RESEÑA: «La casa muerta», novela de Alina Gadea

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Escritora peruana Alina Gadea (Foto: Punto y Coma)

LA CASA MUERTA, de Alina Gadea

Escribe Carlos Rengifo

Dueña de una narrativa intimista, Alina Gadea ya había venido cincelando su propia estética en dos  novelas anteriores, «Otra vida para Doris Kaplan» y «Obsesión», ambas escritas con un lenguaje cuidado, medido, no exento de lirismo, en las cuales la voz femenina rompe el género para levantarse por encima de trabas condicionantes y andar a su paso, en la vereda donde se está mejor acomodada, con el hálito de quien tiene como única arma la expresividad intensa, la melodía interior, el tono profundo.

Con «La casa muerta» (Ediciones Altazor), ingresamos a un ámbito opresivo, cerrado, en el que los objetos inanimados parecen cobrar vida, las personas actúan como entes y los sonidos ocupan el telón de fondo que habrá de sumirnos en la tensión; nos internamos con la protagonista, la arquitecta Mariela Ramos, en una atmósfera misteriosa de la que se desprende por momentos un aire irrespirable, la evanescente figura de la intriga, los peldaños ascendentes, ciegos, de una incesante inquietud. En realidad, se trata de dos casas (o dos antiguas casonas, para ser precisos), una en Barranco y otra en Miraflores, pero ambas con un mismo sino, con igual o semejante pálpito cargado, con idéntico abandono y vejez. De ahí que sean justamente casas muertas, sin luz natural, sin color, herederas de un pasado que solo asoma en los vestigios, en los trastos, en las puertas clausuradas. Y va a ser la protagonista, Mariela, la que intente revivir estos hospedajes olvidados, la que pretenda volver a darles vida, en un último recurso de balón de oxígeno, de rescate paulatino a sobrevivientes de un naufragio.

Y es aquí también donde la autora, en un paralelismo armonioso, hace lo mismo que su personaje, pero en el plano literario, y es aquí además donde las casas se vuelven protagonistas principales del relato que se está narrando, y son ellas las que al final enciman con su protagonismo el actuar de los demás personajes, que sucumben al dictado de las casas adueñadas de la historia. Así como Mariela, el personaje, limpia, desempolva, saca brillo, derrumba muros, levanta puertas, manda a lavar cortinas, remienda sillas, arregla muebles, pinta, encera, abre ventanas, Alina Gadea, la autora, pule el lenguaje, remoza las palabras, encera las frases, sacude el polvo de las oraciones; inserta metáforas, les otorga un ritmo lento, cadencioso; añade poesía, invita a oír su musicalidad; baña el texto de tensión y pulso palpitantes, da las últimas pátinas y toques a la pintura del buen decir, de la sobriedad al narrar. Las descripciones —cautas, precisas— pintan muy bien el ambiente en el que se desarrolla la historia (no solo al interior de las viviendas protagónicas, sino también cuando se da cuenta de una Lima tugurizada, gris, neblinosa), en medio de la cual aparece un personaje salido de otro libro, de un libro de la misma autora, en una suerte de guiño metatextual en el que el personaje salta de una novela para seguir viviendo en otra, que habrá de complementar lo que la manipuladora de estos hilos del destino ficcional pretende.

Si bien la extensión de la novela es corta, la manera de estructurarla, el modo de presentar las secuencias, los episodios y los deslizamientos narrativos, el detalle minucioso en la descripción, tanto en lo externo (la fachada de las casas y lo que contienen dentro, la arboladura de las calles) cuanto en el interior (el temor de la protagonista, los sueños que se mezclan con las percepciones de la vigilia, al punto de no saber con exactitud si está imaginando o está viviendo lo que le sucede); todo ello contribuye a que «La casa muerta» parezca un relato de largo aliento, con una sutil densidad que avanza por debajo de los hechos y hace que gane en profundidad y pierda ligereza. Estamos, pues, frente a una obra que debería ser leída con delectación, como aconsejaba Julio Cortázar cada vez que se enfrentaba a un nuevo texto en el papel de lector, ya que la autora ha conseguido reunir con eficacia en esta novela todo aquello que resume su poética al escribir, al abordar la literatura: tinte psicológico, labor escritural, detallismo lírico.

Siempre que se hablaba de narradores peruanos, y de modo particular, de novelistas, solo uno o dos nombres femeninos aparecían en la palestra, a diferencia de la poesía, en la que abundan mujeres, y también en la cuentística y el relato corto. Ahora, sin embargo, existen narradoras de fuste que se sumergen en la novela con muy buen pie, y Alina Gadea es una de ellas, una escritora que, sin abandonar el discurso poético, en el que, al parecer, se siente cómoda, discurre sin dificultad en los vericuetos, pasajes, intersticios, vaivenes, senderos y caudales narrativos, apostando por la persuasión de sus emociones, por la sutileza de sus imágenes, por aquella secreta comunicación que se refleja en el cristal de lo narrado, en la oscura certidumbre de estar tocando casas muertas que se yerguen, cual monarcas restituidos, con la milagrosa y vital fuerza de la palabra.

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