Alberto Chimal / Los salvajes

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1874
Escritor mexicano Alberto Chimal (Foto: Fabien Castro)

 

Los salvajes

Los hijos y nietos de los capos del narcotráfico se van apartando de las ocupaciones e intereses de sus mayores. El nieto menor de los catorce que tuvo Carlos Requena «La Piraña», legendario jefe del Cártel de Tejupilco, se apartó tanto que decidió dedicar su vida a la literatura. Se llamaba Juan Luis Carlos Requena Mejía (era la época en que esos abolengos empezaban a reconocerse) y le decían «La Pirañititita» o, más brevemente, «La Pipi».

—Pero desde hoy —amenazó al mundo, una noche, en una cantina de mala muerte en el barrio de Interlomas— me van a decir El detective salvaje —y sus guardaespaldas asintieron, como asentían a todo.

Por lo demás, estaban cansados. Después de robar todo el uranio enriquecido del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares; de lograr que el Cártel les prestara un avión para llevar el uranio al laboratorio clandestino en Barbados; de pagar el proceso de síntesis, carísimo y además condenado por el Papa, la ONU, la UE, los EU, los EAU, Corea del Norte (que lo había inventado) y hasta Shakira y Bono; de llevar a España el extracto vitalizante por submarino e ir hasta la tumba precisa a hacer lo que había que hacer…, después de todo eso, digo, ¿qué les iba a importar lo que dijera el chavito baboso por el que tenían que dar la vida?

De hecho, el resto de su viaje había sido mucho más arduo. Ya con la Celebridad (así lo llamaban) en su poder, fueron perseguidos por la policía española, convencida de que no podían haber ido tan lejos para algo más que vender drogas, y no tuvieron tiempo de nada más que abordar un vuelo comercial: el 9397 de Iberia. Y, claro, gran crisis sobre el Atlántico; la Celebridad se salió de su caja, varios pasajeros y un piloto murieron muertes horribles, el casco del avión fue perforado por dos escopetazos y una ráfaga de ametralladora… y el 747 consiguió aterrizar, aunque a duras penas, para terminar chocando contra la Terminal 1 del Aeropuerto Benito Juárez. La nariz del avión perforó una sala de espera repleta de personas. Los guardaespaldas de «La Pipi», que pese a todo escoltaban a la Celebridad y que habían impedido casi de milagro que alguien lo asesinara durante las 12 horas anteriores, tuvieron que abrirse paso a balazos y pisando trozos de cadáveres hasta llegar a la calle, pues a los pasajeros sobrevivientes, deseosos de venganza, se sumaron los ataques del personal de seguridad del aeropuerto. Todos habían visto las películas, todos sabían lo que podía suceder, y todos hicieron su mejor esfuerzo. Todos, por otra parte, fueron vencidos por los hombres de «La Pipi», quienes por fin subieron a la Celebridad a una Hummer blindada y se lanzaron, rodeados por otras Hummers escoltas, hacia Interlomas.

Y ahora, aquí, en este bar –que remedaba a los peores lugares de Ciudad Juárez o Tijuana, sólo que con mucho presupuesto y para otro público–, «La Pipi» daba la impresión de estar un poco ebrio.

—Y la impresión era falsa porque estaba muy ebrio —reconocería él mismo, años después, en entrevista con los primeros historiadores encargados de sondear la tragedia—. Era lo habitual, claro. Leyendo a Bolaño y a Bukowski me convencí de que lo esencial para escribir es vivir intensamente, y como ya vivía intensamente pensé que me bastaba con seguir así. Y así seguí. De hecho la razón por la que organicé todo aquello del uranio y el extracto y el viaje a España no fue la que le di a mi abuelo. A él, que como ustedes saben era un cabrón y el hombre más poderoso de México, le dije que era únicamente para mi tesis: se iba a llamar El secreto del texto: 2666 desde el punto de vista del autor, y desde luego iba a ser un madrazo porque nadie más iba a tener los testimonios póstumos que yo iba a sacar. Por lo menos iba a tener mención de honor y una medalla. Luego yo iba a hacer el doctorado en alguna universidad importante del extranjero y me iba a graduar con honores con la segunda parte de la tesis: nuevas revelaciones directamente de la fuente. Luego iba a tener una gran carrera como académico en Estados Unidos y Europa o iba a volver a México para ser, como mínimo, Secretario de Educación. Todo eso le dije a mi abuelo. Ni siquiera iba a hacer tanta falta que él moviera sus influencias. Iba a ser alguien aunque fuera en la cosa inútil –él decía “la pendejada”– que me había dado la gana estudiar. Creo que es muy irónico que mientras el país entero quería ser como él y tener mucho dinero sin haber ido jamás a la escuela, él deseaba que sus nietos se educaran…

—Disculpe, ¿podría centrarse en lo que pasó aquella noche?

—Claro, no le gustaba que no hubiese escogido algo como administración o ciencias políticas para trabajar en las empresas familiares, pero si le daba todo eso además del título iba a estar tranquilo. Como fui su último nieto tenía a todos los demás para usarlos primero que a mí. Creo que lo único que no me hubiera podido perdonar habría sido que estudiara danza. O ciencias. Era un señor muy religioso y siempre decía que la ciencia y los condones eran cosa del diablo…

—Disculpe, ¿podemos volver a la cuestión de por qué hizo usted todo aquello?

Entonces “La Pipi”, ya sobrio, consciente de su papel en la Historia y de todo lo demás (¡las pilas de cadáveres, las ciudades en llamas, el sufrimiento inmensurable!), suspiraría profundamente. Y diría:

—La verdad es que todo lo que quería era emborracharme con él. Quería ser su mejor amigo. Quería que volviera a fundar su movimiento subterráneo para hacer poesía y fastidiar a los autorcetes solemnes y reventar las presentaciones de los poetas. Quería vivir la vida como la vivió él. No nada más dinero, alcohol, mujeres y drogas sino también intensidad. Poesía. De hecho hubiera preferido más vivir la vida como la vivió Bukowski (como seguro la debe haber vivido), pero según me dijeron los expertos que me mandó el abuelo –y que luego le regresé para que los ejecutaran y el secreto no se extendiera–, según me dijeron ellos el extracto ya no iba a funcionar con un cadáver tan viejo como el de Bukowski.

Así diría, mucho tiempo después, “La Pipi”.

Ahora, sin embargo, en el bar, flanqueado por sus dos guardaespaldas en jefe, el joven heredero de “La Piraña” estaba ebrio, sí, pero también transfigurado. La Celebridad estaba ante él. Amarrado a un diablito de los que usaban los maleteros del aeropuerto, no parecía muy distinto de los zombis de los videojuegos o de la televisión: aunque el extracto realmente hacía maravillas, le faltaba un ojo, por ejemplo, y la cuarta parte del cráneo, y varios trozos del torso, por los que se entreveían el corazón, el bazo y el páncreas, todos de un verde casi negro. Vestía un pantalón de pana, desgarrado y sucio, y nada más.

Pero era él.

—Es él. Es él. ¡ES ÉL! —dijo, cada vez con más fuerza, como villano de película del siglo veinte—. Bueno, ¿qué esperan? Desátenlo.

Nadie obedeció de inmediato.

—Oiga, señor Juan Luis, realmente estuvo cabrón el vuelo —dijo un guardaespaldas.

—Sí es muy salvaje el güey éste —dijo otro.

—Yo de niño pensaba “Chespirito ha de ser el hombre más bueno del mundo”, ¡pero no! —dijo un tercero.

Y “La Pipi” se puso furioso.

—Chespirito —dijo, levantándose de su sillón— se llama Roberto Gómez Bolaños. Chespirito es un cómico de la televisión. ¡Yo lo conozco desde que tengo tres años! ¡Y ese que tienen ahí se llama de otro modo! ¿Por qué toda la gente ignorante confunde a Bolaño con Gómez Bolaños?

Ya para entonces algunas personas muertas por la Celebridad se habían levantado de nuevo, contagiadas por el extracto vitalizante en su saliva, y avanzaban por la ciudad de México en el comienzo de la epidemia prometida por tantas franquicias del entretenimiento, y que en la realidad sería mucho peor (¡la caída de las naciones, la humanidad reducida al estado animal antes de su extinción, el horror!) y no tendría fin.

—Y yo les dije que qué salvaje iba a ser —diría “La Pipi”, muchos años después—, que era un escritor, un intelectual y además un tipo a toda madre, y que seguro ellos tenían la culpa de su comportamiento errático por haberlo maltratado. Y yo mismo fui y lo desaté.

Eso diría, muchos años después. Eso diría, pensó “La Pipi”, mientras el zombi (que se había arrojado sobre él en cuanto estuvo desatado) le abría el vientre a dentelladas y empezaba a sacarle los intestinos.

(Un momento después, justo antes de morir, alcanzó a pensar también esto: que en cuanto escapara de allí empezaría a vivir, mejor, su propia vida, libre de modelos e influencias.)

 


Alberto Chimal (Toluca, 1970) es considerado “de los narradores más polifacéticos e imprevisibles de la literatura hispanoamericana actual” según la revista española Quimera. Además de narrador y ensayista, es tallerista literario y un autoridad tanto en el campo de la escritura en medios digitales como en la «literatura de imaginación»: la narrativa fantástica como literatura contracultural. Sus libros más importantes: Gente del mundoÉstos son los días (Premio San Luis 2002), GreyLos esclavosEl Viajero del TiempoLa generación Z, La ciudad escondida. Nightmare remix, La torre y el jardín (finalista en la XVIII edición del Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos»). Acaba de presentar «Los atacantes» (2015). Su sitio: www.lashistorias.com.mx

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