RESEÑA: «Los peligros de fumar en la cama», de Mariana Enríquez

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La escritora argentina Mariana Enriquez (Foto: Puig Joan)

Escribe Antonio Moretti

Lo de Mariana Enríquez es de un gran placer. Para empezar, se mueve en un espacio narrativo cuyo prestigio se cuestiona en todas las artes: el terror. En «Los peligros de fumar en la cama» (2016), utiliza todas las herramientas del terror / horror. Aparecidos, caníbales, sangre, fluidos de todos los tipos, tradiciones de campo y, también, lo puramente inexplicable.

Cada una de las historias está muy bien estructurada, pero como en todo libro, por ahí destaca alguna sobre otra. Es una lectura que no tiene pierde. La habilidad en el registro de Enríquez es sorprendente. Puede pasar de un narrador formal a otro campechano, incluso vulgar. Cada historia tiene su propio estilo, estilo necesario para cada historia. ¿Cuánto trabajará cada historia, Enríquez?

Sin embargo, la lectura de «Los peligros de fumar en la cama» me provoca una reflexión distinta al elogio justo que merece. Enríquez me coloca en la posición de discutir qué es el miedo. El primero de los cuentos es, en ese sentido, bastante claro. El fantasma de un bebé de solo tres meses que, con sus huesos podridos, indica tareas a la pequeña niña que la desenterró, casi como jugando. Más allá de lo terrorífico de la idea, debemos preguntarnos qué despierta en el espíritu de un lector —bajo la consciencia de que lee ficción— tanta conmoción. En el fondo, un alma en pena, sobre todo, la de un bebé inocente, quiebra la visión simplista de que solo existen dos posibilidades como consecuencia de la muerte: un paraíso, para los creyentes; la nada, para los escépticos.

Ambos escenarios, de algún modo, calman la ansiedad que provoca el misterio de la muerte. Un alma en pena no aterra porque aparezca sentada en la silla de nuestra habitación, sino que conmueve la proyección: esa alma en pena puede ser la nuestra, considerando que, a estas alturas del partido, poca inocencia nos queda. En ese sentido, la lectura de Enríquez es profunda, se introduce en la parte más oscura de la racionalidad del ser humano, sobre todo, la del latinoamericano que, sin importar la poca o mucha educación de la que se haya provisto, respeta la costumbre de proteger a los recién nacidos del mal de ojo, se limpia con cuyes o huevo, y se concentra en plazas y calles detrás de imágenes sagradas. Allí, lo esotérico se mantiene tan vivo como la hora del té en Gran Bretaña.

En “La Virgen de Tosquera” explora dos actitudes comunes. La primera es la envidia por la belleza. Característica humana tan inusual como ambicionada. Pareciera que en tiempos de la ciencia y el respeto, el prestigio social que despierta la belleza debería ser de interés antropológico, pero todos sabemos que es una atribución vigente: la belleza física es más apreciada que los logros académicos y apenas comparable con los triunfos físicos de la tribu, los cuales llamamos deportes. Por eso, acaso, la voz colectiva del narrador. Y, sin embargo, lo que me interesa más no es esa mirada, sino el poder de este colectivo de desear mal y que este deseo se concretice. ¿Cuán terrible podría ser que los grupos puedan, con solo desearlo, producir mal en aquellas personas que envidian o detestan por el motivo que sea? Esta idea es, potentemente, aterradora. Los grupos, las masas, las mayorías pueden tener la capacidad de decidir por debilidades humanas tan cotidianas como la envidia y ¿qué pasaría si sus deseos se concretizaran? Y lo más interesante de esto, reconocer que tanto tú como yo somos parte de esa masa y guardamos esas debilidades en cada pálpito del corazón.

Mi lectura sobre Enríquez también encuentra otro punto de interés. La literatura fantástica trabajó durante años una atmósfera, un aura de lo extraño con reacciones de sorpresa por parte de los personajes que, de algún modo, guiaban los sentimientos del lector. Pienso en «Aura» de Carlos Fuentes o «Ensayo sobre la ceguera» de José Saramago, por ejemplo. Pero Mariana Enríquez elige voces narrativas vinculadas al realismo. Lo fantástico, poco a poco, es asimilado por los personajes lejos de la sorpresa, lejos de lo sobrenatural. No es la primera. Es una forma de narrar que se construye en estos tiempos y que revitaliza el género y ese viejo debate sobre qué es un buen cuento.

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