Entrevista: Samanta Schweblin “El mercado del cuento no es el mismo que el de la novela”

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Escritora argentina Samanta Schweblin (Foto: Jaime Cuellar)

Una entrevista de Gabriel Rimachi Sialer.

La escritora Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), estuvo en abril en Lima para participar como escritora invitada en la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Schweblin, considerada una de las mejores narradoras argentinas del momento,  presentó en Lima su novela (o nouvelle, como prefiere la autora) “Distancia de rescate”, una historia donde se conjugan el terror y el misterio en la exploración de los lazos familiares enfrentados a una tragedia. Una escritora que tiene las cosas claras al momento de plantearse un nuevo proyecto literario, alejada de las tendencias editoriales del momento y puesta al servicio de su radar creativo.

Vienes al Perú por segunda vez, pero ahora con una novela bajo el brazo, siendo tú una gran cuentista, y vienes nada menos que como finalista del Premio Vargas Llosa. Los premios, con justicia, te sonríen.

Yo estoy muy agradecida con el mundo de los premios porque le han dado un lugar a mis libros, le han dado un espacio, han ayudado a conectar con los lectores, cosa difícil cuando uno escribe, pero claro, siempre han sido premios de cuento. Esta es la primera vez que se premia una novela y para mí es un poco como si por fin me dejaran jugar con los chicos grandes, porque bueno, es una realidad que el mercado del cuento no es el mismo que el de la novela. Entonces, desde ese punto de vista, ya quedar como finalista fue un gran premio, no tenía más expectativa y eso me pone muy contenta.

En una entrevista declaraste que cuando escribes no tienes en mente si es cuento o novela, sólo escribes y te entregas a la historia, una virtud envidiable.

La realidad es que cuando yo me siento a escribir nunca pienso en la cantidad de páginas, no pienso en una extensión, para mí lo importante es contar una historia, que casi siempre se da entre diez y veinte páginas, que es la distancia a la que yo estoy acostumbrada; algunas veces se da entre cuarenta y cincuenta, y una única vez se ha dado en ciento treinta páginas y salió esta nouvelle, porque para mí la extensión es sólo una fatalidad, para mí los elementos importantes de una historia tienen que ver con otra cosa: con el tono, con los procedimientos, con los personajes… lo demás es una conclusión. La extensión es algo arbitrario, incluso. Me cuesta pensar en cuáles son las estrictas diferencias entre el cuento y la novela. Y también siento que hice un acercamiento a la novela que tiene más que ver con el cuento largo que con la novela corta, porque “Distancia de rescate” es un objeto muy compacto a pesar de su longitud.

Samanta Schweblin (Foto: Jaime Cuellar)
Samanta Schweblin (Foto: Jaime Cuellar)

Un tema interesante son los escritores que sondean el panorama literario en el mercado para escribir sobre lo que se requiere en el momento. Tus historias y sus tratamientos están bastante alejados de lo que ofrecen ahora las editoriales como “tópico de moda”.

No puedo pensar en un formato previo, eso sería imposible para mí, quizá eso me define como una escritora poco profesional pero realmente soy sincera con esto. Yo lo que más ansío en el proceso de escritura es el momento en que a uno se le ocurre una idea. Es el momento que, además, sea el menos manejable de todas las circunstancias. El momento en el que al fin se te ocurre una idea que de verdad vale la pena, que de verdad pensás que es nueva, que te enfrenta a un procedimiento nuevo… en ese momento yo estoy al servicio absoluto de esa idea, no puedo condicionarla porque si me exige diez páginas o ciento cincuenta pues eso haré, o sea, no creo que se pudiera haber escrito ninguna buena novela con ninguno de mis cuentos, y de hecho intenté durante mucho tiempo escribir un cuento con “Distancia de rescate”, que es la novela, y no funcionó. Empezó a funcionar cuando me di cuenta que no podía restringir esa historia a diez páginas porque necesitaba más extensión. Estoy al servicio de la historia. No puedo imponerle algo distinto.

“Sus historias son bastante visuales” es una de las frases recurrentes en quienes comentan tus textos. Quizá se deba a tus estudios de cine, pero siempre hay algo más personal en ello ¿no?

Sí, estudié cine. Durante un tiempo de mi vida vi muchísimas películas por semana, supongo que eso habrá dejado una impronta en mi cabeza respecto de la forma narrativa. Me parece que una cosa interesante de estudiar cine es que el estudio del cine tiene que ver con el taller literario, mucho más que ver incluso que una carrera de letras, que es una carrera de crítica y de teoría, y de formación docente. En cine escribíamos muchos guiones, editábamos cuando hacíamos montaje, nos pasábamos horas discutiendo cuántos segundos más o menos debía tener una escena, o discutiendo incluso si acaso la escena más importante, justamente la más potente, había que sacarla… este tipo de preguntas tiene mucho que ver con la construcción de una historia, en ese sentido creo que fue una carrera muy disparadora. Ahora, cuando se hablar de “lo visual” en la escritura, creo que es otra cosa, que no tiene que ver con los estudios de cine. Para mí la narración es materialidad pura, un mundo que se construye por objetos, por cosas que se ponen sobre la mesa, por puertas que se abren, por gente que llega y que se va.  Para mí lo poético y lo abstracto obviamente es un espacio al que se siempre se quiere llegar pero es un espacio que sólo puede empezar a entender si se construye sobre el mundo material, y esto, creo, es lo que le da tanta visibilidad al mundo literario.

Leí que de niña tuviste muchos problemas para poder comunicarte, y que la literatura entró ahí, en ese espacio, como un salvavidas.

Yo encontré de chica en la escritura un espacio de seguridad. Clarice Lispector dice que “la palabra es mi dominio sobre el mundo”, y esto mismo sentía. En un mundo en el que el habla siempre me jugaba en contra, y me hacía pasar malos momentos porque no podía expresarme con exactitud, porque lo que quería decir no podía decirlo, el espacio de la escritura fue uno de absoluto control, en el que si le dedicaba muchas horas y de verdad me esmeraba, podía construir mundos perfectos que comunicaban de una manera abstracta pero contundente lo que yo quería decir. Y eso fue maravilloso para mí. Pero claro, cuando los libros empezaron a circular los propios libros me pusieron en un espacio de exposición en el que había que hablar y “explicar” qué quise decir, por qué lo quise decir, cómo lo quise decir,  y ahí es donde otra vez el habla vuelve a ser un espacio de prueba y ensayo de espontaneidad. Siempre cuando un periodista me pide una entrevista le digo “¿Podemos hacerla por mail?”, porque siento que así puedo otra vez controlar y casi nunca se puede por mail. Aprendí a sonreír para que no se note tanto los nervios, pero sí, no es la parte más gratificante de escribir.

La familia y su universo están siempre presentes como tema en tus textos.

Creo que es un gran tema, si uno agarra un día único al azar en la vida de cualquier persona, es el gran tema también. Es el espacio con el que luchamos y con el que nos formamos desde pequeños, y todas las grandes tragedias nacen ya ahí. A mí me resulta muy interesante la relación entre padres e hijos. No soy madre, pero hace treinta y ocho años que soy hija y hermana, y quizá la relación padre-hijo es la más amorosa, más leal y sincera que tiene el ser humano, y sin embargo tiene esta fatalidad de  que cuando uno intenta educar al otro, formar al otro, prepararlo para la vida, también, inevitablemente, lo deforma. Lo recorta, le transfiera un montón de prejuicios.

¿Sientes que eso ha pasado contigo también?

Sí, pero no conmigo en particular sino que creo que ha pasado con todos. Es un movimiento inevitable.

Pregunta obligada: ¿de dónde nace tu gusto por lo fantástico?

Nace con las primeras lecturas, los primeros libros que me impresionaron de adolescente, los cuentos de Poe, Kafka, Bradbury, Ballard, Cortázar, formas tan distintas de abordar lo fantástico. Además tan distintas entre sí, salvo Bradbury y Ballard. Pero ahí fueron configurando un mundo en el que lo más emocionante sucedía cuando el mundo de lo conocido y el mundo de lo desconocido se cruzaban. Cuando pasaba eso había en mí como lectora una liberación, una sensación de asombro, de estupor que me resultaba fascinante, y que como escritora me gustaba reproducir, bueno, entonces como una simple niña que buscaba replicar eso en el otro. Y después es curioso cómo esa intensidad de lo fantástico esa presencia absoluta de lo fantástico que tienen estos autores se fue difuminando en mi propia escritura, creo que en “El núcleo del disturbio” lo fantástico tiene un espacio bastante real y contundente, se puede tocar, está ahí, y ya en “Siete casas vacías” sigue estando porque a mí me interesa mucho el mundo de lo fantástico, pero es casi una atmósfera, una sospecha de que algo tremendo está por pasar, es casi intangible, mucho más delicado.

Hay todo un tema respecto de que el cuentista es una especie de escritor menor, y que el novelista es el escritor logrado y por tanto las editoriales apuestan por este último así sean malas sus novelas. Y tú eres cuentista…

Es todo un tema ese, ¿eh? Pareciera que el cuentista es un aprendiz de escritor que en un momento “madura” y escribe su primera novela y entonces los editores que han esperado hasta ese momento al fin, ven florecer a su escritor… pero bueno, son leyes del mercado. Y sí, me considero muy suertuda, de hecho, contra todas las expectativas no creo que haya sido la nouvelle la que me dio un espacio sino el segundo libro de cuentos, “Pájaros en la boca”. Imaginate, a esas alturas yo sólo había escrito dos libros de cuentos, tenía treinta y dos años y “Pájaros en la boca” ya tenía como quince traducciones; fue algo realmente inédito, inesperado, lo que pasó.

¿Qué se siente?

Básicamente estupor, porque por más que uno confíe en la propia obra, de ahí a que eso llegue a esa cantidad de lectores hay un trecho muy grande y en el que también la suerte tiene mucho que ver con eso. Yo conozco a muchos  muy buenos escritores que no tienen ese espacio. Se siente entonces mucho agradecimiento también y mucho compromiso con lo que hago, porque después de un buen libro sólo se puede crecer hacia arriba por uno mismo, no para las expectativas de los demás, que son siempre las peores.

¿Corriges mucho o sobre la marcha vas limpiando tus textos?

Ambas cosas. Corrijo mucho, pero también me permito mucho y me exijo mucho el juego con lo que escribo. Es decir, si tengo que tirar un borrador entero a la basura y usar esa idea solamente como influencia para una nueva versión, lo hago. No le tengo miedo a eso. Porque a veces cuando uno habla de la escritura controlada y la corrección, pareciera que uno estuviera encerrado en una especie de dictadura de uno mismo y  yo creo que esa dictadura está bien siempre y cuando haya un juego y un espacio muy amplio, sobre todo al principio de un texto.

¿Qué le recomendarías a quienes se inician con seriedad en la escritura?

Para mí una de las cosas más importante, fueron los talleres. Estuve en varios talleres en Argentina, y viajando me di cuenta de que no era algo tan común, pensaba que era así en todo el mundo y no es así, pero digamos… buscar un espejo. Creo que cuando uno escribe lo que hace es crear una suerte de recorrido sentimental a través de una cantidad de páginas, y ese recorrido sentimental tiene que ser testeado, tiene que ser probado en otros. Uno tiene que tener verdadero control sobre ese recorrido. Entonces para mí la mirada del otro es muy importante. Yo aprendí mucho con la crítica del otro. Eso es  fundamental. Y después las lecturas, leer mucho, leer bien, que es leer despacio, atento, no sumar páginas sino comprometerte con el texto palabra a palabra y  tratar de dilucidar el impacto real que eso que estás leyendo va teniendo en tu cuerpo, porque si no puedes tomar conciencia de eso como lector, difícilmente lo podrás reproducir después como escritor.

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