RESEÑA: “Perro con poeta en la taberna”, de Antonio Gálvez Ronceros

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Escritor peruano Antonio Gálvez Ronceros (Foto: Libros a mí).

Escribe Carlos Rengifo

La vanidad en la literatura es moneda corriente que se inocula en las venas de algunos cultores, inflando de aire el alicaído pecho para regocijo del ego (más elefantiásico cuanto más pigmeo es el individuo), lo cual lleva muchas veces a cometer alucinantes performances que solo la ceguera o la estupidez pueden justificar. En la variopinta fauna peruana, de pavorreales, micos y serpientes, no son pocos los casos en que el desborde de la arrogancia deja en ridículo a sus ejecutantes, y no contentos con eso, todavía exigen ser difundidos por los medios periodísticos y vapulean a los que sí aparecen, como si darle pábulo a lo mediático fuera el plus ultra de la consagración. Ser reconocidos pareciera el fin supremo, olvidando la buena hechura literaria que, por encima de vanos anhelos, debería ser lo más importante, de ahí que se llegue al extremo de la desesperación al ventilar virtudes inexistentes y cualidades de contrabando, con el final manotazo de ahogado al prenderles velas a todos los santos para ganar un premio, uno solo, cualquiera, con tal de sentirse considerados.

Similares actitudes y modos de actuar se reflejan en «Perro con poeta en la taberna» (Escuela de Edición de Lima), la «nouvelle» de Antonio Gálvez Ronceros, el narrador chinchano, exmaestro sanmarquino, dedicado por lo general al relato corto. El libro se lee de un tirón, como el fresco ventarrón de una voz hilarante, y lo que aquí se detalla deja tela para la especulación: ¿de qué escritores reales están basados los personajes? Un can parlante sirve de ganzúa para desenrollar la madeja de anécdotas que atañen a poetas atosigados de vanidad, veneno que el autor, con ingeniosa sapiencia, bautiza de «cojudismo», es decir, los que hacen el ridículo sin preocuparse por perder la dignidad. En medio de la frustración y el fuera de foco, está aquel vate soberbio que cholea a Vallejo, se cree, por supuesto, superior a él, y acaba más chamuscado que una quemazón en el coiterio, y también aparece el que, venido de una provincia de camoteros, reniega de sus orígenes y vive a expensas de sus padres que tienen la obligación, desde luego, de mantener al genio poético de todos los tiempos.

¿Quién no ha caído en el esplendente sueño de un premio literario? Cuatro poetas, como cuatro gallos ufanos, se vanaglorian de sus versos, seguros de repartirse los primeros puestos en un concurso, pero el muchachito que les sirve los cafés, a quien desdeñan y tratan con la punta del zapato, es el que al final los humilla con su modesto virtuosismo. Un lengua larga, erudito de todo y de nada, que los hay muchos, de los que hablan más que escriben, y un narrador que, ofuscado por no ser tomado en cuenta, mueve sus influencias para aparecer en un muestrario, coronan el puñado de personajes que hacen del traspíé su mejor argumento, sin olvidar tampoco al poeta en el limbo que, invitado a un recital, espera un recibimiento con banda de músicos.

Y todo ello enmarcado en un ámbito donde la filosofía de bolsillo encuentra su adecuado escenario: el bar, lugar de confidencias y descalabros, de riñas y reconciliaciones, puesto que allí se desinhiben las ideas y se abren los pensamientos, y porque además, al decir de uno de los interlocutores, «en el mundo no hay mejor poesía que el trago». Asimismo, esta gozosa noveleta es, entre líneas, un jalón de orejas, un llamado de atención a quienes, con talento o sin él, se dedican más «a poeta y no a la poesía», queriendo sobresalir a como dé lugar, pisando huevos, metiendo zancadillas, vendiendo el alma al diablo, en el parnaso de las ilusiones.

Así, valiéndose de las bajuras y debilidades de los vates locales, Gálvez Ronceros desnuda la tesitura del figureti, la fiebre malsana que calienta la mente de los desubicados, con prosa limpia y cuidada, precisa, envolvente, exenta de edulcoración verbal, de argumentos diluidos, de autoficción trasnochada y otras piorreas por el estilo. No por nada es autor de contundentes volúmenes de cuentos como «Monólogo desde las tinieblas» o «Los ermitaños», ejemplos de concisión y expresión musical, que lo alinean, a la par de Arreola o Monterroso, en la esfera del corto aliento, y no por ello corto en fabulación y habilidad narrativas, al que se suma «Perro con poeta en la taberna», sumun del cojudismo en todo su esplendor.

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