RESEÑA: “La sangre de la aurora”, de Claudia Salazar Jiménez.

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Escribe Rafael Santiago

Sobre el conflicto armado interno en el Perú se han escrito innumerables obras narrativas, y uno de los casos más interesantes y recientes es La sangre de la aurora (2013) de la escritora peruana Claudia Salazar Jiménez, obra narrativa que presenta un nuevo fresco a esta tradición literaria, entre otros motivos, por el hecho de tomar como foco de atención a tres mujeres de distintos espacios sociales que padecen la violencia armada tanto por parte de las fuerzas del orden como por parte de los terroristas de Sendero Luminoso. Esa será, desde el inicio, una de las principales propuestas de Salazar Jiménez: representar a los personajes femeninos como víctimas de la guerra interna en sus diferentes contextos. La crudeza de sus escenas de violencia sexual y el perjuicio y trauma que desarrolla en las tres mujeres dan cuenta de una necesidad de rebelar bajo un nuevo enfoque los años de terror que asolaban el país.

Así pues, La Sangre de la Aurora, es una nouvelle que nos relata la historia de tres mujeres marcadamente diferenciadas. Incluso sus descripciones, pensamientos e imaginario promueven una mayor distinción entre ellas. Nos presenta a Modesta, una campesina apacible y residente en Lucanamarca, quien sufre los agravios de los agentes de la violencia; Marcela, militante terrorista cuyo carácter firme hace que pueda soportar los embates de una revolución pero que no logra escapar de las torturas y la violencia por parte de los militares; y finalmente Melanie, periodista que viaja al lugar de los hechos para investigar y conocer el conflicto que se vive, y que resulta agraviada por senderistas y militares.

Bajo la óptica de cada personaje se denota una realidad trágica a la vez que reflexiva; y esto es que ya sea por causa de uno u otro bando, la mujer es reducida a la condición de objeto sexual que despierta las más bajas pasiones en los sujetos influenciados por el contexto de violencia. Al llegar al punto en el que no se diferencian las clases sociales, culturales o políticas de estas tres mujeres, todas quedan reducidas al cuerpo y el abuso que se ejerce sobre este. Hacia la mitad del libro aparece una escena significativa en donde cada una de las protagonistas pierde su singularidad para ser abusada de forma indiscriminada bajo el mismo método de opresión: la violación sexual.

Otro aspecto que vale la pena resaltar es la prosa, que discurre fluida en la mayor parte de la narración; no obstante que por momentos resulta caótica, en una serie de voces que se entrecruzan y confunden, donde no se utilizan signos de puntuación y la narración se deja llevar por la aparición de voces, sonidos onomatopéyicos y confluencia de sucesos; lo cual hace que se corresponda con la idea misma del tema de violencia.

Fondo y forma se anudan entonces bajo un lenguaje que pretende romper los moldes gramaticales y sintácticos y un tema que de por sí rompe con los principios y convenciones sociales. Es en ese sentido que el uso de este lenguaje experimental posee una justificación plena con el contenido. Finalmente, la lectura de La sangre de la aurora resulta enriquecedora toda vez que se observa esta nueva óptica que permite ampliar un panorama y testimonio de lo femenino. Una postura que bajo esa perspectiva explora una nueva verdad que arrastra consigo las secuelas de sus víctimas, cómo luchan con las marcas, traumas y los conflictos que ha dejado su trágico paso por el camino de violencia. He ahí una de las mayores virtudes de esta obra dentro del marco de la narrativa de la violencia.


Rafael Santiago. Estudiante del décimo ciclo de literatura en la UNMSM. Colabora en la Revista La Resistencia en la secciones ensayos y artículos. Se dedica a la lectura crítica

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