Raúl Tola: “La noche sin ventanas” (reseña)

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Escribe Alexis Iparraguirre 

La noche sin ventanas es el cuarto libro de Raúl Tola y un magnifico ejemplo de las fortalezas y las debilidades de la novela como producto de consumo masivo. Responde a una investigación histórica las más de la veces lograda, que consigue, por sobre las imposiciones del formato y algunos deslices en la verosimilitud, algunos pocos auténticos momentos de victoria literaria.

Conviene pensar a Tola, como a Renato Cisneros o a Jeremías Gamboa, como parte de un nuevo tipo de escritor en el panorama nacional que combina un trabajo de escritura altamente profesional y el influjo de los esquemas novelísticos de Mario Vargas Llosa con la aspiración del éxito en ventas. Se trata de escritores y estéticas que no plantean la innovación de la vanguardia, el desafío de la contracultura o la sutileza del formalismo, sino la excelencia en un formato conocido que garantiza y concita la familiaridad de los lectores, la recaptura de los mercados dispersos que deja el predecesor notable en su crepúsculo, y que permite la revitalización del mercado del libro local.

La noche sin ventanas es, vargallosianamente,  dos historias alternadas en capítulos pares e impares, con secciones tituladas por numerales, y capítulos precedidos escuetamente por números romanos. Una historia es la de Madeleine, miembro de la Resistencia francesa, prisionera en Sachsenhausen, uno de los múltiples campos de concentración del Tercer Reich; es hija de padres franceses, peruana por nacimiento, pero que volvió a la Europa ancestral en busca de una mejor vida. La otra historia es la de Francisco, embajador peruano en Francia, intelectual conservador, miembro de la logia de hombres de letras nacionalistas que la historia ha denominado la Generación del 900, confinado en el Hotel Dreesen, en Bad Godesberg, en la Renania, junto con un puñado de diplomáticos latinoamericanos. Es un adulto mayor de salud mental deteriorada, con ataques de demencia y ecolalia y, debido a ello, es asistido y vigilado en todo por su esposa Rosa Amalia y entretenido con frecuencia por las conversaciones con el Joven Secretario Gálvez, un diplomático principiante bajo su mando que también sacia, a través de las charlas,  su curiosidad por la vida intelectual de la Lima de sus mayores, que el embajador frecuentemente evoca.

Así, ambos, Madeleine y Francisco, presumiblemente por las mismas fechas, son dos peruanos arrastrados por la retirada del régimen nazi de Europa, que, acorralado por el imparable avance aliado luego del día D, se bate en retirada sin soltar a la muchedumbre de rehenes que tomó en sus días de gloria. La noche sin ventanas es, como es frecuente en las novelas que principian in media res, la exploración y la explicación del pasado de sus protagonistas, ese que los condujo a la situación en que los lectores se los cruzan . En el caso de Madeleine, la novela se ocupa de sus antecedentes mediante un relato objetivo que conduce una y otra vez del campo de concentración a una secuencia casi cronológica de los momentos claves de su vida: la infancia limeña, su adolescencia, la muerte de sus padres, la inmigración a Francia, las primeras padecimientos en París,  su progresiva adaptación al estilo de la metrópoli, sus amistades en las juventudes intelectuales, la declaratoria de guerra y la derrota francesa, las penurias de la ocupación nazi y la militancia como falsificadora de la Resistencia. En el caso de Francisco, la conversación con el Joven Secretario Gálvez y un discreto pero bien administrado uso de los “diálogos telescópicos” de Vargas Llosa, introducen no solo su vida pasada, sino una animada reconstrucción de los debates intelectuales que protagonizaron tanto él como sus amigos, sus contertulios de juventud en la Lima novecentista, desde comienzos del siglo XX hasta fines de los años cuarenta, cuando ya la mayoría había muerto o dejado atrás su etapa más productiva. Aunque la novela incluya una amplia nómina de ellos, como cabe esperar se concentra en Francisco que, para todo caso, alude con claridad al intelectual Francisco García Calderón Rey, y en sus amigos más íntimos:  su hermano Ventura y José El Chupacirios, un sobrenombre con que La noche sin ventanas se refiere a José de la Riva Agüero y Osma, el mejor amigo del diplomático, un aristócrata limeño de inteligencia prodigiosa, ferviente católico ultramontano, multimillonario, factótum de su generación, y, al final de su vida, dirigente del fascismo en el Perú.

Como puede apreciarse el desafío de Tola, antes que nada, es dar empaque narrativo a tal cantidad de variados materiales, discusiones ideológicas, contextos sociales y complexiones personales. Que salga airoso de ello, del modo fluido y transparente en que lo hace, es la vez la proeza y la debilidad de La noche sin ventanas. Así, la novela exhibe una eficiencia abrumadora para colocar cada pieza en su sitio, por configurar el orden y el lenguaje que haga inevitable, natural, la concatenación de los hechos, las ideas, las vicisitudes, los deslindes de ideas y las penurias de sus protagonistas, y lo consigue casi impecablemente, exhibiendo para ello sentido del equilibrio y la proporción, y una prosa trabajada y, de lejos, la más lograda por Tola en cualquiera de sus libros. Pero, al mismo tiempo, lo hace apelando a una escritura que es pedagógica, didáctica, incluso tutorial, antes que inventiva o iluminadora. En La noche sin ventanas se multiplican explicaciones y glosas de cultura general sobre historia, geografía, biografías e ideologías de los personajes y de los acontecimientos; la novela se coloca como remedio enciclopédico y extremadamente primario a un lector que de antemano supone desarmado para cubrir las exigencias de la historia y mucho de ella se destina a cubrir en todo lo posible esa ignorancia; es decir, a educarlo. Ello toma ribetes realmente desconcertantes, por el nivel de subestimación al lector, en los segmentos pedagógicos sobre los principales hechos bélicos de la Segunda Guerra Mundial, o los horrores de los campos de exterminio nazi .

Se trata de una lógica de narración tan masiva que se apropia incluso de las peripecias más nimias de los personajes. Sus hechos son referidos en el mismo registro sumario y fluido de las explicaciones genéricas de las enciclopedias. Es una perspectiva distante, un movimiento de observación y reporte sumario de los acontecimientos, pero rara vez una puesta en escena que implique involucramiento, exploración o problematización de los dichos y hechos de los protagonistas y sus predicamentos y que, por lo mismo, complique la fluidez, la claridad expositiva del narrador pedagógico, que lo desestabilice. Por ello, antes que conflictos, la demencia progresiva del embajador García Calderón y la prisión de Madeleine son etapas o estadios más graves o dolorosos de sus vidas; carecen de situaciones en los que se juegue la dirección y el avance de la historia. Más bien, lo que existen son dilaciones estratégicas en la narración, producto del montaje vargasllosiano de biografías paralelas, que generan curiosidad por el destino de los personajes, y que consigue, especialmente al comienzo y al final de la novela, subsanar, en el ámbito de la estructura, las limitaciones de una escritura didáctica.

Desde luego, la preocupación de La noche sin ventanas por garantizar la mayor inteligibilidad de su contenido no es involuntaria. Si está configurada para educar ágilmente sobre aquello que se ignore, se desconozca o no se tenga claro, cabe añadir que, planteándose como territorio familiar vargasllosiano, entrega una estética en la que el lector peruano está históricamente entrenado. Por lo mismo, adopta el formato que mejor  se compromete con la multiplicación de su alcance, con su circulación en mercados masivos de consumo, con la habilidad para tentar éxitos de venta.  Dentro de esta lógica, se puede hablar de un producto virtuoso, que cumple altos estándares en la composición de su anécdota, escrita con un profesionalismo que se ha vuelto característico de los nuevos escritores de novelas largas que a la vez son éxito de ventas en el Perú. Pero al mismo tiempo el formato es el límite de su escasísimo riesgo creativo, puesto que optar por explicar antes que sugerir, por resumir antes que interrogar, por guiar antes que provocar, impide que la novela crezca en el espesor de simbologías, adelgaza sus posibilidades de interpretación múltiple, y restringe su potencia como detonante de la imaginación y de renovadas interrogantes. La noche sin ventanas gana en ejecución pero carece de innovación artística. Esta debilidad, que en otros autores de la misma tendencia resulta atenuada por la abierta apelación a una retórica sentimentalista, más acorde con la cultura emocional de nuestros días, en la novela de Tola resulta evidente porque sus asuntos de historia intelectual peruana o historia política europea, por mucha claridad con que se expongan y discurran, no generan el desvío de la atención hacia la conexión afectiva inmediata.

Desde luego, ello no impide que La noche sin ventanas tenga algunas escenas realmente significativas, que revelan lo que sucede cuando la opción cerrada por el formato se abandona y la anécdota se entrega a la deriva de sus propias posibilidades de multiplicar sentidos. Ejemplar es, en este aspecto, el discurso que Francisco brinda en el instituto de investigaciones que auspició el dinero de José El Chupacirios. El anciano aparece en un trance que recuerda la locura lúcida de un rey de estirpe shakesperiana. Es un anciano patriarca senil y trastornado que, casi mágicamente, se reencuentra con la lucidez en la oratoria; con más exactitud, en la evocación idealizada de una vida intelectual que, asimismo, es el resumen de su propia trayectoria vital. Es una de las dos polos de un visión del mundo que en esta breve escena reverberan en una tensión irresoluble. Por un lado, una comunidad de intelectuales,  Francisco y sus íntimos, que apostaron por vivir la utopía de los puros gozos de la razón, y por otro lado, el vórtice de irracionalidad y violencia de los propios hombres que perfora cualquier sueño de convivencia civilizada.

No importa, en realidad, que eventualmente los intelectuales novecentistas se vincularan con los totalitaristas europeos porque promovieron alguna vez las ideas políticas autoritarias de las que luego ellos se valieron  (la defensa de muchos de los gobiernos autoritarios latinoamericanos o el fascismo de José el Chupacirios son señales de una proximidad jamás negada). Invariablemente, Francisco  y sus amigos siempre se descubren como una comunidad de pensadores inusualmente  generosos y sabios (la mayoría de los otros, los que les presentan contienda como Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui, en sendos cameos, son para La noche sin ventanas “resentidos” y “traidores”). En una novela de tiempos de guerra y lucha social, Tola consigue, en este breve capítulo, establecer sin didactismos, con pura sugerencia, que los intelectuales novecentistas habitaron la época como una comunidad aurea y altruista, cuya fidelidad al conocimiento los preservó en algún punto, a pesar de todas las penurias, de la maldad del mundo. Pero el narrador pedagógico no lo dice, no aparece. Todo vibra, límpidamente, en la atmósfera de la descripción. Desde luego, sabemos que esa convicción es una idealización, que no es cierto, que es una elección de la mirada del narrador que desatiende la evidencia de que la vida intelectual es, quizás, uno de los más crudos campos de batalla (donde la victoria consiste en desplazar las ideas contrarias al sitio de lo obsoleto o lo inexacto), o que también los novecentistas tuvieron una actividad política concreta bastante discutible, en el algunos casos alineadas con la represión (el caso más saltante fue Riva Agüero como Presidente del Consejo de Ministros durante una de las más cruentas persecuciones de apristas).

Pero mientras dura la escena del anciano que es orador y también está loco,  la proliferación de ideas que ella provoca permite considerarla verosímilmente y experimentar que la verdad literaria existe en sus propios fueros: los de la libertad de las connotaciones y la explosión de hipótesis de lectura. Son más escenas como esta la que hubiera necesitado La noche sin ventanas para superar las limitaciones de un formato concebido para la excelencia en las lides de la lectoría y el consumo antes que para la invención artística.

Raúl Tola. La noche sin ventanas. Lima: Alfagura, 2017.

 

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