RESEÑA: “La casa de Albaceleste” de Augusto Higa

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Escritor peruano Augusto Higa Oshiro.

Escribe: Carlos Rengifo

 

El arte del cuento empieza con la idea irrefrenable de contar historias, de inventar o recordar anécdotas, de irlas desarrollando a través de detalles que colorean el suceso relatado, que iluminan, conducen, extravían, oscurecen y aclaran la narración. Un cuento es, o debería ser, un episodio ejemplificador, para bien o para mal, negativo o positivo, pero un ejemplo al fin del que sacaremos algo, no sabemos qué, algo que tal vez nos sacuda la mente y nos indique un camino, algo que nos alegre o nos entristezca, o algo que, por la manera como está presentado, por las situaciones que muestra, por la reflexión que de su lectura se desprende, cambie hasta nuestras vidas. De ahí que el cuento, si está bien escrito, sea un arma de seducción, una tentativa de secuestro, capaz de atrapar por unos minutos al lector para introducirlo en una realidad que se escapa a la realidad convencional, una realidad que nace con la lectura misma y puede seguir titilando al término de esta, según la intensidad narrativa. Y es que el cuento es aquel pequeño milagro literario del que hablaba Poe; el nocaut impactante del que refería Cortázar; es la pieza maestra que esperaba Quiroga. Porque el cuento, también, es un trabajo meticuloso de alfarero, un acercamiento casi a la perfección, a la frase bien construida, al adjetivo preciso, una labor que, por su capacidad de síntesis, lo hace para muchos un arte mayor.

Un volumen de cuentos puede ser orgánico como no, puede tener una sola temática o una variedad de temas que no cuentan con un hilo que los engarce y familiarice, ya que cada cuento es un pequeño mundo independiente que posee sus propias reglas; pero al unirlos en un solo libro y presentarlos a la vez, es inevitable que el lector o el azar los junte de alguna manera y advierta similitudes, aunque sea en el ritmo narrativo, que escapa al objetivo del propio autor. Esto es más o menos lo que me ha pasado al leer «La casa de Albaceleste» (Lluvia Editores) de Augusto Higa, un conjunto de relatos que se desarrollan mayormente en los distritos limeños de La Victoria, Breña y El Rímac, acunados por un soplo distintivo que viene del pasado. Los siete cuentos que comprenden el libro, a pesar de haber sido escritos en diferentes ocasiones y sin ninguna intención de componer un volumen unitario, tienen en sus personajes, no obstante, un sino común: la soledad de los seres grises envueltos en la fatalidad.

Tan oscuro panorama me indujo a pensar si aquel sentir abrumador que tiñe los textos venía de los tiempos en que los cuentos fueron redactados, en los movidos años ochenta, o porque las historias referidas son ubicadas algunas décadas atrás, donde seguramente era natural aquel tono. El libro se abre con el cuento «Corazón sencillo», cuyo protagonista parece poseer una armadura de esponja, pues absorbe imperturbable todo tipo de humillaciones e indiferencias, y su único consuelo existencial es la laboriosidad continua y el servicio no correspondido hacia quienes lo miran poco menos que como un insecto. El señor insecto que limpia, lustra y pule los pasillos y oficinas del edificio más kafkiano que puede representar la burocracia: un ministerio. Y es allí donde el señor insecto habrá de pasar sus días, sin otro aliciente que el recuerdo de un papagayo, único ser vivo que lo acompaña en su precario hogar, y con las ambiciones de por sí rotas. Personajes así rememoran a los seres tristes y perdedores de Julio Ramón Ribeyro, en quienes la filosofía del pesimismo los cubre de un caparazón con el que resisten los embates de la vida.

El siguiente protagonista, del cuento «Sueños de oro», no dista mucho del anterior en cuanto a melancolía y mediocridad, ya que el destino, ese fatal demiurgo que ha puesto ante sí una sarta de penurias, necesidades y deudas, le tiene reservado un feliz consuelo: la ensoñación. Y con este regalo, el protagonista no hace más que soñar con lo que todo hombre anhela frente a la pobreza: el oro de la lotería. Sin embargo, como es natural en individuos signados por una mala estrella, la suerte le será esquiva y solo podrá pintar sus desbocados sueños con la luz del arco iris que le brinda una prostituta del Callao, el paliativo sexual que apagará para siempre sus aspiraciones de grandeza. Y si este sujeto que nunca tuvo nada, o tuvo muy poco, queda finalmente compensado con la efímera alegría de un coito fácil, el personaje del cuento «Artista del hambre» recorre el camino contrario. Luego de navegar por los mares, y recorrer ciudades, y acariciar el mundo con las manos, y disfrutar de las mieles de la experiencia, vuelve a su tierra natal para contar a quienes desean oír los sabores de la fortuna, pero el oro y el moro acaban por extinguirse y el personaje termina tragando fuego en la más absoluta miseria.

Algo similar ocurre a los personajes del cuento «Clase media», quienes, después de haber sido los bacanes del barrio, los jovenzuelos con altos sueldos y reconfortante trabajo, ufanos por sus posesiones y modos de vida, acaban en la mera nostalgia de los buenos tiempos y el sinsabor de haberlo perdido casi todo. Pero es en el cuento que da título al libro, «La casa de Albaceleste», donde la desdicha se ve más remarcada y los acontecimientos para llegar a ella son más explícitos, y los prejuicios mejor expuestos, y la ironía más acertada. Un forastero norteamericano llega a un pueblo, se compra a la hija de un lugareño para hacerla su mujer y funda una suerte de prostíbulo, una casa de diversión en el que la música, el fausto y la alegría contrastan con la miseria que reina alrededor. La moral pueblerina, las situaciones contrariadas, el ocio, la infelicidad, el hambre, la pobreza, todo un cúmulo de circunstancias enardecen a la población, y, con la muerte de la hija comprada y la de su progenitor, se desencadena la desgracia con una violencia tan cruel e imparable que resulta difícil poder dar explicaciones.

Lo mínimo que se le puede pedir a un cuento es que muestre, no un fragmento, sino un cuadro acabado, y que lo haga valiéndose de un lenguaje idóneo, de una escritura fresca para sensibilizar al lector, y los cuentos que contienen «La casa de Albaceleste» de Augusto Higa cumplen sobradamente este propósito. Al leerlos, uno se inmiscuye sin obstáculos en las vicisitudes que atraviesan los personajes, en el desarrollo de las historias, con la leve sensación de que, a veces, la ficción puede ser más intensa y entretenida que la realidad de la que fue tomada.

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