CINE: The Shape of Water, por Rhoda Desbordes

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The shape of water, considerada la mejor película en la 90 edición de los premios Oscar, comentada por Rhoda Desbordes.

Escribe: Rhoda Desbordes

Y llegó lo esperado: la mejor película ERÓTICA del año. Yo no le hubiera puesto “The Shape of Water“, la habría titulado “The (good) Shape of the Amphibian!” (y en francés “Ce poisson est bien foutu!). Esas formas, aunque escamosas, bien puestas bajo ese traje pegadísimo de látex bastante sentador sobre el bien repartidito actor Doug Jones (¡quien dicen adoptó la pose de un matador poniendo por delante las caderas!), parece fue lo que más le atrajo a la protagonista muda (mas no sorda) de la cinta. Y es que el fantástico director de fotografía, el danés Dan Laustsen, ha hecho todo lo posible para brindarnos las mejores “Fifty Shades of Green” que nadie había podido prever.

La heroína no es otra que la mamá adoptiva de Paddington, la menuda Sally Hawkins, quien como buena cuarentona poco atractiva y bastante reprimida (y angustiosamente necesitada) se siente obligada a masturbarse cotidianamente a la misma hora (mientras los huevos de la lonchera laboral se escalfan sobre una ardiente hornilla) en la tina que pule con tórrida vehemencia antes de tomar el turno de noche como personal de limpieza en un laboratorio ultrasecreto del gobierno de los Estados Unidos.

Sally Hawkins (Foto: difusión)

Estamos en el Baltimore de 1962, o sea en plena guerra fría y los militares norteamericanos se han traído a rastras de la selva amazónica sudamericana un fornido Acuaman con el propósito de enviarlo al espacio (como si no hubiera cantidad suficiente de monitos y perritos como en la Union Soviética) con el cuento de que esta criatura (“the asset”) puede respirar en el agua y fuera del medio acuático.

Ahora bien, la película ha sido vendida como la historia de amor de una solitaria impedida que solo halla cariño en este extraño ser (que parece la pareja de la sexy extraterrestre de la película Species). Pero yo no he visto eso. Para empezar, la mujer no vive confinada: tiene una estupenda relación con su vecino gay que no ha podido salir del closet (un muy correcto Richard Jenkins), tiene un trabajo decente donde interactúa con un magnifica amiga interpretada por la gran Octavia Spencer. Eliza, así se llama este personaje claramente ansioso de fornicar con algo más convincente (¡y quizás más contundente también!) que lo que utiliza a diario, además se comunica excelentemente bien porque domina a las mil maravillas el lenguaje de los signos (sin mencionar que su mudez NO ES NADA NOTORIA ni limitante).

En esta desesperada búsqueda de un vibrador viviente y por lo tanto muchísimo más efectivo, Eliza tiene la dicha de presenciar la llegada del “asset” al centro militar de investigación donde trabaja. Mayor es aun su felicidad al ver que esta “criatura” -así también se le denomina en la cinta- verdosa, se contenta con ingerir únicamente huevos cocidos (lo que significa que no necesitará aprender a cocinar otros platillos para mantener contento a su “hombre”, o mejor dicho, a su “macho”) y uno que otro long play de música antigua. En este encuentro/acercamiento (que se anuncia de lo mas inverosímil), no apreciamos ternura alguna ni mucho menos el nacimiento de ningún sentimiento. Lo que ella quiere es sexo y solo sexo. Y por ello no le importa entregarse ojos cerrados a la zoofilia ni convertirse en la parte que delinque en lo que se denominaría en Estados Unidos, una “violación estatutoria” (es decir con un menor pues el acuaman parece mas bien un acuaboy y esa escena donde ella le “enciende” literalmente los sentidos en la tina blanca de su casa es de lo mas perturbadora).

Tampoco vemos en ningún primer plano esa “mirada” que ella cuenta al vecino como el hecho explicativo de su atracción por el anfibio en vista de que solo este es capaz de observarla a ella tal y como es (¿quiere decir como excelente preparadora de huevos duros?). Como la película no muestra expresión alguna en esos ojos amazónicos (el director no nos brinda un primer plano), no sabemos si no es la mujer la que se ha imaginado todo eso.

Y eso nos lleva al asunto de la “cosa”, o sea “la criatura”. Un filme normalmente nos hace conocer un personaje al cabo de unos 90 minutos. Guillermo del Toro (el director de Guadalajara) se toma 121 minutos en NO decirnos nada sobre este perseguido y codiciado protagonista. ¿Es capaz de amar o solo reacciona a los estímulos claramente intencionales de Eliza? ¿Eso es amor o solamente un terrible impulso sexual reprimido en busca de cualquier escapatoria?

¿Quién o qué es el monstruo? ¿Es solo un pobre y triste pescadito extraído de su río sin saber que posee poderes curativos y rejuvenecedores mágicos? ¿Por qué espera hasta el final de la película para acabar con el temible Strickland (¡Michael Shannon, magnifico como siempre!)?. Lo que sí esta claro es que el anfibio NO es romántico (a menos que ustedes crean que comer huevos y gatos sea romántico) y sobre todo NO tiene la personalidad de un ET y ni siquiera de un King Kong o de un Godzilla.

Por otro lado, tenemos una seguidilla de temas o géneros cinematográficos. A mi gusto, por ejemplo, la parte que considero más lograda corresponde al thriller político. El activo espionaje ruso esta bien representado y es sumamente crucial en el desenlace. Y si se creyeron la publicidad de ‘La Bella y la Bestia’ pues no, no se trata de un príncipe sensible sino de una oda a la sensualidad de una mascota que sirve otros propósitos extremadamente diferentes a los de un canario o de un hamster, por ejemplo.
Los decorados cumplen su función casi superlativamente. El look de la película pertenece definitivamente a los años cincuenta y se debe al trabajo de Paul D. Austerberry. No obstante, el homenaje a los clásicos musicales hollywoodenses en blanco y negro de antaño, y mas específicamente la secuencia donde Eliza y el monstrito bailan a lo Rogers/Astaire, como que le quita lo último de credibilidad a la fantasía.

En cuanto a la forma estética de la cinta, el director se ha concentrado en dar a su producto un aspecto líquido. Aunque no hayan tomas grandiosas, la cámara se desplaza lo suficiente como para dar la sensación de un mundo en constante movimiento (mas no así de transformación) como el acuático. El agua está presente literalmente en todos los ángulos por donde se mire el filme: la tina, la lluvia, el mar, el río, etc. Y todo ello en las tonalidades azules verdosas propias del agua. El color rojo, ya se sabe, va mostrando cómo, poco a poco, Eliza se siente cada vez más satisfecha sexualmente (incluso explica táctilmente el ‘dispositivo’ sexual de su compañero de baño). Y si no le hubiera caído su balazo en los últimos cinco minutos se habría conformado con dejar ir al hombre-pez rumbo al Atlántico en vista de que ya se le estaban cayendo las escamas y se estaba poniendo debilucho.

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