Rodolfo Ybarra / Epístola desde un manicomio en Lima, Perú

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Narrador y poeta peruano, Rodolfo Ybarra, el conjurado de la semana (Foto: Archivo personal)

EPÍSTOLA DESDE UN MANICOMIO EN LIMA, PERÚ

Rodolfo Ybarra

Querida B, no sé porqué te escribo, ni sé porqué me acuerdo de ti, sentada en una silla de un bar de Barranco y yo preguntándole a los amigos ¿cuál es tu nombre?, ¿de dónde eres?, ¿dónde vives?, ¿con quién paras?, ¿en qué trabajas?, y así tantas palabras, preguntas y retruécanos para entender que, de nuevo, llegué tarde o “muy noche”, como tú decías cuando me veías aparecer como un fantasma o un “espíritu que lleva el viento” y unos cuantos chocolates y una botella de trago que, de tanto brindar y vociferar “¡salud!”,  solo me quedó el gusto a menta de tus labios.

Y aunque nunca me lo dijiste, sabía perfectamente que yo no tenía capacidad para mentirte ni tú para decirme la verdad (porque eras casada, ¿verdad?). Mientras tanto, despertabas recostada en mi hombro mirando cómo la madrugada se encendía con un sol fosforescente y las gaviotas empezaban a graznar sobre nuestras cabezas y yo, mirando las estrellas y cogiéndote las manos, te hablaba de poetas y payadores que habían vivido en el manicomio escribiendo cartas de amor solo para intentar volver a ser cuerdos y normales como tú y como yo.

No, por favor, no vayas a pensar que te estoy reclamando algo o que me arrepiento de todo este tiempo que caminamos al borde del precipicio, en cada paso que perdimos cerca de tu casa. (Por eso no querías nunca que te fuera a buscar, ¿no?). Mejor lo dejamos así: tú-feliz-con-el-hombre-que-amas y yo mirando al pasado como si fuese un accidente de tránsito, recuperándome del atropello que fue estar secando tus lágrimas con el puño de mi camisa (porque fue así, ¿verdad?, y no al revés). Y al final, todo tiempo pasado fue mejor o, por lo menos, intentamos creer eso y no pensar en que uno de los dos no estaba siendo claro consigo mismo o no quería aceptar que nuestra ternura se fue volando, se esfumó, se hizo humo, sanseacabó.

Muchas veces, lo confieso, he llegado a pensar que todo esto es un estigma. ¿Sabes que el amor es como una intoxicación, una enfermedad que nos carcome, nos devora el alma y uno después no sabe cómo estar solo, cómo no volver a pensar en nada, ser feliz como un pelícano o como un gato? (O quizás todo fue al modo de ese film de ‘Terminator’ donde la heroína solo se ve una vez con el padre de su hijo y después todo sucede en un futuro distópico entre máquinas que disparan bombas y hombres que se defienden de sí mismos). Y quizás mi sino sea solo esperar lo imposible o lo inevitable. Esperar a que llueva para arriba o que la luna salga de su órbita, o que me respondas algún día esta carta (¿lo harás?). Pero no importa, querida B, esta pequeña misiva la imprimiré (si me lo permiten los metesillas o sacamuertos) y la guardaré debajo de mi cama; o, mejor, la llevaré siempre conmigo porque aquí estás tú, eterna, frágil, con tu mirada de niña y ese cerquillo que dibujé en la pared de mi cuarto y yo extinguiéndome o intentando no enloquecer o no olvidarme nunca del color ni el olor de tu cabello. Y aquí te dejo para siempre esta flor marchita antes de que alguien apague la luz.

Tuyo,

R.

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