Videofilia: Cómo madurar online en Lima

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Escribe: Alexis Iparraguirre.

Videofilia (y otros síndromes virales) tuvo una semana de funciones, del 2 al 8 de diciembre, en Brooklyn, Nueva York.

Cómo madurar online en Lima

Cuando hablan de Videofilia (y otros síndromes virales) (2015), Juan Daniel F. Molero, director, y Muki Sabogal, coprotagónica, tienen un repertorio de respuestas desarrolladas en función de presentar casi dos años de la película en variedad de festivales y funciones especiales. Pero el vínculo se remonta a la génesis del film: cuando eran pareja también conversaban sobre la lógica del material que terminaría siendo Videofilia y algo de ello lo imaginaron juntos. Por lo mismo, luego de ver la película, no extraña que, junto con la brillante lectura personal del experimentalismo de Juan Daniel, resalte también aquí y allá la performance como estrategia actoral que prefiere Muki. No son los únicos lenguajes que intervienen en un rico collage de códigos que se articulan en la puesta en escena de una subcultura distintiva de la película: la de tecnología barata, precaria y obsoleta del mundillo de las cabinas de internet limeñas en los barrios populares, de la cual fluye la estética del novedoso film que ha quedado en el longlist de los premios Oscar de este año.

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El montaje de Videofilia, a partir de materiales tan limeños en el Spectacle Theater, sala de cine independiente en el sur de Brooklyn, naturalmente ha concitado recepciones imprevisibles para un público que desconoce la especificidad del tejido urbano de la capital peruana. Pero la sala responde a la escena cultural de Williamsburg, en el corazón del New York hipster, y no hay función que caiga en saco roto; el público es versado en experimentalismo y no pocas veces han asistido directores jóvenes y variedad de profesionales del ramo. A casi todos les fascina el logro técnico de la película: hacer cine de vanguardia que es, a la vez, eficiente narrativamente. También en los norteamericanos pervive la fascinación por lo exótico: se pregunta con honda impresión por las escenas en que Muki consume LSD en una huaca limeña o esa en que le pasan el cuy.

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Desde luego, el público neoyorquino y el limeño ven películas distintas: en una la subcultura de las cabinas es material estético inquietante para el ojo cosmopolita; en la otra, para el peruano, es un laberinto de la descomposición social de la capital como un virus informático; es decir, una crónica de la anomía de nuestros días en clave de la avenida Wilson y el Centro Comercial Arenales. En cualquier caso, la forma y el fondo de Videofilia son materiales de una globalización popularizada que tiende rápido a la obsolescencia: el pirateo del porno, los juegos en línea, los programas computarizados caducos que fabrican su propia nostalgia (como el protector de pantallas de Windows 98), y la iconografía del anime, y el manga que intercepta el mismo ámbito cultural. También es, desde uno de sus flancos, un testimonio generacional de la interacción de los limeños de clases populares con internet. En especifico, son historias de nativos digitales que se convierten en adultos a través de los medios que ofrece la red y el tiradero tecnológico limeño a fines de la primera década del siglo XXI (la película está ambientada en el 2012). Por ello mismo, Videofilia pertenece al ramo de los filmes formativos, de coming-of-age. Junnior (Terom) y Luz (Muki Sabogal), los jóvenes protagonistas que maduran desde la masturbación por video chat hasta ocupar los roles protagónicos de su propia snuff movie falsa, deambulan entre voces (y pedagogías) que les explican el orden del mundo que habitan. Es el tiempo de algunas enseñanzas que, aunque dispersas, configuran el mapa del territorio de sus vidas en sociedad. Primero, el dueño de la tienda de piratería porno le dice a Junnior que en el presente no existe diferencia entre lo real y lo virtual; luego, el dealer de LSD le enseña a Luz y a su amiga Rosa que el mejor trip también es un ritual en una huaca; incluso Junnior le enseña a Luz que las noticias de la “prensa chicha” deben leerse de acuerdo con una clave secreta que él ha aprendido siguiendo el funcionamiento de la media. Videofilia revela conocimientos y experiencias que se deben adquirir para participar de la lógica de la vida “viral” luego de terminar la escuela secundaria e iniciarse en la adultez. En ella, Luz es la newcomer, el sujeto para educar, para pedagogizar, por definición.

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En ese particular, Videofilia es ambigua respecto de su toma de postura frente a Luz. Su relación sentimental con Junnior configura, ciertamente, el hilo narrativo que el espectador sigue indesmayablemente para entender lo que ocurre. Pero lo q ue hace la película con Luz tiene doble rostro. Por un lado, la fetichiza: la vuelve aficionada a las mujeres y las hostales; la hace voyerista, hemato y autoasesinofílica; la viste de chica-gato de manga con minifalda escocesa para atender una cafetería inverosímil de cosplayers casi siempre vacía. Por otro, lado, Videofilia no le permite a Luz otro móvil que el deseo y eso le confiere un aura de honestidad desarmada, de la que carece cualquier otro personaje. Por momentos, la adolescente que filma Juan Daniel F. Molero pareciera una de esas libertinas que, en un estado natural de ingenuidad, configuran los filósofos iluministas para protagonizar sus ficciones morales. Pero, opuesta de ellas, la Luz del film resuelve sus experiencias iniciáticas (las drogas, el sexo lésbico, el porno gonzo y la felinesca fiesta cosplay final) sin moraleja alguna. En parte, se fusiona con el puro éxtasis del gozo (el movimiento de los cuerpos drogados, el pixeleo; en suma, las técnicas del video-arte y la performance); en parte, su conducta cabe dentro del flujo masivo e intrascendente de estilos de vida que pululan indefinidamente en la subcultura tecnológica de Lima, como circularía un virus informático, prolífico y a la deriva. La complejidad de Luz nunca decrece sino que se intensifica con el modo inesperado y enfáticamente visual en que la relación que sostiene con Junnior se cancela y, con ella, también acaba la película.

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Luego de la función, Juan Daniel F. Molero se apasiona conversando sobre la multiplicidad de códigos implicados en Videofilia en un bar brooklynita próximo. Le interesa la construcción de lógicas rituales que facilita la invocación periódica del año 2012 (el popular apocalipsis maya) por parte de varios personajes de su película; de hecho podría postularse que, desde la perspectiva de los símbolos, una fina red de sacrificios rituales atraviesan la vida de Luz y Junnior (incluyendo el del cuy pasado, que se destripa frente a cámara). También disfruta que la película ha electrizado a un auditorio más, como no cesan de comentárselo luego de acabada la proyección, y sabe que su trabajo no solo es complejo sino que empieza a cotizarse velozmente. La crítica ha dicho que Videofilia reúne altas dosis de conmoción, riesgo estético y abre posibilidades para la innovación de la cinematografía peruana. El longlist del Oscar 2016 y los de festivales internacionales en que ha sido galardonada son plataformas para cualquier proyecto mayor de Juan Daniel y en ello concentra sus expectativas. Esa noche termina el ciclo de exhibiciones de su película en Nueva York y nadie de los muchos que la han visto, se sabe entre los espectadores, puede evitar sentirse sobrecogidos por su brillo único.

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