Ricardo Sumalavia / La ofrenda

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Escritor peruano Ricardo Sumalavia (Foto: Archivo personal)

LA OFRENDA

OLENKA ESTABA PREPARANDO sus maletas cuando recibió la carta. Despegó los bordes del sobre y lo abrió con cuidado, sin romperlo, y extrajo una hoja delgada de papel, de esas donde se copian moldes de manualidades o se envuelven chocolates o galletas de la suerte. La letra del texto era irregular: a veces inclinada a la izquierda, ancha y moldeada, otras a la derecha, con prisa, y algunas caprichosamente verticales. A ella no le costó descubrir que la cambiante caligrafía se determinaba por el propio mensaje que se había trazado. Después de tanto dato trivial y formulismos que anteceden a las desgracias, llegó a las letras verticales. En ellas leyó que su padre, o Javier, como aparecía en el papel, se hallaba muy enfermo. No continuó leyendo. Se dijo que aquello era una patética ironía. Esa misma mañana había recibido una llamada telefónica desde Lima que le informaba que su padre había muerto. Se llevó la carta al rostro y se cubrió con ella como si fuera un pañuelo. No quiso pensar ni decir nada; solamente aspiraba el recién percibido olor a canela que emanaba del papel.

Recién en el avión rumbo a Lima pudo darse cuenta de que había dejado olvidada la carta sobre la consola, en la sala de su departamento. Y por más que intentó, no consiguió recordar una sola palabra, ni siquiera aquella caligrafía tan curiosa que finalizaba con la rubrica de Marina, mujer de su padre. Lo único que permaneció en ella era el olor a canela. «Debe ser de Marina», pensó. «Supongo que es un olor perfecto para una mujer de su edad». Sonrió por esa ocurrencia. Solo la había visto un par de veces: en el momento que le fue presentada por su padre y el día en que ellos se casaron. «En aquella ceremonia estuve cerca de él por última vez», recordó.

Luego del entierro, Olenka se obligó a pensar que todo había terminado. Las condolencias, los saludos, los abrazos y despedidas de los amigos y familiares que dejó de ver por muchos años se habían sucedido apaciblemente. Fueron pocos los que trataron de indagar por la estadía de ella en el extranjero. Y gracias a las formalidades como respuesta, pronto Marina y Olenka consiguieron estar a solas. Regresaron juntas a casa y se quedaron en la sala, descansando sobre unos mullidos sillones con muchos cojines de plumas. Ellas, a su manera, estaban rendidas. Marina inclinó su cabeza, la apoyó en el respaldar del sillón y se durmió rápidamente. «Estará muy cansada», pensó Olenka, arrebujándose en su sitio, abrazando uno de los cojines, también cediendo al sueño con facilidad. Cuando despertó, no pudo evitar que sus movimientos también despertaran a la esposa de su padre. Ambas se asombraron de lo tarde que era. «Pronto anochecerá», dijo Marina.

—¿Por qué no vamos al café Los Montes? —propuso Olenka, sorprendiéndose ella misma de hacer aquella invitación y de recordar tan fácilmente el nombre de ese lugar.

Al principio Marina no supo qué decir, pero terminó aceptando. Fueron a la cochera y en medio de risas nerviosas aceptaron que ninguna de ellas se atrevería a conducir el auto de Javier (Olenka se incomodó de llamar a su padre por su nombre delante de Marina, pero era una costumbre que no abandonaría). Marina cerró las puertas del auto, no sin un ligero estremecimiento ante cada portazo: echó las llaves sobre una mesa y salió con Olenka hacia la calle, dispuesta a tomar un taxi. Durante el camino charlaron sobre los procedimientos que le continúan a los entierros. Se pusieron de acuerdo en que era necesario que Olenka se quedara unos días en la casa, hasta encaminar los trámites de la repartición de los bienes de su padre. Después permanecieron en silencio hasta llegar al café.

Ocuparon una mesa en el segundo nivel del establecimiento por sugerencia de Olenka: un espacio pequeño y cálido. Marina tomó la iniciativa y habló con soltura. Mencionó diversos nombres, personas que se vinculaban directamente con Javier. Aunque le costaba cada vez más prestarle atención, Olenka trataba de escucharla. Tenía la impresión de que algún conocido en su infancia, sin idea alguna de lo sucedido a su padre, entraría al café y le haría muchas preguntas sobre el actual estado de su familia. Para evitar esta distracción, captó un nombre al azar, Miguel, y preguntó:
—¿Quién es Miguel?
—Fue el secretario de tu padre…, de Javier —corrigió Marina—. Lo conoció hace tres años en la universidad. Era su alumno. Al parecer no era el mejor de la clase, pero Javier siempre lo vio tan metódico y convincente en sus apreciaciones que pronto se hicieron amigos. No fue de extrañarse esa amistad; era natural que a su edad Javier se proyectara en aquel muchacho.
—Parece que lo sacaste de un tratado de psicología —Olenka intentó una broma, una pésima broma.
—Lo sé.
—¿Se lo dijiste a Javier en algún momento?
—No. No fue necesario. —Marina se acomodó en su asiento, tomó un sorbo de café y prosiguió:— Lo cierto es que se convirtió en su secretario. Yo ya no estaba para esas cosas y necesitaba más tiempo para mi trabajo en la revista. La idea me pareció perfecta. Miguel iba a la casa por las tardes, de tres a seis, y se encargaba de los archivos. Siempre fue muy meticuloso y no permitió que ningún papel se quedara sin catalogar ni fichar. Con su ayuda, Javier consiguió en un año recopilar y corregir muchos ensayos dispersos y decenas de conferencias, que se publicaron en ediciones impecables, también al cuidado de Miguel.
—Por lo que me cuentas, ya podría detestar a ese joven —interrumpió Olenka.
—Celos de hija única —dijo Marina, con poco convencimiento.
—Cosas que se aprenden, ¿qué le voy a hacer?
—Es curioso, Javier una vez también dijo que podía aprender ciertos sentimientos.
—¿Y cuándo lo dijo?
—Después de que aparecieran sus publicaciones; cuando Miguel empezó a frecuentar la casa acompañado de una chica, Estela.
—No me digas más. ¿Tuviste celos de esa Estela?
—Algo que aprendí de tu padre.
—Vaya, estamos a mano.
—No tan rápido, cariño. No tan rápido.
—…
—Estela es una muchacha realmente disparatada. Siempre anda en líos increíbles. Hasta ahora no sé cómo se le ocurrió a Miguel llevar a esa chica a la casa y menos a Javier aceptarla. Bueno, en realidad, sí sé la razón. Ella es muy simpática —Marina se calló para aclarar la imagen que estaba recordando.— Eso, tiene mucha simpatía.
—¿Acaso no es bonita?
—Fíjate que no. Pero tiene a todos de vuelta y media. En la casa le dictaba a Miguel los informes y apuntes que Javier garrapateaba horas antes. Parecía que entre ellos había un acuerdo de adolescentes para mantener a esa muchacha leyendo aquellos papeles con una dicción de primariosa. Yo los miraba hacer esas chiquilladas desde mi escritorio. Y cuando ellos terminaban sus trabajos, los tres se ofrecían para llevar y recoger mi correspondencia de la casilla postal. Solo Javier regresaba. Digamos que esa fue su rutina durante mucho tiempo. Sin embargo, por esos mismos días, hubo otro cambio; la salud de Javier se quebrantó y le empezaron a sobrevenir una serie de malestares que lo anularon muy pronto en su trabajo. Visitamos muchos médicos, pero no conseguimos un diagnóstico preciso y su deterioro fue irreversible. Su único momento favorable era en el estudio, con la presencia de Miguel y Estela. Ni siquiera daba sus clases en la universidad.
—¿Fue entonces cuando murió?
—Así es. Ese día yo estaba en mi escritorio terminando de cerrar algunos sobres mientras Javier me observaba, contemplativo, sin escribir una sola línea. Miguel y Estela aún no habían llegado y todo parecía mantenerse en quietud. Terminé de sellar el último sobre y, al levantar la mirada, descubrí a Javier desfallecido al pie de su mesa de trabajo. Me levanté temblorosa y avancé con torpeza. Quise llegar hasta él pero me desmayé de pronto. Cuando recobré el conocimiento había mucha gente desconocida en el estudio. Pregunté por Javier y me contestaron de la peor manera que habían querido llevarlo a una clínica, pero que había muerto en el camino. Otra vez sentí desvanecerme y, recién entonces, me di cuenta de que Miguel y Estela me sostenían de los brazos.

Al salir del Café Los Montes caminaron unas cuantas calles. Llegaron hasta muy cerca de la universidad donde Javier había sido profesor y Marina dijo que era probable que Miguel se encontrara por ahí. Y, en efecto, él apareció en su auto por una avenida principal. Olenka reconoció haberlo visto en el velorio y el entierro, a una prudente distancia de los familiares. Se acercó a ellas y se ofreció a llevarlas. Olenka, sin embargo, se negó instintivamente y dijo con amabilidad que prefería caminar un poco más.
—Ve tú —le dijo a Marina, y continuó caminando sin esperar una respuesta.

Olenka bajó por las escaleras y se dirigió directamente al estudio. Recién había despertado de una siesta y quiso leer un poco, sentada en el sillón que solía ocupar su padre. A través del vidrio de la puerta pudo ver que Miguel se encontraba en el estudio y de nuevo experimentó aquella sensación del día anterior al salir del café, cuando descubrió que él no era ningún muchacho, como lo calificaba Marina. Era un hombre delgado, alto y sumamente atractivo. También resaltaba una ligera inclinación de su cuerpo hacia delante que se pronunciaba por un cigarro siempre en los labios.
—Hola —dijo Olenka con voz muy baja, tratando de no sorprenderlo. Él estaba colocando unos libros en el estante.
Miguel volteó e hizo una exagerada reverencia. «Hola», escuchó ella; pero no era la voz de él, era Estela. Estaba hundida en el sillón de su padre, jugando con sus dedos en un rítmico traqueteo sobre el escritorio.
—Ella es Estela, mi amiga.
—¿Cómo estás? —Olenka supo muy bien que con la presencia de esa muchacha nada marcharía adecuadamente. Decidió salir de ahí de inmediato y agregó: solo quería escoger un libro.
—Toma uno de estos. Son muy buenos —dijo Estela, mostrando varios libros apilados sobre el escritorio cerca de ella. Olenka se aproximó, tomó un título cualquiera y salió del estudio. Al llegar a las escaleras, un repentino vértigo la obligó a sostenerse de la baranda. Enseguida le sobrevinieron arcadas que difícilmente pudo contener. Aspiró una gran cantidad de aire y solo entonces pudo librarse del intenso olor a canela que había brotado de Estela.

Uno de los días en los que Olenka se pasaba gran parte de la tarde leyendo en el estudio, llegaron Miguel y Estela. Ella, en un impulso, salió por la puerta que da al jardín y se recostó en la pared, ocultándose cerca del marco de aquella puerta. Estuvo allí lo suficiente para escucharlos hablar de trivialidades, quedarse en silencio mientras Miguel ordenaba unas fichas, discutir, forcejear un poco, oír los resoplidos de él y las canciones que Estela tarareaba. En el momento que Olenka por fin optó por rodear la casa para poder entrar nuevamente, se detuvo en un rapto de curiosidad y echó una mirada al estudio. Entonces los pudo ver haciendo el amor sobre la tupida alfombra, acompasadamente. El atisbo solo duró unos segundos; no obstante, en ellos Olenka descubrió, entre la redondez y firmeza de los pechos de Estela, una insólita protuberancia callosa. Era un corpúsculo turgente que de modo extraño armonizaba con los movimientos de Estela e imantaba los deseos de Miguel, atrayéndolo embriagado hacia una inusitada ofrenda.
Esta visión obligó a Olenka a retroceder unos pasos. Todavía perturbada tuvo que sujetarse del alféizar para evitar un traspié. En este intento dio media vuelta y halló a Marina en un extremo del amplio jardín, recostada en una tumbona, viendo con calma la escena. Marina solo atinó a agitar el brazo, como cuando se saluda o despide.
El teléfono timbró repetidas veces antes de que Marina levantara el auricular.
—Es para ti, Olenka. Miguel quiere hablar contigo —dijo mientras tapaba la bocina con una mano.
—¿Conmigo? ¿Y qué quiere?
—¿Cómo voy a saberlo? Toma, habla.
—¿Sí? Hola… Dime… Claro, cómo no… ¿a las cinco te parece bien?… perfecto entonces… ¿Y Estela?…Ya, entiendo… Hasta luego, pues —dijo Olenka y colgó.
—Miguel vendrá a las cinco. Quiere charlar un rato.
Aunque Marina no le dio importancia a lo que ella le decía, Olenka se sintió algo estúpida por haberle dado explicaciones.
—Marina.
—Dime.
—¿Tú escribiste la carta para comunicarme que Javier había enfermado?
—No. Javier no quiso que te enteraras, pero Miguel y Estela me dijeron que no me preocupara, que ellos se encargarían de avisarte.
A continuación, Marina abrió un cuaderno, anotó algunas frases, después unas cifras y se detuvo a examinarlas con detenimiento. Olenka la dejó en lo suyo y subió a su cuarto.

Olenka y Miguel fueron hasta la terraza para sentarse en unas sillas de mimbre que circundaban una frágil mesa redonda. Allí encontraron una jarra de limonada muy fría y un recipiente con galletas. Sonrieron, pues sabían que se trataba de un detalle de Marina.
—No podía esperar nada menos de Marina —dijo él.
—Yo tampoco. Aunque, la verdad, todavía no sé cuánto pueda esperar de ella; yo la he tratado muy poco.
—Ocho años fuera de Lima es demasiado, ¿no crees?
Ella se admiró por la impertinencia del comentario, pero no quiso hacer notar su malestar.
—Tienes razón. Es mucho tiempo y creo que me lamento de ello— respondió mientras intentaba coger una galleta del recipiente.
Miguel movió la cabeza aprobando todo lo que ella decía e inmediatamente dirigió el rumbo de la charla hacia otros temas. A Olenka le pareció una treta muy obvia, pero prefirió continuar con esta. Se dijo a sí misma que disfrutaba la compañía de este hombre.
Hablaron varias horas. Al entrar la noche se habían terminado las galletas y la limonada. Ella fue a la cocina en busca de una botella de vino que luego bebieron entre anécdotas risibles y maledicencias sobre personajes públicos de la televisión. Olenka lo escuchaba atenta a la desmedida gestualidad con que Miguel acompañaba sus palabras. No obstante, entre copa y copa, cuando él echaba su extenso cuerpo hacia atrás para reírse y después lo retornaba a su habitual inclinación, Olenka no pudo evitar que se presentaran ante ella fugaces imágenes obscenas de él, manipulando y disfrutando la deformidad de Estela.
Miguel le propuso ir a un restaurante concurrido y cercano. «Conviene cambiar de ambiente», le precisó. Ella solo aceptó con la condición de descorchar otra botella de vino y beber unas copas.
—Es un trato —aseveró él—. Voy a la cocina a traerlo de inmediato. No olvides que yo conozco esta casa mejor que tú.
Se puso de pie y se mostró descomunal y cómico ante aquella mesa tan pequeña. Él dijo algo gracioso y, moviendo sus hombros en un paródico baile, fue a la cocina. Olenka, movida por un arrebato de ansiedad, no quiso esperarlo y resolvió darle el alcance. Las luces de la casa aún no habían sido encendidas y ella tropezó con todo. A cada tropiezo daba pequeños gritos nerviosos que intentó ahogar tapándose la boca.

—Por aquí— gritó Miguel desde la cocina.

Ella llegó hasta la puerta y se apoyó en el quicio. Buscó el interruptor y, apenas se iluminó el lugar, dio una rápida mirada dentro. No logró encontrarlo. Tampoco se inquietó; ni siquiera al dar unos cuantos pasos y advertir de inmediato que las pisadas de Miguel se detenían detrás de ella. Se mantuvo quieta, alerta y divertida; aguardando ser tomada. Intempestivamente él la sujetó de los brazos, la llevó hacia una pared blanca y lisa y la obligó a apoyar la mejilla, los pechos y el vientre en aquella superficie fría. La mantuvo cercada con su cuerpo. Ella sentía que le restaba el aire, que la iba hundiendo en un sopor que solo se iría disipando mientras él se frotaba en ella. Luego él le permitió girar y pronto, sin dejar de besarse, entre las ansias y la agitación, se libraron de algunas prendas. Él, siempre sosteniéndola de las nalgas, la levantó hasta su altura y le permitió a ella encaramarse, separando las piernas y acoplándose con furor; consiguiendo su deseada posición entre la pared y el cuerpo de Miguel. Solo entonces Olenka empezó a morderse los labios y presionarlos a cada movimiento brusco de sus caderas, disfrutando del ritmo que le proponía.

De repente, en medio de las turbulencias de su cuerpo, Olenka consiguió percatarse de que alguien entraba a la cocina. Ella no mostró ningún azoramiento al descubrir que era Estela quien se les aproximaba pausadamente, sosteniendo un cuchillo en una de sus manos. Prefirió continuar sus movimientos con el mismo goce, con esa oscura furia contenida, y no alertó a Miguel. Ambas se observaron. Olenka, ya sin control de sí, separó los labios y bajó la mirada con debilidad, hasta detenerla en el punto donde debía estar la turgencia en Estela, en medio de ese pecho agitado. Luego la vio levantar el brazo, tomar impulso y dejar caer todo su peso sobre el cuchillo que se iba enterrando en la espalda de Miguel, con aparente lentitud y seguridad. Él parecía no entender lo que sucedía, ni aceptar el creciente dolor. Todavía quieto, sus ojos permanecieron interrogantes hacia una Olenka extasiada. Él quiso decirle algo, pero su cuerpo quedó suspendido. Ni siquiera pretendió voltear; tan solo se exigió un último intento para concentrar sus fuerzas y sostenerse en pie unos cuantos segundos más. Finalmente sus ojos se entornaron y empezó a desvanecerse. Estela no se detuvo a contemplarlos; se marchó con naturalidad, sabiéndose observada por Olenka, que aún embriagada se dejaba arrastrar hasta el suelo por el inmenso cuerpo del hombre; prefiriendo quedarse inmóvil y sin voluntad, como abrigada por la piel de un gran oso.

 


Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) Doctor en Letras por la Universidad de Burdeos. Dirigió el sello Ediciones Pedernal y fue responsable de la Colección Underwood y la Colección Orientalia en la Universidad Católica de Lima, donde actualmente trabaja como director adjunto en el Centro de Estudios Orientales. Ha publicado los libros de cuentos Habitaciones (1993), Retratos familiares (2001) y Enciclopedia mínima (2004); y las novelas Que la tierra te sea leve (2008), y Mientras huya el cuerpo, en 2012. Preparó la edición de Selección peruana 2000-2015. Este año ha publicado Enciclopedia plástica ganador del premio de la Fundación para Literatura Peruana.

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