J.J. Junieles / Nosotros, los últimos siervos del Señor

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j j junieles la conjura de los libros
J.J. Junieles, uno de los escritores y periodistas más destacados de Colombia (Foto: Archivo personal del autor)

Nosotros, los últimos siervos del Señor

Mi padre llevaba quince años al frente de una iglesia, que funcionaba en una grande y antigua casa del centro de la ciudad, pagada mensualmente por los aportes de los fieles de la congregación. Desde hacía algún tiempo, también lo acompañaban dos jóvenes pastores que aprendieron de él los sacrificios y la voluntad necesaria para mantener unidos a los feligreses contra las tentaciones del mundo.

Mamá a veces cuenta cosas del pasado, cuando papá todavía no había aceptado al Señor en su vida; se la pasaba de bar en bar, de botella en botella, siempre lleno de problemas y deudas. Hasta que la gracia del Señor hizo su obra, y papá encontró su camino. Ahora todo lo que teníamos, la casa, los buenos colegios religiosos, las vacaciones de retiro espiritual, la vida tranquila y sosegada, todo eso se lo debíamos al Señor. El libertinaje ya era cosa del pasado.

Ahora estoy de rodillas, comiéndome las uñas frente a la cama donde yace muerto mi padre. Espero a que se produzca el milagro que él nos prometió: resucitar al tercer día de su muerte, tal como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, ¡alabado sea su nombre!

Mi hermana no deja de llorar. Está junto a mamá, que tiene los ojos cerrados, apretando en sus manos La Biblia que papá le regaló en su último cumpleaños, apenas tres meses atrás, cuando él (camisa mangas largas, pantalón gris, cabello entrecano corto y gafas de montura gruesa) todavía entraba y salía de la casa, animado y dispuesto camino del culto.

Pero yo no quiero pensar que estoy aquí, viviendo esto, con ese horrible olor que empieza a inundarlo todo. Prefiero recordar la primera vez que descubrí a Beto en la calle, una esquina más allá del culto. Al verme pasar él me siguió, se acercó a mi oreja y me dijo: “Mi amor, yo no me llamo Jesús, pero también hago milagros”.

Varios muchachos como él, con pinta de pandilleros, llegaban a esa esquina del estanco a fumar y tomar cervezas. Pero a él nunca lo había distinguido. ¿Cómo se atrevió a soltarme esa blasfemia, con esa actitud chocante de macho que tanta rabia y vergüenza me dio? “Payaso, atrevido”, le dije, “váyase para un circo a ver si encuentra trabajo”.

También tengo presente que ese día cuando llegué a casa, después de casi una hora en la buseta, encontré a mamá poniéndole una toalla fría en la frente de papá, quien ya llevaba un par de días con fiebres y vómitos que lo hacían ir al baño a cada momento. Los dos, papá y mamá, rezaban, una, dos, tres veces, la oración que echa del cuerpo la enfermedad y sus demonios, mientras él tomaba sorbos de agua bendita.

Siguieron días de relativa normalidad. Los síntomas aparecían un día sí, pero el otro no. Algunos fieles le dijeron que se veía pálido, demacrado, que fuera y visitara el médico, que lo hiciera por el bien de la comunidad. Él se limitaba a responder que seguramente no era nada; estaba en las manos del Creador, la fe mueve montañas y no había que dudar del poder de Dios. Casi siempre terminaba: “Reprendo cualquier fuerza negativa sobre mí y todos los hermanos en el Señor”. Muchos lo aplaudieron en medio de alabanzas, otros pocos lo llamaron terco, entre susurros. Luego se dispersaron en silencio.

Ya en casa, me atreví a decirle algo parecido: llevaba muchos días tomando pastillas contra el dolor en el vientre, y aquello no era suficiente para cuidarse. Fue entonces cuando mamá me reprendió. Me dijo que debíamos entender a papá. Además, ¿cómo iba a ver a un médico sólo por un dolor de barriga?

En su condición de pastor de la Santa Iglesia de las Señales de los Últimos Días podría ser mal interpretado, visto como un mal ejemplo, y no se podía dar el lujo de quebrantar su fe. “Dios no envía ninguna carga que no podamos soportar”, dijo ella, recordando las palabras que tantas veces había pronunciado él en sus discursos.

Pero yo prefiero recordar otras cosas, como que un mes después del primer encuentro con Beto, ya él se había dado cuenta de que yo no era como las demás, no señor, sobre todo cuando le di la cachetada por querer tomarme la mano en la parada donde había llegado a esperar mi buseta. Tres días duré sin hablarle, hasta que fui yo quien llegó a saludarlo en el muro donde estaba sentado. Nos pusimos al día con nuestras vidas, y sólo para ver su sorpresa, le di un beso de despedida en la mejilla.

Todos los días Beto me esperaba a que saliera de la iglesia. Algunas veces, cuando me veía acompañada, nos limitábamos a mirarnos desde la distancia. En otras ocasiones me acompañaba a tomar mi bus, o nos marchábamos hacia un parque cercano. Me contó, por ejemplo, que había dejado el colegio, y que hacía trabajos ocasionales como mensajero.
De regreso a casa, yo recordaba a Beto mientras miraba por la ventanilla, y me sorprendía eso, verme a mí misma pensando en él mientras miraba una pequeña foto suya que me dio y que aún conservo. Me reía de sus ocurrencias, de los cuentos imposibles que me echaba, y de las hermosas mentiras que tanto me gustaba escuchar.

Papá seguía insistiendo en no ir al hospital. “No hay nada más grande que el poder de Dios”, decía, “En sus manos entrego mi alma y mi espíritu. Sus rasgos físicos fueron cediendo y los gestos reflejaban cada vez más la debilidad y el cansancio. Las sopas, masajes con hierbas y plegarias eran insuficientes. Sólo accedió a tomarse unas breves vacaciones, durante la cual los dos otros pastores se hicieron cargo de los tres oficios religiosos diarios.

“Yo soy la resurrección y la vida, aquellos que creen en mí aunque mueran no morirán”, repetía él, mientras mamá ya nos había prohibido asomarnos a las ventanas. El teléfono ahora sólo lo respondía ella. Había entrado en un delirio extraño. Por la puerta entre abierta del baño la escuché, arrodillada, repetir en sollozos que Dios la perdonara por su falta de fe, que a todos nos diera fuerzas para soportar esta prueba: “Padre tu vara y tu callado me infunden aliento”.

El olor del humor enfermo y las varitas de incienso habían convertido la habitación de mi padre en una especie de cueva donde costaba respirar profundo. Junto a la cama, Sara y yo escuchamos sus predicamentos: el señor le había susurrado en sueños que su devoción lo había hecho merecedor de un milagro. No debíamos estar tristes por su muerte, porque aquel que muere en la fe del Señor tendrá vida eterna, y él resucitaría al tercer día como una prueba del poder de Dios.

Durante esos cuatro días de miedo y zozobra, sólo una vez salí a comprar víveres y comida a la tienda más cercana. Procuré no mirar a los vecinos a la cara cuando saludaron: la mayoría eran mundanos y ruidosos. Muchas veces habían cerrado nuestra calle para hacer fiestas que celebraban cualquier cosa. “Hace días que no veo a su papá, ¿cómo andan ustedes?”, preguntó la mujer del tendero, yo respondí que andaba de viaje y regresaría en algunos días.

Diariamente llamaban amigos de la casa y gente de la iglesia preguntando por la salud de papá. Para evitar cualquier visita inesperada, mamá decía que sólo le faltaba reposo para poder recuperarse completamente. Ella colgaba el teléfono y se echaba a llorar. Poco después regresaba a la cama donde él seguía postrado, respirando con dificultad, y aferrado a un libro de oraciones que abrazaba contra su pecho.

Hasta la hora en que mamá llegó al pequeño patio, donde Sara y yo estábamos sentadas en silencio, mirándonos intermitentemente y jugando con las peinetas de nuestro largo pelo. Ella nos miró desde esos pozos sin fondo en que se habían convertido sus ojos, y las dos fuimos a su encuentro. La abrazamos. “Su padre necesita hablar con ustedes”, dijo, y nos dirigimos todas a su habitación.

Sin comprender del todo, Sara y yo miramos a mamá, que pasaba del llanto a una especie de júbilo sin explicación, aunque esto último no era del todo extraño, pues ella siempre había puesto los deseos y las órdenes de papá por encima de todo. Decía que debíamos sentirnos felices de haber sido bendecidas con un padre como el nuestro, uno de los pastores más devotos de la Santa Iglesia de las Señales de los Últimos Días: elegido como mensajero de la gracia y el poder de Dios.

Un par de horas después, arrodilladas las tres frente a su lecho, vimos su pecho dejar de subir y bajar, las manos caídas, los ojos abiertos, opacos, con la mirada vencida. Sara fue la primera en ponerse a llorar, luego mi madre y por último yo. Las pasadas alegrías, lo que dice adiós y empieza a ser memoria, olvido, resignación. Todas en coro: “padre nuestro que estas en el cielo, santificado sea tu nombre”, una, dos, tres, diez veces, hasta que mi madre nos dijo que teníamos que prepararnos y llenarnos de gozo para cuando papá resucitara.

El parque, Beto, su mano caliente bajo la blusa, bajo la falda, dentro de mí. Ahora salgo de la habitación de mi padre hasta la cocina, de nuevo el patio, y otra vez a su habitación, para escapar del vértigo de sentir tu mundo haciéndose pedazos. Anular los pensamientos sobre lo que está ocurriendo, como para que la vida entre y escoja por uno, que es incapaz de resolver este momento en que se entonan letanías para despertar a un hombre muerto.

Hay un santo en el rincón, el único que acepta nuestra Iglesia, San Juan de Patmos o el Apokaleta. Me arrodillo, le ruego que todo esto acabe, pero la verdad él parece más asustado que yo por lo que está pasando. Sé de memoria tu historia San Juan de Patmos, porque con ella empiezo el curso de iniciación para los niños de nuestra Iglesia todos los sábados en la mañana. Allí les cuento a todos como en la isla de Patmos, arrebatado en éxtasis el día del Señor, tuviste visiones grandiosas, vislumbraste la Nueva Jerusalem, un mundo habitado sólo por dignos, construyendo todos una nueva vida en la gloria del Señor. Tú nos enseñas que el temor de Dios es necesario, porque el temor salva y protege en las calles del mundo.

Tus manos, San Juan, también fueron las de Beto esa primera vez en Luna plateada, motel de paso, salón de juegos, ambiente familiar, adonde llegamos bajo un paraguas. Esa primera vez otra lluvia me mojó, Beto y su lengua de estatua liberada me saboreó sin piedad, como si el camino antes de mí hubiera sido largo y penoso, mientras mis dedos halaban sus cabellos desordenados, como si arrancara la fresca yerba del parque donde habíamos estado minutos antes.

El rostro de mi hermana traducía confusión y temor frente a la locura que suponía todo aquello ¿En qué momento el rito se transformó en realidad? Escuchábamos y asentíamos en silencio; en algunos momentos sólo nos escuchábamos llorar. Quiero creer que, mientras todo ocurría, ella y yo buscábamos una explicación, hasta que ya fue muy tarde para hacer cualquier cosa. Por supuesto que era difícil de aceptar, pero entonces sólo éramos un par de muchachas de su casa, sin mucha voluntad todavía para escoger el mejor camino.

Años después mi hermana no recuerda mucho de lo que ocurrió durante los cuatro días que vivimos encerradas dentro de la casa junto al cadáver de papá, esperando a que pasara el milagro prometido. Todas caminando del cuarto de papá hacia el baño, de allí a la cocina y luego de regreso al cuarto, para seguir implorándole a Dios por el regreso de papá. A veces mi hermana, o yo, nos íbamos al pequeño patio a buscar su luz boyante, sólo para cambiar de aires. Entonces mamá llegaba a buscarnos de nuevo para que regresáramos al cuarto y siguiéramos orando.

Una serie de imágenes desordenadas vienen a mi cabeza cuando trato de rememorar lo que sucedió: Mi madre cansada de orar, sentada en una silla mecedora acunando en su regazo la Biblia, cuyas tapas de cuero estaban gastadas y raídas como viejos zapatos con los que se ha caminado demasiado. “Resucitará para la gloria de nuestro Señor”, repetía una y otra vez, con ojos vidriosos que empezaban a dar miedo.

Había una zona escurridiza entre las palabras que decía mamá, con la boca fruncida por el llanto, y su significado real. Algo parecía hablar dentro de ella, algo que emergía, un miedo que parecía tener su origen no en nuestra casa, no afuera en el mundo, sino en la memoria.
Para la tarde del cuarto día, en el límite de las fuerzas, sin habernos bañado y con los nervios destrozados, ya nada tenía sentido para mí. La situación era tan extraña que parecía irreal. Era como estar dentro de un cuento absurdo. Sobrevivía, aún así, la esperanza de que algo terminara con todo eso. A esas alturas todo era posible, puesto que ya todo era inverosímil. Hasta que escuchamos la voz de un vecino preguntando por la ventana. Luego otras voces gritando nuestros nombres, preguntando por nosotros, por lo que pasaba dentro, por el olor a mortecina que había llegado hasta las casas cercanas y los molestaba desde hacía varios días. Se me erizaron los vellos de los brazos.

La siguiente cosa que recuerdo es a mamá, de espaldas, apartando la cortina y mirando hacia la calle; su turbación cuando gritaba que nos dejaran en paz, que nosotros éramos los siervos del Señor. Se rehusaba a abrir la puerta. Sacudía las manos, se las llevaba una y otra vez a la cabeza, como si intentara librarse de una tela de araña difícil de quitar. Luego empezó a darse fuertes palmadas en la frente, mientras gritaba preguntándose por qué el Señor nos había abandonado, y luego su voz se quebró.

Luego veo a la policía entrando a la fuerza, a mamá forcejando con ellos, su crujir de dientes hasta que terminamos abrazadas llorando en la calle donde había una aglomeración de curiosos, mientras veíamos cómo sacaban a papá en una camilla, cubierto por una sabana.

Los periodistas tomaban fotos, muchos vecinos nos miraban desconcertados, otros nos señalaban, algunos se quejaban del olor que habían tenido que soportar. También estaban los que sin reparo decían, simplemente, que nos habíamos vuelto locas. Yo quería responderles algo, pero no sabía qué decirles, porque me daba cuenta de que la fe de mi padre, de mi madre y de mi hermana, venían de un lugar inaccesible a las palabras. Algo parecido a la congoja me hizo cerrar los ojos. Sólo quería pensar en Beto, con el deseo de que estuviera allí conmigo en ese instante, igual que ahora, treinta años después de todo aquello.

Estoy flaca, como un palo, tengo párpados caídos y ojeras donde se pueden meter monedas. He sido muchacha del servicio doméstico, mesera en bares y cocinera de restaurantes, vendedora puerta a puerta y en tiendas de ropa usada, cuidadora de niños, enfermera de viejos y desahuciados. Cuando camino, se me juntan dolorosos todos los pasos caminados, y a veces me duele el pecho.

Noches hay en que tengo malos sueños, me despierto sin saber quién soy, y empiezo a hablarle a la pared. Luego veo a Beto en una pequeña foto de carnet que ha sobrevivido a todos estos años, a muchos lugares y mudanzas, regreso entonces a la realidad y logro por fin reconocerme. Nunca más lo he vuelto a ver.

 


J. J. Junieles. Escritor y periodista. Nació en San Luis de Sincé, Sucre (1970) y creció en Cartagena de Indias. Autor de “Fotos de cosas que ya no están” (Cuentos, Collage Editores, 2015), “Barrio Blues” (Prosa poética, Collage Editores, 2015) y “Con la luz que me queda basta” (Cuentos, Panamericana Editorial, 2007) entre otros títulos. En 2007 fue escogido para el proyecto Bogotá 39: los 39 principales escritores de Latinoamérica menores de 39 años (UNESCO-Hay Festival) Ganador del Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá (Poesía), 2002, y la Beca de Residencia Artística Banff Centre for the Arts de Canada, 2007, entre otros reconocimientos. Actualmente es profesor del Departamento de Literatura de la Universidad Javeriana, Bogotá, y del proyecto CLAN de IDARTES-Bogotá. Como periodista ha colaborado con revista SOHO y Semana, entre otros medios, y parte de su obra ha sido traducida al inglés, alemán, italiano y portugués.

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