Un consejo de Stephen King para empezar a escribir

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Stephen King, el maestro del terror y un referente ineludible de la narrativa contemporánea (Foto: Difusión)

Un consejo de Stephen King para empezar a escribir

Escribe Stephen King*

A pesar de la brevedad de su manual de estilo, William Strunk encontró espacio para exponer sus fobias personales en cuestión de gramática y usos lingüísticos. Odiaba, por ejemplo, la expresión «cuerpo de alumnos»; insistía en que «alumnado» era más claro y no tenía las connotaciones truculentas que le veía a aquélla. Tacha de pretencioso al verbo «personalizar». (Strunk sugiere «hacerse un membrete» como sustituto de «personalizar el papel de cartas».) También odiaba las expresiones como «el hecho de que» o «por el
estilo de».

Yo también tengo mis antipatías. Opino, por ejemplo, que habría que poner de cara a la pared a cualquier persona que empleara la expresión «qué legal», y que los usuarios de otras mucho más aborrecibles, como «en aquel preciso instante» o «al final del día», se merecen acostarse sin cenar (o sin papel para escribir). Tengo dos manías predilectas relacionadas con la escritura al nivel más básico, y no quiero cambiar de tema sin desahogarme.

Los verbos pueden conjugarse en dos voces, activa y pasiva. El sujeto de una frase con el verbo en voz activa hace algo, mientras que al de una frase con el verbo en voz pasiva le están haciendo algo. El sujeto no interviene. Te recomiendo evitar la voz pasiva. Y no soy el único en decirlo. The Elements of StyIe contiene el mismo consejo. Los señores Strunk y White no formulan ninguna hipótesis sobre la afición de muchos escritores a la voz pasiva, pero yo me atrevo. Me parece que es una afición propia de escritores tímidos, igual que los enamorados tímidos tienen predilección por las parejas pasivas. La voz pasiva no entraña
peligro. No obliga a enfrentarse con ninguna acción problemática. Basta con que el sujeto cierre los ojos y piense en Inglaterra, parafraseando a la reina Victoria. Creo, además, que los escritores inseguros también tienen la sensación de que la voz pasiva confiere autoridad a lo que escriben, y puede que hasta cierta majestuosidad. Supongo que es verdad, al menos en la medida en que puedan parecer majestuosos los manuales de instrucciones y los escritos jurídicos.

Escribe el tímido: «La reunión ha sido programada para las siete.» Es como si le dijera una vocecita: «Dilo así y la gente se creerá que sabes algo.» ¡Abajo con la vocecita traidora! ¡Levanta los hombros, yergue la cabeza y toma las riendas de la reunión! «La reunión es a las siete.» Y punto. ¡Ya está! ¿A que sienta mejor? Tampoco propongo suprimir del todo la voz pasiva. Supongamos, por ejemplo, que se muere alguien en la cocina, pero que acaba en otra habitación. Una manera digna de explicarlo es «El cadáver fue trasladado de la cocina y
depositado en el sofá del salón.», aunque confieso que el «fue trasladado» y el «fue depositado» siguen poniéndome los pelos de punta. Los acepto, pero no los aplaudo. Preferiría «Freddie y Myra sacaron el cadáver de la cocina y lo depositaron en el sofá del salón». Además, ¿por qué tiene que ser el cadáver el sujeto de la frase? ¡Coño, si está muerto! Bueno, da igual.

Dos páginas seguidas de voz pasiva (las que hay en casi cualquier texto comercial, y en kilos y kilos de narrativa barata) me dan ganas de gritar. Queda fofo, demasiado indirecto, y a. menudo enrevesado. «El primer beso siempre será recordado por mi memoria como el inicio de mi idilio con Shayna.» ¿Qué tal? Un bodrio, ¿no? Hay maneras más sencillas de expresar la misma idea, y con más ternura y más fuerza. Por ejemplo así: «Mi idilio con Shayna empezó con el primer beso. No lo olvidaré.» No es que me encante, por el doble «con», pero al menos nos hemos desmarcado de la voz pasiva maldita. También te habrás fijado en que, partida en dos ideas, la idea original es mucho más fácil de entender. Es una manera de facilitarle las cosas al lector, y siempre hay que pensar primero en el lector; sin él sólo eres una voz que pega rollos sin que la oiga nadie. Tampoco creas que es tan fácil estar al otro lado, el de la recepción, «Will Strunk ha visto que el lector casi siempre tiene graves dificultades —dice E. B. White en su introducción a The Elements of Style— que está como en arenas movedizas, y que cualquier persona que escriba en inglés tiene el deber de secar la ciénaga con la mayor celeridad y poner al lector en tierra firme, como mínimo echarle un cabo.» Dicho queda.

El otro consejo pendiente antes de progresar hacia el segundo nivel de la caja de herramientas es el siguiente: desconfía del adverbio. Recordarás, por las clases de lengua, que el adverbio es una palabra que modifica un verbo, adjetivo u otro adverbio. Son las que acaban en -mente. Ocurre con los adverbios como con la voz pasiva, que parecen hechos a la medida del escritor tímido. Cuando un escritor emplea la voz pasiva, ésta suele expresar miedo a no ser tomado en serio. Es la voz de los niños que se pintan bigote con betún, y de las niñas que intentan caminar con los tacones de mamá. Mediante los adverbios, lo habitual es que el escritor nos diga que tiene miedo de no expresarse con claridad y de no transmitir el argumento o imagen que tenía en la cabeza.

Examinemos la frase «cerró firmemente la puerta». Reconozco que no es del todo mala (al menos tiene la ventaja de un verbo en voz activa), pero pregúntate si es imprescindible el «firmemente». Me dirás que expresa un grado de diferencia entre «cerró la puerta» y «dio un portazo», y no es que vaya a discutírtelo…pero ¿y el contexto? ¿Qué decir de toda la prosa esclarecedora (y hasta emocionante) que precedía a «cerró firmemente la puerta»? ¿No debería informarnos de cómo la cerró? Y, si es verdad que nos informan de ello las frases anteriores, ¿no es superflua la palabra «firmemente»? ¿No es redundante? Ya oigo a alguien acusándome de pesado. Lo niego. Creo que de adverbios está empedrado el infierno, y estoy dispuesto a vocearlo desde los tejados. Dicho de otro modo: son como el diente de león. Uno en el césped tiene gracia, queda bonito, pero, como no lo arranques, al día siguiente encontrarás cinco, al otro cincuenta… y a partir de ahí, amigos míos, tendréis el césped «completamente», «avasalladoramente» cubierto de diente de león. Entonces los veréis como lo que son, malas hierbas, pero entonces, ¡ay!, entonces será demasiado tarde.

Ojo, que yo también puedo ser comprensivo con los adverbios. En serio. Con una excepción: las atribuciones en el diálogo. Te ruego que sólo uses adverbios en el diálogo en ocasiones muy especiales, y sólo si no puedes evitarlo. Examinemos tres frases, más que nada para estar seguros de que hablamos de lo mismo.

—¡Suéltalo! —exclamó.
—Devuélvemelo —suplicó—. Es mío.
—No sea tonto, Jekyll —dijo Utterson.

En estas tres frases, «exclamó», «suplicó» y «dijo» son verbos de atribución de diálogo. Veamos ahora las siguientes, y dudosas revisiones:

—¡Suéltalo! —exclamó amenazadoramente.
—Devuélvemelo —suplicó lastimosamente—. Es mío.
—No sea tonto, Jekyll —dijo despectivamente Utterson.

Las tres tienen menos fuerza que el original, por una razón que a pocos lectores se les escapará. La mejor del grupo es «no sea tonto, Jekyll —dijo despectivamente Utterson»; sólo es un tópico, al contrarío que las otras, francamente risibles- Las atribuciones de esta clase también se llaman «Swifties», en referencia a Tom Swift, el valiente héroe-inventor que protagonizó una serie de novelas de aventuras escritas por Victor Appleton II.

El autor tenía afición por frases como: «¡Haced conmigo lo que queráis! —exclamó valientemente Tom», o «Me ha ayudado mi padre con las ecuaciones —dijo modestamente Tom». En mi adolescencia había un juego que consistía en crear swifties ingeniosos (o simplemente idiotas), como: «Salgamos del camarote —dijo encubiertamente», o «Hoy salgo de la cárcel —dijo expresamente». Cuando tengas que decidir si plantas algún pernicioso diente de león adverbial en la atribución, sugiero que te preguntes si te apetece
escribir algo que acabe como excusa para un juego. Algunos escritores intentan esquivar la regla antiadverbios inyectando esferoides al verbo de atribución. A cualquier lector de novelas baratas le sonará el resultado:

—¡Suelte la pistola, Utterson! —graznó Jekyll.
—¡No pares de besarme! —jadeó Shayna.
—¡Qué puñetero! —le espetó Bill.

No caigas en ello. Te lo pido por favor. La mejor manera de atribuir diálogos es «dijo». El que quiera verlo aplicado de manera estricta, que lea o relea alguna novela de Larry McMurtry, el Shane de la atribución dialogística. Parecerá una ironía pero lo digo con absoluta sinceridad. McMurtry ha dejado que le crezca muy poco diente de león en el césped. Es un adepto del «dijo», hasta en los momentos de crisis emocional (y en sus novelas hay muchos).
Sigue su ejemplo. (Dijo el cura.) ¿Es un caso de «haz lo que te digo, no lo que me veas hacer»? El lector tiene pleno derecho a preguntarlo, y yo el deber de darle una respuesta sincera. Sí. Rotundamente sí. El que repase algunos títulos de mi producción se dará cuenta enseguida de que soy un simple pecador. He sabido esquivar bastante bien la voz pasiva, pero en mi época también me he deshecho en adverbios, algunos (vergüenza me da decirlo) en diálogos. Suele ser por la misma razón que los demás escritores: por miedo de que si no los pongo no me entienda el lector.

Soy de la opinión de que los defectos de estilo suelen tener sus raíces en el miedo, un miedo que puede ser escaso si sólo se escribe por gusto (recuérdese que he hablado de timidez), pero que amenaza con intensificarse en cuanto aparece un plazo de entrega (la revista del colé, un artículo de periódico…). Dumbo consiguió volar gracias a una pluma mágica, y, por el mismo motivo, es posible que un escritor sienta el impulso de recurrir a un verbo en pasiva o un adverbio maléfico. Antes de sucumbir, acuérdate de que a Dumbo no le hacia falta la pluma porque él también tenía magia. Es probable que sepas de qué hablas, y que no haya ningún peligro en fortalecer tu prosa con verbos activos. También es probable que tu relato esté bastante bien narrado para confiar en que, si usas «dijo», el lector sepa cómo lo dijo: rápidamente, lentamente, alegremente, tristemente… Puede ser que esté el pobre en arenas movedizas; si es así, no dejes de echarle un cabo… pero no hace falta dejarlo grogui con treinta metros de cable de acero.

A menudo, escribir bien significa prescindir del miedo y la afectación. De hecho, la propia afectación (empezando por la necesidad de calificar de «buenas» determinadas maneras de escribir, y otras de «malas») tiene mucho que ver con el miedo. Escribir bien también es acertar en la selección previa de herramientas. En estas cuestiones no hay ningún escritor libre de pecado. Aunque E. B. White cayera en las garras de William Strunk siendo un simple e ingenuo estudiante de la universidad de Cornell (que me los den jovencitos y ya no escaparán, ja, ja, ja), y aunque entendiera y compartiera el prejuicio de Strunk contra la imprecisión de estilo, y la de pensamiento que la precede, él mismo reconoce: «Debo de haber escrito mil veces “el hecho de que” en el ardor de la redacción, y luego, al revisar el texto fríamente, debo de haberlo tachado unas quinientas. A estas alturas de la liga me entristece tener un promedio tan bajo, y no ser capaz de batear una pelota que viene tan derecha.» A pesar de ello, E. B. White siguió escribiendo muchos años después de la revisión inicial del «librito» de Strunk, hecha en 1957. Yo tampoco pienso abandonar la literatura sólo por haber tenido lapsus tan tontos como «Seguro que no lo dices en serio —dijo incrédulamente Bill», y espero lo mismo de tí. Por fácil que parezca un idioma, siempre está sembrado de trampas. Sólo te pido que te esfuerces al máximo, y ten presente que escribir adverbios es humano, pero escribir «dijo» es divino.

 


*El presente texto es un extracto aparecido en “Mientras escribo”, de Stephen King.

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