¡Qué frase tan infeliz! Todos, absolutamente todos estamos fuera de la ley, créame.

Bueno, le decía… dejé todo y me fui a una casita lejos del mundanal ruido. Me encerré, engordé veinte kilos y me hice adicto primero a la botella y después a las drogas. Las mujeres nunca me llamaron mucho la atención; huelen feo, ¿sabe? Igual, oferta siempre hay. Con una tuve problemas y la tuve que eliminar. Fíjese, dé vuelta acá.

El conductor dio un volantazo y el auto chirrió.

—Tranquilo, hombre, tranquilo, hace mucho que dejé esa vida. La cuestión es que abandoné, ¿me entiende? Estaba harto de hacer, ¿me explico? Yo quería salirme de la vida. Y entonces le encargué a uno de mis viejos camaradas que me fuera trayendo libros a la casa, para no hacer, para olvidar.
El problema fue el después. Saqué un libro de la caja para recompensarme por haber terminado mi tarea y justo lo abro en la página donde estaba la maldita frase: La vida es un cuento, hecho por un idiota, lleno de sonido y furia, y no significa nada.
El sonido y la furia, puede ser mi vida; el significado, nada, eso no importa; pero el idiota… Vea, pare aquí.
Un chico pelirrojo salió a la puerta y saludó con la mano.

—Bueno, me bajo. Aprecio mucho que me haya escuchado, ¿sabe? Quédese con el cambio nomás, usted lo va a necesitar más que yo, dijo y, por primera vez desde que se había subido, sonrió con todos los dientes. ¿Cómo? ¿Mi nombre, dice? Grandi, me llamo Grandi.

El conductor arrancó y salió rápido. Algo le molestaba. De pronto, la frase de Shakespeare empezó a latirle en la cabeza y eso lo puso ansioso. Paró en una calle solitaria y se dio vuelta. En el asiento, el fajo parecía esperar a alguien.

Leyó el título y entonces comprendió.

 


Pablo Brescia es escritor, crítico literario y profesor de literatura. Ha publicado la antología cartonera “Gente ordinaria” (México: 2014), la antología electrónica “ESC” (Miami: 2013) y los libros de cuentos Fuera de lugar (Lima, 2012; México 2013) y “La apariencia de las cosas” (México, 1997). También ha publicado bajo el seudónimo de Harry Bimer los textos híbridos de No hay tiempo para la poesía (Buenos Aires, 2011). Participó en antologías como Sólo cuento VI. Los mejores cuentos hispánicos (México, 2014), Pequeñas resistencias. Antología de cuento norteamericano y caribeño (Madrid, 2005) y Se habla español: voces latinas en USA (Miami, 2000). Escribe las columnas “El alma por el pie” para sub-urbano (Miami; www.suburbano.net) y “(Parén)tesis” para Vallejo & Co. En su blog, Preferiría (no) hacerlo (www.pablobrescia.blogspot.com) comparte escritos y escritores y lecturas sobre música y cine. Enseña en la Universidad del Sur de la Florida. La primera versión de este cuento fue publicada en la revista Intermezzo tropical, Lima, Perú, 6.6-7, pp. 14-15, 2009.

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