Siu Kam Wen: Así escribí “Viaje a Ítaca”

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El legendario escritor chino peruano Siu Kam Wen, en Lima (Foto: Moby Dick Comunicación Integral)

El legendario escritor chino peruano estuvo de paso por Lima para presentar su más reciente novela, “Viaje a Ítaca”, que, en palabras del escritor y blogger Gabriel Ruiz Ortega “Nos reconfirma la genialidad de un escritor auténtico y rabiosamente honesto”. La novela se presentó la noche del miércoles 29 de marzo en el Instituto Raúl Porras Barrenechea. Noche de emociones y reencuentros. Siu Kam Wen nos ha entregado la que ahora podría ser, quizá, su mejor novela.

Por qué escribí esta novela en inglés

Escribe Siu Kam Wen

“Viaje a Itaca” fue escrito originariamente en inglés, durante mi quinto año de residencia en los Estados Unidos; fue también mi primera novela, a menos que se considere como tal un fallido divertimento de 300 páginas que escribí en castellano mientras vivía todavía en el Perú, tratando de mantener integra mi salud mental. ¿Por qué lo escribí en inglés, un lenguaje que sólo podía hablar entonces abominablemente, comprender con las justas y escribir penosamente, y no en el lenguaje mejor familiarizado de Cervantes? La respuesta -o parte de la respuesta- es: arrogancia.

Vine a Hawai en 1986. Hasta ese momento, toda mi educación en inglés consistía en un curso intensivo de 12 meses en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano de la Avenida Abancay. Podía leer la mayoría de los cuentos de O. Henry, pero con gran dificultad los de Poe. Veía Remington Steele, y no entendía nada de lo que decían los actores. Cuando fui a buscar un trabajao (job) en Jack in the Box, le dije al gerente que estaba buscando un jab (puñete). Y, sin embargo, incluso antes de poner los pies en la tierra norteamericana, había prometido solemnemente que, antes de cumplirse mi tercer año de residencia en USA, iba yo a escribir un libro completamente en inglés. Había leído la increíble historia de Jerzy Kosinski, un polaco que llegó a Nueva York sin saber una palabra de inglés, pero que en dos años logró no sólo escribir un libro en ese idioma, sino publicarlo por entregas en el Reader´s Digest. Me sentí herido en mi vanidad, y me di tres años para repetir esa hazaña.

Pasaron 3 años. No escribí ningún libro, en inglés o en español: para entonces, se me habían agotado las ideas. No teniendo nada que hacer, desempolvé el divertimento de 300 páginas que he mencionado antes y traté de traducirlo al inglés. Trabajaba en unos pocos párrafos a la vez, cuando no estaba trabajando en un restaurante chino como mesero, que era casi todo el tiempo, y los escribía en un pedazo de papel bond recortado al tamaño de una tarjeta. Luego corregía una palabra aquí y una frase ahí, y cuando la tarjeta estaba llena de correcciones la pasaba a limpio y tiraba la versión antigua. Al cabo de un año o año y medio, tenía ya dos cajas llenas de esas “tarjetas”, y había adquirido destreza escribiendo en inglés, aunque no sin cierto esfuerzo.

Portada de la última y muy bien comentada novela de Siu Kam Wen (disponible en todas las librerías).
Portada de la última y muy bien comentada novela de Siu Kam Wen (disponible en todas las librerías).

Mi esterilidad terminó en 1990, después de regresar de un viaje al Perú. Mientras esperaba mi conexión en el aeropuerto de Los Ángeles, se me ocurrió poner mis experiencias de 25 años pasados en Lima en la forma de un libro que era a la vez una guía turística, un libro de recuerdos y una novela; y en el que mezclaría ficción y realidad, recuerdos y hechos. Llegué incluso a concebir ahí mismo la simple historia romántica que sería la trama del libro. Decidí escribir el libro en inglés, en parte por arrogancia, you know, y en parte porque había comenzado a preocuparme de nuevo excesivamente por cuestiones del estilo y de la técnica narrativa, cosa que tenía un efecto paralizante sobre mi escritura. Pensé que, escribiendo en inglés, cosa que no podía hacer sin la ayuda de una montaña de diccionarios y de manuales de gramática, me distraería de esas preocupaciones.

Me salí del trabajo (a tiempo parcial) de mesero para cuidar a mi padre, que se había vuelto ciego y estaba muy enfermo, pero después de su fallecimiento decidí no buscar otro trabajo inmediatamente, para terminar el libro. Escribí el primer borrador en dos meses, trabajando seis horas (a veces ocho) al día y tomándome pastillas de cafeína para combatir la fatiga mental. Entonces lo reescribí tres veces en el transcurso de otros seis meses. Para Navidad, ya tenía un manuscrito más o menos completo en mis manos y, con casi todos mis ahorros agotados, había comenzado a buscar otro trabajo de mesero.

Mientras escribía el último párrafo del libro, me sentí como alguien que finalmente lograba pagar una fuerte deuda. El verdadero tema de la novela no fue nunca el tragicómico romance entre el semi-autobiográfico protagonista y Rosa. El verdadero tema fue el país que acababa de visitar, tanto es así que inicialmente quise dar al libro el título de Perú, hasta que me di con el magnífico poema Itaca de Cavafis, Aunque yo había despotricado al país por su xenofobia, que me había forzado a emigrar por tercera vez, le debía también gratitud por el hecho de que nunca fui discriminado en el área de educación; el Estado peruano pagó por mi educación desde el colegio secundario hasta la universidad. También valoraba la oportunidad de haber crecido en el Perú, en vez de en la China o en Hong Kong, ya que eso me impidió que terminase convertido en un campesino ignorante o en un hongkonense frívolo.

Comencé a traducir al castellano A journey to Ithaca casi inmediatamente. Pensé que iba a ser fácil. No fue así. Fue un proceso penoso y agotador. No tuve ningún problema en pasar de un idoma a otro pero cambiar de mentalidad fue otra cosa. Incluso cuando escribía en castellano, seguía pensando en inglés. El resultado fue una versión llena de anglicismos y de frases ineptas. No era buena. Pero ese era otro libro, y contaré su historia en otra ocasión.

Casi al mismo tiempo en que yo estaba terminando el libro, Jerzy Kosinski entraba en el cuarto de baño de su apartamento en Manhattan, se colocaba una bolsa plástica en la cabeza, y se suicidaba. Había sido denunciado como un farsante. Había sido acusado de emplear un ejército de traductores y de editores para escribir sus libros, que él redactaba en polaco. Kosinski nunca fue un genio del lenguaje inglés como lo había sido Joseph Conrad. En efecto, él era incapaz de escribir una simple carta sin cometer los errores más garrafales de ortografía o de gramática. Y su pimer libro (una descripción de su vida de disidente en la URSS), fue editado con ayuda de la CIA.

Y yo me había afanado todos esos años por nada…

 

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